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Ella me hizo un hombre

26/01/2013 14:40 CET | Actualizado 28/03/2013 10:12 CET

Tengo seis o siete años y estoy volviendo a casa con mi abuelo y mi abuela cubana, de casa de mi tía Onelia.

Su hijo Juan Alberto es "un afeminado", dice mi abuela con asco. "¿Por qué? Con lo guapo que es. ¿En qué se equivocó con ese niño?", continúa, y luego se vuelve hacia mí, que estoy en el asiento posterior: "Más vale tener una nieta que sea una puta que un hijo que sea un pato maricón como tú. ¿Me entiendes?", dice con la voz llena de desprecio.

Digo que sí con la cabeza, pero la verdad es que no lo entiendo. No sé qué quiere decir maricón; ni siquiera sé nada de sexo todavía. Lo único que sé es que está hablando de mí, y que no sé lo que soy, pero es algo malo, muy malo. Veintitantos años después, estoy sentado en la consulta de mi psicólogo contándole esa historia. Con su ayuda, durante los meses sucesivos, descubro hasta dónde llega el maltrato verbal y psicólogo de mi abuela, que yo había barrido bajo la alfombra de mi subconsciente.

A lo largo de los años y hasta hoy, sigo desentrañando cuánto influyó ese maltrato en mi personalidad, mis relaciones y mi forma de escribir. Yo no escribo inspirado por Oscar Wilde, Walt Whitman o Elizabeth Bishop, sino por la sombra de mi abuela, una mujer homófoba que solo fue a la escuela hasta los 12 años y que es quién más influencia ejerció (y sigue ejerciendo) en mi desarrollo como escritor.

Tengo siete años, creo. Mi abuela me dice que como mal: "No uses una paja, nunca. Los hombres no beben un refresco con paja. Bota esa y siéntate bien". Tengo mal aspecto: "Dios mío, no eres más que huesos. Por eso los chicos en la escuela te mandonean. Hasta una niña podría contigo. Acábate el filete, pues". Tengo malas amistades: "No te voy a llevar a casa de ese Enrique nunca más. Es un niño de mamacita. No quiero que juegues con él. No me importa lo que digas, esos G.I. Joes que tiene son muñecas. ¿Tú quieres jugar con muñecas? ¿Eso es lo que quieres, señorita?"

Juego a cosas que no debo: "Le dije a tu madre que no te regalara esos lápices por Navidad. Deberías estar jugando afuera como un hombre, no coloreando libros de niñita como ese maricón de Juan Alberto". Hablo mal: "Ay Santo, pareces una niña al teléfono. ¿Cuándo va a cambiarte la voz?" Y también ando mal: "Deja de chasquear las sandalias y moverte como un mariquita. Ponte recto, por Dios, estamos en público". Estoy equivocado ("Conseguiré hacer un hombre de ti..."), tengo miedo de decir o hacer nada ("... ya verás"), de querer o pedir nada ("... aunque me cueste la vida"), avergonzado de estar vivo.

A los 31 años, estoy sentado a la luz de las velas, frente al hombre que será mi marido. Le hablo de mi abuela y los mecanismos de supervivencia que desarrollé; cómo esos mecanismos me empujaron de forma natural a escribir; unos mecanismos que pasaron a aformar parte de mi mismo proceso creativo. Al volverme retraído e introvertido, me convertí en un observador del mundo, en vez de un participante. Para poder sobrevivir emocionalmente, aprendí a interpretar mi entorno con sumo cuidado y a reaccionar de la manera más apropiada para (con suerte) evitar las críticas y las burlas de mi abuela. Le explico a mi futuro marido que todavía soy aquel chico callado y reprimido cuando me encuentro en una habitación llena de gente, que trato de ser lo más invisible que puedo y absorbo cada detalle sensorial y emocional, que luego acabará saliendo a la luz en un poema.

Se suele calificar mi obra de vívida y exuberante; mis parientes se asombran a menudo de cómo recuerdo en mis poemas hechos y detalles familiares. Son cualidades que atribuyo sin la menor duda a las habilidades que adquirí teniendo que aguantar los insultos. Pero además, he acabado comprendiendo por qué la literatura y yo pudimos llevarnos tan bien. Me permitía participar en el mundo, sentirme vivo y, al mismo tiempo, ser un observador invulnerable, a salvo en mi habitación, en mi mesa, en mi imaginación, donde nadie, sobre todo mi abuela, podía herirme.

