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Seguir siendo europeístas

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Foto: REUTERS

Este artículo ha sido escrito conjuntamente con Josep Vicent Boira

En el contexto del régimen franquista, los pueblos de España no se beneficiaron del Plan Marshall y tampoco pudieron formar parte de la Comunidad Económica Europea en 1957, aunque desde algunos territorios, Europa era ya intuida como un espacio de prosperidad. Por fin, en 1986, la península ibérica se acomodó a un proceso de integración europea que entonces se percibía ―fruto de aquellas intuiciones anteriores― como sinónimo de bienestar y desarrollo. Todavía no se había extendido el neoliberalismo, o no tanto como para conformar el paradigma del mundo, y la Unión Soviética seguía haciendo soñar a una parte de la clase obrera. En aquella Europa occidental sin internet ni teléfonos móviles, los democratacristianos lo eran, los socialdemócratas también, y los líderes europeos eran dignos de tal sustantivo: tanto es así que reinaba el Estado del bienestar sin nubarrones demasiado visibles y, en consecuencia, era fácil ser europeísta en España.

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El rapto de Europa (1716), de Jean François de Troy. National Gallery of Art, Washington D. C. (Fuente: WIKIPEDIA)

Para ser sinceros, había muchísimo europeísmo advenedizo conviviendo con el europeísmo «pata negra» que se destilaba en las latitudes de la costa mediterránea, volcadas en la actividad exportadora desde hacía décadas y, por eso, familiarizadas con los negociantes y las culturas de Londres, París o Berlín. Tenemos la obligación de redescubrir a la sociedad española que una sustancial parte de ella, no necesariamente radicada en Madrid, siempre ha apostado por la unificación europea.

Al efecto traeremos a colación dos ejemplos relevantes que proceden de Valencia. En 1930, concretamente el 3 de junio, en el Ateneo Mercantil de la capital valenciana, el profesor catalán Romà Perpinyà Grau pronunciaba una conferencia de la que extraemos un párrafo muy revelador y hasta cierto punto profético: «Después de la guerra, más que nunca y a medida que han pasado años desde el Tratado de Versalles, añadiendo a Europa siete mil kilómetros más de fronteras a los 11.000 que ya tenía, se acentúan en Europa dos tendencias: de unificación la una, de diversificación la otra. De libertad la primera, dentro de Europa unida y de cerrazón la otra en el mosaico multicolor y confeccionado sin arte que nos legó en 1919 la pluma de oro con que se firmara en el gran salón de los Espejos, la paz mundial». En 2016, Europa se enfrenta a unas fuerzas similares. Y debemos tomar opción. No podemos permanecer neutrales: o fusión continental ―con el reconocimiento debido a las culturas diversas― o cataclismo. Y Marine Le Pen tiene clarísimo de qué lado está.

Pocos meses después de esta conferencia, el 10 de enero de 1931, se hizo público también en Valencia el mensaje dirigido a un ministro del gobierno de Alfonso XIII, nombrado representante español ante el Comité de Estudios para la Unión Europea, ente nacido del Memorándum Briand de 1929 sobre una Europa unida. El mensaje de aquellos miembros destacados de la sociedad valenciana ―del que ya se han cumplido 85 años― era claro: convenía una Europa unida y había que trabajar para lograrlo. Exactamente como ahora. Aquellos firmantes, de manera perspicaz, sabían que el problema europeo tenía dos dimensiones, que hoy en día se hallan desequilibradas en su desarrollo: una dimensión económica, sí, indudable, pero también una dimensión moral. Por ello escribían: «Tanto en el terreno económico como en el terreno político, Europa tiende fatalmente hacia nuevos conflictos armados, si no se inicia una sincera cooperación económica y política europea. He aquí el problema moral europeo». He aquí el problema moral europeo. Tenían razón.

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Marcha de refugiados hacia Austria. Fotografía tomada en Hungría por el austriaco Joachim Seidler. (Fuente: WIKIPEDIA)

Por ello, aquellos valencianos sugerían incluso la conveniencia de desarrollar instrumentos de gobierno paneuropeos: «En el terreno jurídico hace falta por lo tanto un organismo que tienda de una manera cierta y en un plazo corto a ser el legislador, el ejecutor y el guardador y garantizador de las relaciones que en Europa trascienden ya de los Poderes Políticos de sus varios Estados...» y, en consecuencia, pedían el desarrollo de un «Derecho Positivo Europeo», una forma de decir, por qué no, que se precisaba una Constitución Europea.

