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Lucía, ¿qué precio tiene la dignidad?

07/08/2013 07:40 CEST | Actualizado 06/10/2013 11:12 CEST

Tengo la manía de no leer la obra de escritores a los que no soporte por diferentes motivos, ya sea ideológicos como de carácter, especialmente esto último. Por eso muchas veces prefiero no leer ni ver entrevistas con autores a los que aprecie, no vaya a ser que les empiece a odiar. Lo mismo me pasa con cantantes y artistas en general. Un escritor debe expresarse a través de sus libros, un cantante a través de sus canciones y un pintor a través de sus cuadros, y en todo caso no hablar de aspectos ajenos a su obra.

Lucía Etxebarria es uno de esos casos. Nunca he leído un libro suyo y no sé si es una buena escritora o un producto editorial artificial y sin trasfondo. Tampoco tengo interés en descubrirlo porque, por suerte, hay tantos libros excelentes que sé que me moriré antes de haberlos leídos todos. Y es uno de esos casos desde que un amigo que trabajó un tiempo en el mundo editorial me explicó los chascarrillos que corrían sobre ella entre los editores, historias similares a las de actrices y modelos en su camino a la fama y lo que habían tenido que hacer para alcanzarla.

Por otra parte, después de ganar el premio Planeta fue invitada a muchos programas como opinadora sobre cualquier tema. Sus apariciones me hicieron verla más como alguien a la que estaban promocionando a la fuerza más que a una persona con pensamientos y opiniones que compartir.

Sus posteriores aventuras con el mundo de la red, como eso de crearse su propia entrada en wikipedia, lo que denota un ego muy grande o, todo lo contrario, una falta de autoestima tremenda, me reforzaron en mi parecer.

Lo que nunca hubiera imaginado es que terminaría viéndola en un reality show y haciéndose un Deluxe, por mucho que lo haya justificado con la necesidad de ganar unas perras para cubrir una deuda con Hacienda. Sobre todo me ha sorprendido verla desquiciada, como si no supiera ella que cuando uno accede a participar en ese tipo de programas es para que le saquen todas la miserias y se las escupan con insultos. Y si alguien no tiene miserias, pues se inventan para que el atacado las intente desmentir, que para eso es un espectáculo de entretenimiento. ¿Qué esperaba esta mujer en un programa de discutidores profesionales que te llaman "mierda" con la misma facilidad que tú y yo decimos "buenos días"? ¿De verdad es tan candorosa esta mujer que era la única persona en España que no sabía de qué iba Sálvame? De allí no sales intacto por mucho que llores. Las lágrimas en Sálvame son como la sangre de los débiles que atrae a los tiburones. Lo peor para ella, aspecto que probablemente en su candor todavía no haya descubierto, es que ha entrado en el star system de la telebasura y le seguirán dando palos por todas partes aunque no lo quiera.

Imagino que discutir sobre bragas, peluches y pajilleros no es a lo que aspiraba Lucía Etxebarria en esta su nueva experiencia televisiva. Ni a llorar y moquear en público como una infanta emocionada. Era solo una cuestión de dinero. Además, supongo que recibirá un buen adelanto por su próximo libro, ya que las ventas están aseguradas entre un amplio sector de la población que la ha conocido gracias a estos días de lloros televisivos, el cual comprará sus libros quizá no para leerlos, sino para decir que los tiene. Me apuesto una cerveza contigo, apreciado lector, a que además aparecerá una foto suya en la portada por sugerencia del editor.

No tengo nada en contra de esto. Cada cual es libre de hacer lo que considere oportuno para promocionarse o conseguir unos dineros, incluso aunque implique perder la dignidad frente a millones de personas y compañeros de profesión. Pero estas últimas apariciones televisivas solo me han hecho confirmar la imagen que tenía de ella y, desgraciadamente, hacer más creíbles los chascarrillos que sobre ella corren desde hace años.