Tengo ocho años, estoy seguro. Me acuerdo porque mi abuela está horrorizada de que tenga ya esa edad y todavía no haya aprendido a montar en bici. "Qué barbaridad, no me extraña...", me dice, dejando que yo mismo rellene los huecos que dejan sus palabras: no me extraña, porque soy un mariquita, un afeminado, un enclenque. Estoy acostumbrado a las cosas que me llama. "Yo te enseñaré", vocifera, "ponte los zapatos". Llevamos mi bici andando hasta el aparcamiento vacío de la iglesia de St. Jude, donde pedaleo y me caigo; pedaleo y me caigo; pedaleo y, por fin, me deslizo en perfecto equilibrio, mientras ella se queda atrás aplaudiendo y animándome: "¡Ándale! ¡Por fin! ¡Ándale!"

De vuelta a casa, voy montado en la bicicleta a su lado mientras ella me elogia -"Qué bien. ¡Qué chévere! ¡Qué macho!"- y me besa en la frente. Esa noche hace estofado de pollo -mi favorito-, con muslos y aceitunas de sobra solo para mí. Por un instante casi creo que me quiere, que nunca volverá a llamarme maricón, que me dejará jugar con mis legos y mis acuarelas de niña. Pero esa misma noche espanta a mi gato Ferbu, que está en mi regazo: "Deja ya eso. Pareces una niña sentado ahí acariciando esa cosa. ¿Por qué no te gustan los perros?" Por lo visto, también tengo un animal equivocado.

Veintiocho años después, adquiero un gato a sugerencia de otro psicólogo, que dice que me vendría bien; que debo darme ese capricho. Lo llamo Buda; es un gato callejero con manchas de leopardo que me sigue por toda la casa. Me masajea los brazos y el estómago, me lame las cejas. Aunque es un animal, su "amor" parece incondicional, no como el de mi abuela, que solo me quería si no hacía el ridículo en los partidos de béisbol infantil, si no balanceaba los brazos al caminar, si estaba sentado quieto y me comportaba como el niño heterosexual que quería que fuera. De pequeño, llegué a creer que todo el amor tenía condiciones, como el de mi abuela. Por eso corté mi comunicación emocional con otras personas, porque, en mi cabeza, no se podía confiar en nadie. Me daba miedo amar, porque nadie podía querer de verdad a un maricón como yo: ni mi padre, ni mi madre, ni mi hermano, ni mis amantes. Pero escribir me permitió establecer esa conexión emocional con otros, aunque fuera un sustituto del amor de verdad. En un poema podía amar de lejos, a salvo, de manera virtual; decir lo que no podía decir normalmente, hacerme vulnerable.

Tengo nueve años, quizá 10, estoy sentado en el sofá del cuarto de estar, repasando una vez más el catálogo de Sears: páginas y más páginas de hombres sin camisa, hombres en calzoncillos ajustados, hombres con botas. Me gustaría tocarlos, así que paso los dedos por sus pechos lisos, sus pechos velludos, sus brazos, sus entrepiernas, como si fueran de verdad. Me da placer. Me horroriza. Quiero tocarme a mí mismo, pero no puedo porque eso es lo que quiere decir mi abuela cuando me llama maricón, ahora ya lo sé. Ella sabe que lo sé y que estoy haciendo algo malo cuando irrumpe en la sala.

Antes de que me dé tiempo a guardar el catálogo en el revistero, me lo arrebata de las manos, lo arroja al otro lado de la habitación y grita: "Basta ya de ser un mariconcito. ¿Quieres que te ponga en clase de ballet? ¿Eso es lo que quieres? ¿Qué te pasa? Ve a jugar afuera como un chico normal". Pero lo que hago es correr a mi dormitorio. Hecho un mar de lágrimas, arranco una página de mi cuaderno de redacciones y escribo: Yo, Ricardo de Jesús Blanco, juro no volver a hacer jamás lo que hice hoy, nunca jamás, o si no lo pagaré. Pongo a Dios por testigo. Lo firmo y lo fecho; lo meto en un sobre sellado y lo coloco bajo mi colchón.

