BLOGS

Diez formas de que las finanzas sean una fuerza positiva para la sociedad

15/10/2013 07:30 CEST | Actualizado 14/12/2013 11:12 CET

Después de cada crisis financiera, los profesionales del sector son blanco de todas las críticas. La indignación es especialmente intensa hoy, después de la crisis más reciente, que comenzó en 2007, y la ira va mucho más allá del movimiento Occupy Wall Street. Son muchos los que consideran que la crisis, más que ser un desgraciado accidente, ha sacado a la luz un fallo moral esencial.

No cabe duda de que algunas personas que trabajan en las finanzas son malvadas, pero eso ocurre en todos los ámbitos de la vida.

Quizá tenemos tan presentes las fechorías de los financieros por todo el dinero que ganan algunos de ellos. Queremos, como es natural, una sociedad más igualitaria, en la que la mayoría de la gente se sienta satisfecha y cuente con el respeto fundamental de los demás. Pero debemos pensar cómo alcanzar ese tipo de igualdad sin impedir nuestros objetivos ni empeorar nuestro nivel de vida.

De ahora en adelante debemos pensar cómo podemos hacer que las finanzas contribuyan a lograr una sociedad en la que todos nos sintamos cómodos y que, al mismo tiempo, nos estimule y nos empuje a avanzar. En mi opinión, eso quiere decir modificar algunas estructuras institucionales financieras para que estén más al servicio de todos y ampliar el campo de actuación de las finanzas para que abarquen más variedad de nuestros riesgos y actividades, lo cual significa, a su vez, pedir ayuda a personas que sepan de finanzas. Lo que no creo que haya que hacer es meter en la cárcel a un montón de financieros ni cerrar instituciones financieras.

En mi libro Finance and the Good Society (Princeton) [publicado por Deusto como Las finanzas en una sociedad justa], propongo varias ideas sobre cómo llevar a cabo todo esto en nuestra sociedad de tecnologías de la información:

1. Impulsar las empresas de beneficio público.

A partir de la iniciativa de la empresa sin ánimo de lucro B Lab, en 2010 se aprobó en Maryland la primera ley que autorizaba la creación de empresas de beneficio público, y hoy cuentan con ellas ocho estados norteamericanos. Una empresa de beneficio público es una empresa privada que tiene algún propósito social o medioambiental además de obtener beneficios económicos. Cada empresa de interés público puede definir sus propósitos y atraer a los idealistas que le parezcan apropiados como inversores. Tengo la impresión de que esta nueva idea va a tener gran éxito y generará empresas muy rentables, por el apoyo que lograrán tanto entre los empleados como entre los usuarios. El asombroso ejemplo de Wikipedia, cuyos autores no reciben remuneración alguna, demuestra que el beneficio público puede inspirar a la gente.

2. Crear lo que en mi libro llamo empresas participativas sin ánimo de lucro, unas empresas formadas para dirigir escuelas, hospitales o instituciones semejantes, pero que recaudan dinero mediante la venta pública de acciones.

Esta empresa paga los dividendos de sus beneficios a una cuenta especial a nombre del accionista. Los accionistas obtienen una deducción fiscal por la inversión, pero solo pueden emplear esos dividendos para otras aportaciones benéficas, como comprar acciones en otras empresas del mismo tipo, o utilizarlos para situaciones de emergencia definidas previamente como una crisis médica, por ejemplo. Con las empresas participativas sin ánimo de lucro, la donación benéfica será más interesante para los donantes, porque podrán ver cómo crece su dinero y con él, si invierten de forma prudente, su influencia, con lo que verán satisfecha la necesidad humana natural de estímulo y apreciación. Por ejemplo, la Wikipedia Foundation podría haber tenido todavía más éxito si se hubiera creado como una empresa participativa sin ánimo de lucro y hubiera encontrado alguna forma de ingresos relacionada con su misión. En vez de funcionar solo con los 75 empleados que tiene en la actualidad, estoy seguro de que habría recibido miles de millones de dólares en donaciones, que probablemente habría podido utilizar para un fin social mucho más amplio.

3. Crear lo que denomino hipotecas de revisión continua, unas hipotecas cuyos contratos especifiquen desde el principio que el saldo del préstamo se reducirá en situaciones como una bajada de los precios de la vivienda o una grave recesión económica.

En la crisis actual, uno de los obstáculos para salir adelante es que los propietarios de viviendas, en general, no están logrando resolver sus hipotecas. Ese ha sido un factor importante que ha agravado la crisis, porque las personas que están ahogadas por sus hipotecas no tienen muchas probabilidades de gastar ni de irse a otro sitio para cambiar de trabajo. Las revisiones podrían estar previstas de antemano y además ser continuas, en función de los cambios diarios que atraviese la situación económica del prestatario.

4. Conseguir mercados de gestión de riesgos para los riesgos inmobiliarios de alto nivel.

En 2006, mis colegas y yo trabajamos con la Bolsa Mercantil de Chicago (Chicago Mercantile Exchange, CME) para poner en marcha el primer mercado de futuros destinado a viviendas unifamiliares. El mercado sigue funcionando, aunque las transacciones son escasas. Pero el CME Group acaba de lanzar nuevas opciones sobre los precios de la vivienda, que tal vez reanimen el mercado. Si esta iniciativa tampoco sale bien, tendremos que pensar otra forma de que estos mercados funcionen y sirvan para que los emisores de hipotecas privadas los utilicen como dispositivos de gestión de riesgos para poder hacer cosas como crear hipotecas de revisión continua sin que ello les suponga asumir unos riesgos inaceptables. Si hubiéramos tenido este tipo de mercados, quizá habría podido prevenirse en gran medida la crisis financiera.

