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La siesta de una tarde de verano

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Recuerdo un ventilador. No paraba de girar. Izquierda, derecha, izquierda, derecha... Era el único remedio al sofocante calor de las tardes de julio. El sonido mecánico de sus aspas, ese zumbido que te taladraba el hipotálamo, el frío artificial que intentaba aliviar la calima, la etiqueta de Fagor (como el equipo ciclista) en el soporte... Izquierda, derecha, izquierda, derecha... También recuerdo un sofá. Un sofá de tela marrón, de esos de saldos que se compran para los pisos de la playa. Y sentado en él, dormido, recuerdo a mi padre. No sé si llegó a ver terminar una sola etapa de aquel Tour del 87. Era la primera vez que veraneábamos en La Herradura, ombligo de la Costa Tropical granadina.

Por aquel entonces quien escribe no era más que un aspirante a persona, apenas había aprendido a nadar y mis primeras pedaladas sin los dos ruedines de atrás estaban todavía recientes. Pero ya tenía claro lo que quería ser de mayor: mi sueño era ser periodista deportivo. Ni astronauta, ni futbolista ni torero, como muchos imberbes de mi edad. Por eso, no me perdía ninguna etapa del Tour de Francia. Le bajaba el volumen al televisor (que me disculpe Pedro González, que en la gloria esté) y con mi voz aflautada intentaba emular a los narradores de la época.

Claude Criquelion, Giuseppe Saronni, Sean Kelly, Stephen Roche... y Perico. Pedro Delgado fue el gran animador de aquel verano. El culpable de que las siestas de mi padre se vieran interrumpidas alguna tarde con mis gritos de ánimo al ciclista que por aquel entonces defendía los intereses de la escuadra holandesa PDM. Mis jóvenes e iniciáticas narraciones vivieron su punto culminante en Vilard de Lans con el segoviano y en L'Alpe D'Huez con Fede Echabe. Por momentos, el ruido de aquel viejo ventilador se quedaba apagado ante los vítores de este engendro de periodista.

Al terminar las etapas, sombrilla en mano, bajábamos a la playa. Allí me aguardaban los vecinos de la urbanización esperando que les hiciera el resumen de la etapa. Y ahí me tenían, con mi bañador Meyba, relatándoles las gestas de Perico, las victorias españolas de Manuel Jorge Domínguez y Eduardo Chozas, el dominio de Charly Mottet en el ecuador de la carrera... y la amenaza de Stephen Roche. Hasta que llegó la fatídica contrarreloj de Dijon. Ese día estaba preparado para narrar la hazaña del primer Tour español desde los tiempos de Ocaña. Pero surgió la alargada figura del irlandés. Se nos escapaba el Tour por 40 segundos.

26 años después, he podido cumplir el shakesperiano sueño de una noche de verano. Me dedico a lo que me gusta y hablo sobre lo que me apasiona. Pero a mi padre todavía le debo aquella siesta de una tarde de verano.