Aquellos firmantes no olvidaban el factor económico, oponiéndose así a las tendencias autárquicas y restrictivas: «Se precisa facilitar el establecimiento de nuevas industrias y eso no puede obtenerse modernamente con sólo la pequeña y pobre capacidad de consumo del pueblo español. Precisamos, por lo tanto, aumentar nuestros mercados europeos, mejorar nuestro tenor de vida e importar maquinaria y productos industriales para mejorar y ampliar nuestro utillaje». Por ello, la exigencia al gobierno español era clara: «Nos es preciso establecer una amplia cooperación económica con Europa».

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Standard Map of Europe (1923), a escala 1: 5.500.000, de George Washington Bacon. Imagen procedente de la Library of Congress, Washington D. C. (Fuente: WIKIPEDIA)

Así pues, en 1931, en 2006 (cuando se votó la fallida Constitución Europea) y hoy, en 2016, tras el resultado del referéndum en Gran Bretaña y la interesada perspectiva de otra consulta en Francia, nos encontramos ante una encrucijada similar que podemos resumir en otro párrafo de aquel manifiesto valenciano. Son palabras que muestran la disyuntiva entre la posición defensiva conservadora y la tendencia renovadora: «Las ideas y los trabajos que en sentido contrario se expresan no constituyen más que pruebas evidentes de una lógica defensa conservadora de intereses que se creen perjudicados ante la evidencia de una clara y natural tendencia renovadora. Oposición que sólo tiene en cuenta el status quo, pero no el momento actual de la evolución histórico-económica de Europa».

¿En qué términos sería posible ahora, cuando vivimos a la sombra del Brexit y «Europa» se aparece como neoliberal y cruel, proclamar un europeísmo sincero y activo? ¿Cómo estar a favor de una integración con tantas sociedades donde el ascenso de la xenofobia es innegable y la extrema derecha ya no es ninguna anomalía parlamentaria? No hay respuesta fácil pero debemos recuperar aquella dimensión que, por mor del pragmatismo, se ha desarrollado con menor vigor que el vector económico. Europa como construcción moral, como afirmación rotunda de libertades y donde el bienestar social no se vea reducido al papel de mercancía prescindible.

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Fotografía de Eric Pouhier tomada en una calle de París en junio del año 2005. (Fuente: WIKIPEDIA)

No es casualidad que la situación de Gran Bretaña haya llegado asociada al drama de la emigración y los refugiados, al ascenso de la xenofobia. La vida, a veces, nos coloca ante acontecimientos que hemos de saber leer: la lamentable posición de la Unión Europea ante la llegada de exiliados y perseguidos, el profundo egoísmo nacional de algunos de sus miembros y portavoces ―tan anti(demócrata)cristiano por cierto― ha desvelado el flanco débil del inherente proceso de unificación del continente. Desarrollando el mercado económico común, tal vez olvidamos que las raíces de la integración de Europa también constituían un compromiso moral. Y el ídolo neoliberal parece haber eliminado cualquier rastro de mala conciencia.

No hay, pues, término medio. O fusión ―desde el respeto a todas las construcciones identitarias europeas― o cataclismo. Reivindicamos la necesidad de que nuestras generaciones recojan el testigo de los hombres y mujeres europeístas y nos esforcemos en refundar la Unión Europea. Nuevos lenguajes, nuevos compromisos, nuevos desafíos morales y económicos. Nuevos líderes, por favor; sin ministros oportunistas, obcecados con el ondear de banderas sobre peñones. La historia del proceso de unificación europeo no fue un error: comenzó por compartir el carbón y el acero para que alemanes y franceses dejaran de degollarse mutuamente, pero se ha visto que la dimensión económico-financiera no es suficiente para consolidar el proyecto. El europeísmo es un ser bípedo: economía y moral. O no es un ser.
En 1952, Alcide De Gasperi recibió el Premio Carlomagno en Aquisgrán por su tarea europeísta. En su discurso de agradecimiento, aquel padre de Europa recordó la importancia de dotarse de un profundo discurso político y no solamente económico: "Senza la formazione di questa mentalità europea ogni nostra formula rischia di rimanere una vuota astrazione giuridica". Una vacía abstracción jurídica donde, por otra parte, las actitudes cercanas al fascismo no necesitan mostrarse repletas de correajes y camisas monócromas.

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Un momento de la «Marcha sobre Roma» capitaneada por Benito Mussolini: el fascismo clásico. (Fuente: WIKIPEDIA)