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Un periodismo para la defender a la gente sencilla

02/02/2017 07:15 CET | Actualizado 02/02/2017 07:15 CET

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Foto: ISTOCK

De todos los artículos de opinión y reportajes que he publicado, Una historia de pobreza infantil en el país de Amancio Ortega es el que más orgulloso me hace sentir de ser periodista. Tras la publicación del artículo que relataba la dura historia de un niño andaluz por estudiar y salir de la pobreza, una infinidad de mensajes y gestos de solidaridad han salido al rescate de este niño de 17 años que irradia luz y que merece conseguir su sueño de ser veterinario para "defender a mi madre y a todo mi barrio", como me espetó el día que me lo encontré de sopetón en una calle de su castigado barrio, en la localidad sevillana de San Juan de Aznalfarache, pidiendo las llaves de una local para poder estudiar.

Luis Pizarro, adjunto del defensor del pueblo andaluz, publicó el artículo en su muro de Facebook, y Ana, una amiga de éste, dijo conocer al niño a pesar de que el nombre de Adolfo es ficticio. A continuación, Eva, que es coordinadora de una compañía de telefonía móvil en Andalucía, dijo en el mismo muro de Luis Pizarro que quería contactar con Adolfo y su familia y que su empresa le pondría Internet en casa para que pudiera hacer los trabajos que le mandan en el instituto.

Eva, que se puso en contacto con la familia de Adolfo, no sólo instalará Internet en casa para que pueda hacer los trabajos del instituto. También está ya buscándole un empleo a Ana, la madre de Adolfo, para que pueda salir de la pobreza en la que se hunde desde que en 2013 tuviera que abandonar su trabajo para cuidar de su marido, fallecido hace menos de un mes tras una larga enfermedad. Y un ordenador, Adolfo también tendrá lo que tienen todos los niños de su edad y que necesita para hacer los trabajos de clase y saciar su infinita curiosidad.

Marta, un mujer de Madrid que también ha contactado por las redes sociales, le pagará a Adolfo una academia de inglés para que, cuando ingrese en la universidad, pueda optar a las mismas becas que el resto de sus compañeros y compañeras con vidas más amables y afortunadas. Adolfo ya está buscando academias en su pueblo para empezar cuanto antes.

No obstante, lo más importante no es que Adolfo vaya a tener conexión a Internet, ni ordenador, ni libros, ni un bono-transporte, ni matrícula en una academia de idiomas... Lo hermoso de esta historia es que este país está vivo y que aún no ha normalizado la precariedad, la pobreza, los salarios de 300 euros, que un niño acuda con el calzado roto al colegio, ni que lideremos las clasificaciones vergonzantes de pobreza infantil, desigualdad, bajos salarios, precariedad y personas socialmente excluidas.

Si el periodismo no sirve para defender a la gente sencilla, no sirve para nada.

Ninguna de estas aportaciones generosas conseguirán desterrar un dato brutal de pobreza infantil que afecta, según UNICEF, a 3 de cada 10 niños y niñas españoles y a la mitad de la infancia andaluza y que sólo se cambia desde los boletines oficiales del Estado y de la Junta de Andalucía, pero al menos nos permiten soñar con que esta situación es reversible.

Adolfo, como todos los niños y niñas en su situación, necesita justicia y un sistema que no permita que haya nadie sin nada, pero esta ola de solidaridad espontánea a raíz de la publicación del artículo nos deja un dato que vale más que cualquier ayuda prestada. Nuestro país merece la pena, no ha sido derrotado, aún perviven redes de solidaridad que amortiguan los duros golpes de injusticia que llueven desde el poder político y económico.

También tiene otra lectura, no menos importante. El periodismo tiene que volver su mirada a lo importante, a los cientos y cientos de barrios periféricos donde se concentran niveles de paro, desigualdad y pobreza impropios de un país que está en la liga de los más ricos del mundo. España tiene recursos suficientes para luchar de manera radical contra la pobreza. Si han existido 60.000 millones de euros para salvar a los bancos, por ética democrática y sentido de la justicia hay que encontrar los recursos para rescatar a las personas que se han quedado por el camino de esta crisis que en los barrios obreros se ha cronificado.

El periodismo no está en crisis. Nunca ha habido tantas historias con tanta urgencia de ser contadas, tantas cifras aberrantes dignas de ser convertidas en vidas, tanta injusticia a cielo abierto y tanto silencio. Ser periodista no puede ser un ascenso social, como piensan muchos compañeros que pierden la mirada en las moquetas rodeados de políticos, banqueros, grandes empresarios o en la vanidad de pensar que lo importante somos nosotros y no el mensaje o las historias que contamos.

La vida real no transcurre en las ruedas de prensa, la gente real no habla encima de un atril, lo verdaderamente importante está fuera de las salas de prensa, en los barrios comidos de mierda y pobreza donde las colas de los comedores sociales doblan la esquina, con niños y niñas, como Adolfo, que intentan romper el maleficio de su destino esforzándose por estudiar para salir de la exclusión.

Los periodistas tenemos que defender a nuestra madre y a nuestro barrio, como Adolfo, no olvidar que la mayoría de nosotros hemos salido de barrios, si no parecidos al que vive Adolfo, sí de otros a los que les separa un semáforo del mundo de la exclusión. Niños como Adolfo, o adultos como su madre, merecen que este hermoso y privilegiado oficio de contar cosas sea la herramienta para que los invisibles puedan levantar la cabeza, frente a quienes legislan cada día para hundir en la miseria a más y más gente.

Ellos, lo quieren todo; nosotros, contémoslo todo y activemos las redes de solidaridad que hagan que este país merezca la pena. Independencia, sí; neutralidad, nunca. Ser neutral en el barrio de Adolfo es situarse del lado del sistema que le niega su derecho a soñar con ser veterinario. Si el periodismo no sirve para defender a la gente sencilla, no sirve para nada.

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