5. Dar más poder a los grupos de presión que representan al 99% de la población, es decir, todos menos los muy, muy ricos.

Los lobbies no tienen nada de malo en sí, puesto que proporcionan información importante y necesaria a quienes elaboran las leyes. Cada grupo de interés debería tener sus propios grupos de presión, incluidos los pobres y la clase obrera. La labor de presión financiera es especialmente importante, porque no podemos pretender que los parlamentarios conozcan a fondo unos conceptos financieros difíciles. El problema es que, en las últimas décadas, los lobbies financieros han aumentado sus recursos de forma increíble, mientras que los que representan a otros grupos, no. Hay que tomarse en serio la necesidad de hacer que los grupos de presión estén más equilibrados.

6. Impulsar la gestión de riesgos para los más pobres.

Existen miles de millones de personas en el mundo cuya vida depende de la agricultura. Los campesinos deben poder asegurar sus cosechas contra las catástrofes provocadas por el mal tiempo. Los seguros tradicionales no funcionan porque es difícil verificar las cosechas, de modo que existe un problema de riesgo moral. Ahora que las previsiones meteorológicas son más detalladas, y que los agrónomos entienden mucho mejor la relación entre las cosechas y el tiempo, podemos basar los seguros en los cambios meteorológicos que afectan a los cultivos. Los agricultores no acaban de decidirse a contratar estos seguros pese a los programas patrocinados por el Banco Mundial y otros donantes, así que deberíamos probar nuevas fórmulas comerciales para convencerles.

7. Crear modalidades más complejas de deuda pública.

En la actualidad, los gobiernos nacionales tienden a apoyarse exclusivamente en la deuda convencional para financiar sus déficits, a diferencia de las empresas, que utilizan, además de la deuda, la inversión de capital y otros muchos dispositivos financieros. Un primer paso sería que los gobiernos vendieran acciones análogas a las de las empresas que cotizan en bolsa. Mi colega canadiense Mark Kamstra y yo hemos propuesto que los gobiernos con déficits, en vez de endeudarse más, empiecen a vender lo que llamamos trills: cada trill sería un pagaré por una billonésima parte (trillionth, en inglés) del PIB anual a nombre del accionista, a perpetuidad. A los inversores que vean el PIB con optimismo les encantarían estas inversiones, y los gobiernos descubrirían que de esa forma están protegidos contra crisis financieras como la actual, porque entonces disminuirían los pagos de dividendos que tendrían que hacer.

8. Crear bonos comerciables de política social.

La idea, expresada por primera vez por Ronnie Horesh en Nueva Zelanda, es que los gobiernos emitan bonos que resulten rentables si se cumple algún objetivo de política social concreto, como el incremento del conocimiento público sobre una cuestión importante o la reducción de la tasa de delincuencia en un ámbito específico. Al crear esos bonos, se ofrece un incentivo para que el sector privado emprenda iniciativas con el fin de resolver esos problemas. Para obtener beneficios, el empresario no necesita esperar a que se cumpla el objetivo político, porque, si esos bonos cotizan en mercados públicos, su precio tenderá a subir con la previsión del objetivo en cuanto quede clara la perspectiva.

9. Crear un modelo de indexación de las desigualdades en las leyes fiscales.

Deberíamos aprobar una ley que especifique que los impuestos estarán indexados en función de las desigualdades: los tipos fiscales para las rentas más altas se elevarían de forma automática en cuando las desigualdades superen un umbral peor que el actual. Desde el punto de vista político, debería ser mucho más fácil crear ese plan de contingencia ahora y ponerlo en marcha en el futuro solo si se alcanza un nivel concreto, fijado previamente, de desigualdad, en lugar de subir los impuestos más adelante, cuando las desigualdades sean ya una realidad y exista una base política de nuevos ricos. Igual que, cuando se contrata un seguro contra incendios, debe hacerse antes de que se queme la casa, si consideramos que el aumento de las desigualdades es un riesgo con una solución financiera, debemos tomar medidas para gestionar ese riesgo antes de que se convierta en un hecho.

10. Crear seguros de subsistencia, que se ofrecerían a las personas para protegerlas en contra de la reducción del salario medio que se pague en su especialidad profesional.

Ya existe el seguro de discapacidad, que protege a las personas contra la pérdida de ingresos debido a una enfermedad. En la era de la información, deberíamos poder ampliar ese seguro, sin desencadenar un riesgo moral, para proteger a las personas contra una posible disminución catastrófica de sus ahorros como las que se producen, a veces, cuando los ingresos profesionales de una persona se ven afectados debido a una innovación tecnológica o un cambio en la economía. Si los trabajadores pueden asegurar su subsistencia contra esos fenómenos, no solo estarán más tranquilos sino que se atreverán a arriesgarse más en sus decisiones profesionales.

Todas estas ideas se resumen en la noción de expandir la tecnología financiera básica para que produzca unos beneficios sociales más amplios. El primer paso para lograr cualquiera de estas cosas es valorar las instituciones financieras que tenemos, en lo bueno y en lo malo. Y después mejorar y aprovechar esa infraestructura financiera para que tenga un efecto más positivo en nuestras vidas.

Este artículo se publicó originalmente en The Huffington Post el 4 de noviembre de 2012.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.