Treinta y dos o treinta y tres años después, recuerdo que ni siquiera fui capaz de escribir exactamente lo que había hecho ese día, temeroso de que mi abuela pudiera leerlo y descubrirme; de delatarme a través de mis palabras. Un miedo que conservé hasta bien entrada la treintena, en mi primer y mi segundo libro de poesía, sin atreverme nunca a salir del armario sobre el papel. Los poemas de amor que me atrevía a escribir, los escribía en segunda persona, con un "tú" neutro, sin género; y en mis dedicatorias solo usaba iniciales: para M. K., para C. A. B., para C. S. B. Todos mis seres amados y casi amados -Michael, Carlos, Craig-, reducidos a letras anónimas, acrónimos de mi sexualidad que mi abuela (esperaba) nunca podría averiguar. Permanecí encerrado, a salvo, en el armario literario. Aunque últimamente he empezado a pensar que en realidad era un armario cultural. Como no podía ni imaginarme escribiendo sobre mi identidad sexual, dediqué mi trabajo a los problemas de identidad cultural y la forma de sortearlos como estadounidense de origen cubano. No es que estos no fueran temas importantes, que me interesaban de verdad (y siguen interesándome); pero, en parte, la sombra de mi abuela y sus insultos era lo que me impedía investigar e identificarme con los escritores gais y, sobre todo, escribir sobre mi sexualidad o sobre su forma de maltratarme. Sencillamente, yo no me sentía uno de ellos, pero por supuesto lo era.

Tengo 26 años y estoy visitando Cuba por primera vez. Estamos almorzando en casa de tía Mima, donde me entero de que su hijo Gilberto se prendió fuego a los ocho años y murió. Me identifico de inmediato con ese niño, ese chico al que nunca conocí. En un destello, recuerdo lo que quería decir y sentía cuando escribí "o si no lo pagaré": ese sentimiento desesperado de querer poner fin a mi vida, yo también; esa tristeza profunda y arraigada que fue mi infancia. Una tristeza que llevo conmigo desde entonces, según un tercer psicólogo, que me diagnosticó distimia, un tipo de depresión suave, de baja intensidad, pero persistente. A mis 41 años, me doy cuenta de que he estado triste toda mi vida y siempre he escrito desde ese punto de vista psicológico. Me inspiro en la melancolía que veo reflejada en otros, en el mundo, y en nuestras formas de sobrevivir a ella. Me esfuerzo por capturar la tristeza y transformarla a través del lenguaje en algo importante y bello. Aunque durante la mayor parte de mi carrera de escritor nunca escribí de manera consciente para ni sobre la comunidad gay, creo que temáticamente, de forma inconsciente, he sido un escritor muy gay, en el sentido de intentar poner al mal tiempo buena cara, hacer limonada cuando la vida me ha dado limones, saber convertir en belleza el dolor.

¿Habría sido poeta sin los malos tratos de mi abuela? Es probable, pero no el mismo tipo de poeta, ni habría escrito el mismo tipo de obras, me da la impresión. No obstante, a la hora de la verdad, su legado decisivo fue que, sin querer, me enseñó a entender las complejidades de la conducta y las emociones humanas. Podría muy bien haber llegado a la conclusión de que mi abuela era una bruja mezquina y cruel y haber dejado ahí la cosa. Sin embargo, a través de ella, aprendí que existen pocos absolutos en las relaciones humanas. La gente, yo incluido, no es siempre buena ni siempre mala.

No siempre decimos lo queremos decir; ni siempre queremos decir lo que decimos. Mi abuela me quiso lo mejor que pudo, tal vez como la quisieron a ella. Su empeño en hacer de mí un hombre era una expresión extraña y brutal de ese amor, pero, sin saberlo, me convirtió en el escritor que soy en la actualidad. Y por eso me siento curiosamente agradecido, como me dí cuenta hace 14 años: estoy de pie, solo, junto a su cama del Hospital de Coral Gables: ella está atiborrada de fármacos y con unos tubos en la garganta que no la dejan hablar. Ya no puede decirme esas cosas terribles. Al observarla, recuerdo todos sus insultos verbales y empiezo a escribir unos cuantos versos para un poema que titulo, de momento, Sus voces. El primer poema que escribiré para ella, sobre ella y mi sexualidad. Mi primer poema al descubierto.

Tengo 12 años, tengo 38, tengo 17, tengo 31, soy un hombre cuando se despierta, abre mucho los ojos por un instante, me mira y me aprieta la mano, y luego se apaga, tranquila, en silencio, sin una sola palabra; y yo la dejo marchar.

Extraído de Jim Elledge y David Groff, Who's yer daddy? Gay writers celebrate their mentors and forerunners. © 2012, de Regents of the University of Wisconsin System. Reproducido con autorización de The University of Wisconsin Press.

Traducido por María Luisa Rodríguez Tapias.