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'Rogue One', la verdadera guerra de las galaxias

16/12/2016 08:08 CET | Actualizado 16/12/2016 12:29 CET
RAFA GARCÍA DE LA MATA

La literatura, los cómics, los videojuegos y las series de televisión no eran suficientes para expandir el universo de Star Wars. La conquista de la gran pantalla aún tenía batallas por librar, y Disney se ha lanzado a por los spin off para afianzar su posición. Rogue One se ha estrenado: objetivo cumplido.

El nuevo título de la franquicia creada por George Lucas vuelve al pasado para renovar la saga. Personajes nuevos, planetas nunca vistos y robots desconocidos giran en torno a un elemento harto conocido: la Estrella de la Muerte. La mezcla de elementos nuevos con los clásicos, donde su antecesora, El despertar de la Fuerza, se encontraba el mayor bache, aquí trabaja a favor de la película.

Si el episodio VII pecaba de contar una vez más lo que ya conocíamos y sobreexplotar la nostalgia de los fans, Rogue One juega con ventaja. La película se identifica con tanta fuerza en un acontecimiento primordial en la saga original, que se permite el lujo de esquivarlo y hablar de otros aspectos que a todo fan le han provocado picores de cabeza: ¿por qué la Estrella de la Muerte tiene un punto débil tan obvio? ¿A qué se dedica Darth Vader cuando no persigue a Luke? ¿Cómo es la Alianza Rebelde cuando no la lidera Leia?

La respuesta a la última pregunta es la más interesante de la película y en la que el director pone todo su empeño. Hay que reconocer que, en los siete títulos anteriores, la percepción de una guerra era escasa. Si bien las escenas de acción plagaban la pantalla, el concepto de un conflicto a nivel galáctico quedaba en entredicho cuando en todos los combates importantes participaban los mismos héroes.

Personajes nuevos, planetas nunca vistos y robots desconocidos giran en torno a un elemento harto conocido: la Estrella de la Muerte

Sin embargo, en Rogue One asistimos a lo más parecido a una guerra que puede ofrecer un título fantástico y familiar. La guerra de guerrillas, el terrorismo y la falta de escrúpulos se dan cita en la recreación de las batallas espaciales que todos queríamos ver, más próximas en ocasiones al cine bélico que a la fantasía. Es inevitable pensar en títulos como Doce del Patíbulo u Objetivo Birmania cuando se nos presenta a unos rebeldes que aún no cuentan con la ayuda de jedi ni héroes, sino que deben derrotar al Imperio por sus propios medios.

No obstante, esto no es cine bélico, y desde luego, no es cine de vanguardia. Dos errores garrafales se encuentran en esta historia independiente de Star Wars cuya solución sería más o menos sencilla. Por un lado, los personajes carecen del carisma de anteriores entregas. Puede parecer una comparación injusta, pero que el más memorable de la película vuelva a ser un robot demuestra que dar volumen a los personajes no depende tanto del talento como de la intención. Por eso resulta algo tedioso ver a un personaje femenino protagonista intercambiable casi por completo con Rey, la heroína del episodio VII. Pero este es un punto que, poco a poco, podrán ir puliendo.

Lo que de verdad asusta es el desastre perpetrado en la sala de CGI. En un desprecio absoluto por el criterio de los espectadores y por el respeto a actores fallecidos, los técnicos de Rogue One, bajo las órdenes del director o de los productores, han decidido recrear por ordenador a Peter Cushing en el papel de Moff Tarkin.

En Rogue One asistimos a lo más parecido a una guerra que puede ofrecer un título fantástico y familiar

Las escenas resultan extrañas, si no risibles; cuando ves a un personaje generado completamente por ordenador, esperas que suelte un "mi tesssoro", aunque la película sea la equivocada. Sería perdonable si no reincidieran al final, mostrando a una Leia rejuvenecida en un último plano que bien podría ser parte del videojuego Star Wars: Battlefront. Imperdonable pero, muy a mi pesar, esperable.

Afortunadamente, el apartado técnico brilla en todos los demás aspectos, y la falta de carácter de algunos personajes no entorpece en absoluto el visionado de una película llena de acción, entretenimiento y que exuda energía durante sus dos horas y media de duración.

Se ha hablado largo y tendido de que Disney había pedido al director que aligerase el tono de la película, que parecía demasiado oscura para todos los públicos. En ese aspecto, el espectador puede ir tranquilo. La película respira en un ambiente mucho más oscuro que cualquiera de sus predecesoras, sin concesiones.

La película respira en un ambiente mucho más oscuro que cualquiera de sus predecesoras, sin concesiones

Y por si alguien tenía alguna duda, el director juega con un as en la manga: Darth Vader. El personaje está tratado con el mimo que Lucas no le dio en su segunda trilogía. Gareth Edwards nos presenta a un monstruo sin piedad, otorgando al personaje de una agresividad y un poder que nunca habíamos visto. Las escenas en las que aparece, aunque escasas, sacan al espectador de una fantasía bélica para zambullirlo de lleno en una historia de terror.

Rogue One se convierte así en una de las mejores películas de la saga Star Wars y nos regala la mejor versión de Darth Vader que hemos visto en pantalla.

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