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El artista genial, una historia de la cocina de enero

06/01/2018 09:07 CET | Actualizado 06/01/2018 19:42 CET

aFue un pintor genial:

Cada mañana, al entrar en el taller, departía con los alumnos, uno por uno, el devenir de la jornada; les corregía algún detalle técnico; resolvía dudas; qué importancia le daba a reconocer los esfuerzos volcados en los lienzos durante el día anterior. Todo continuamente envuelto en un halo de afecto y humor. Su manejo del ritmo emocional del "ekipo" resultaba impecable, parecía un gran director de orquesta armonizando una melodía. Siempre pensé que sus maneras representaban la acepción más amable de la palabra carisma.

Hablar de su obra es hablar del lugar central que ocupó en el Lakasismo, el movimiento artístico ofuscado en ensalzar a través de sus cuadros la cocina elaborada, la calidad en el producto, la gastronomía natural, sin trucos ni artificios. En esta corriente, la temporada marcaba el motivo de las pinturas de estos artistas. Así, en enero, ganaban protagonismo los conejos de monte, los erizos, las fabes asturianas y lentejas de Tierra de Campos, cardos y borrajas, alcachofas, trufas, los calçots, las últimas aves de caza...

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En invierno, uno de los cuadros más aclamados era la llamada "eclosión de la caza de pelo". Bajo el dibujo de un plato de liebre guisada con un medallón de foie, coronado por el lomo de la liebre marcado a la plancha y una salsa, tan brillante como jugosa, ligada con la propia sangre de la liebre, escribieron en letra de caligrafía escolar "Esto no es una liebre". El lienzo buscaba arrebatar de la mente del espectador la necesidad de emplear aderezos químicos para lograr elaboraciones soberbias.

El Lakasismo, como movimiento "kultural", exalta en sus pinturas la calidad de los ingredientes como vehículo para alcanzar unos resultados a la misma altura. La excelencia de los productos se desea, se estudia y se busca... allá donde se consiga. La serie de cuadros dedicada a las almejas y los berberechos de la ría de Noia; a las lubinas y merluzas gallegas, a los borriquetes, los meros y las corvinas de las costas de Cádiz tratan de eso, de revelar la capacidad de transformación que posee la gastronomía, de descubrir los buenos sentimientos que nacen de un estómago satisfecho.

El Lakasismo, con sus obras, trata de revelar la capacidad de transformación que posee la gastronomía, de descifrar las misteriosas conexiones entre el paladar y el gozo.

Nuestro hombre, una mente brillante recluida en una humilde apariencia -tan al contrario que otros artistas de su época- pretendía con sus obras descifrar las misteriosas conexiones entre el paladar y el gozo. En sus estudios analizó la evolución que experimenta la carne de la merluza con el trascurrir de las horas. El paso de una carne de color traslúcido de tonos anacarados a unos más blanquecinos, de un textura firme a otra más frágil, de un potente sabor a unos matices menos rotundos, pero más sutiles y complejos. El artista, como tal, buscaba conocer la perfección.

Tras unos años intensos en experiencias, decidió poner fin a su estancia en el taller. El día de su despedida las muestras de afecto despejaban las dudas acerca de la huella de su legado. Nacho, uno de sus más destacados discípulos y destinado tomar el relevo, destacó el papel protagonista en su formación. Para Mihai fue como un hermano mayor que mostró el camino que rige a un buen profesional y recorrerlo juntos "es una satisfacción personal que me llevo para siempre". Su actitud tan generosa y cordial caló en el recuerdo de Charly. Y hasta hubo alguno que se atrevió con un poema: "Qué suerte tuve de haberte conocido...", comenzaba el soneto.

A mí siempre me asomará una sonrisa al recordar las pasiones que compartimos. Su contagiosa alegría por esta profesión sacó lo mejor de cada uno de nosotros, "todo lo que no des se perderá para siempre", decía. Qué buena lección para la vida.

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