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L'Etat, c'est lui

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Foto: EFE

Un plebiscito sobre una persona consiste en decidir si esa persona se queda o se va. El problema es que a veces la consecuencia es otra: a cuántos perdemos.

Es lo que parecen olvidar Juan Carlos Monedero o Rafa Mayoral cuando estos días aparecen en los medios con un mensaje muy simple: "si cae Iglesias, cae Podemos, y tú te jodes".

Esa doble identificación entre una persona, una organización y el bienestar del lector (clásica fórmula comunicativa en la política personalista desde el "l'etat c'est moi" (el Estado soy yo) de Luis XIV al alemán ein Volk, ein Reich, ein Fuhrer (un pueblo, un imperio, un líder) resulta ligeramente insultante para la inteligencia de ese lector mismo, o lectora. Máxime si resulta ser uno de quienes forman parte de esa organización y han tenido la osadía de tomarse el derecho a discrepar. Uno de quienes, ingenuos, creyeron que eso no supondría ningún problema en un proyecto como Podemos. Uno de esos ahora traidores que quieren acabar con Podemos y, por tanto, que mucha gente se joda. Porque quieren acabar con Iglesias. Uno de esos sorprendidos porque se acaban de enterar de que quieren acabar con Iglesias, cuando hasta ahora simplemente se había limitado a pensar diferente y querer discutirlo.

Pero es que, claro, pensar diferente de esa persona es pensar diferente de Podemos. Y por tanto es ser enemigo de Podemos. Porque sólo una persona es Podemos, y resulta que no eres tú.

Sí, siempre hay gente que deja de creer en este proyecto y se va cuando la discrepancia se torna traición; la diferencia, enemigo interno; el convencimiento, chantaje y amenaza. No, no es la persona plebiscitada quien nos deja, son todos esos ingenuos. Esos pobres despistados y sorprendidos que se habían atrevido a tener ilusión, que se habían creído eso de que ahora ya sí podían hacer política y pensar por sí mismos.

"Si cae Iglesias, cae Podemos", dando por supuesto que la discusión en Podemos va sobre si Iglesias se queda o se va (¡!). La cuestión, más allá de lo ridículo de ese supuesto, es distinta. ¿Y si caen todos esos otros, militantes, simpatizantes, votantes, esos que ahora ya no caben, esos y esas que ahora resulta que son traidoras sin que lo supieran? ¿Qué ocurre entonces?

No, pensar diferente no es ir contra nadie y lealtad no es, en absoluto, obediencia ciega y anulación del propio criterio. La mayor suerte que tiene un líder es estar rodeado de cabezas autónomas, no estar en mitad de un páramo desértico donde lo único que responde a su voz es el eco de sí misma (bueno, y los aplausos incondicionales, claro). Si se continúa por esta senda, no nos sorprendamos de que el millón y medio de votos que Podemos perdió en junio no sea sino la avanzadilla de un proceso de abandono generalizado que, al menos, tendrá algo positivo: dejará tranquilos a Monedero, a Mayoral y a tantos otros a quienes les quita el sueño el miedo a que en mitad de su páramo pueda sonar una voz diferente.