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Los líderes nacionalistas de Europa del Este y sus perspectivas de futuro para la UE

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VIKTOR ORBAN
Anadolu Agency via Getty Images
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"Hoy en día, los jóvenes de la Eurozona no tienen futuro, al contrario que nuestros jóvenes del este", afirmó el impulsivo y xenófobo primer ministro Viktor Orban en el 26º Foro Económico a principios de septiembre.

Todos los ojos estaban puestos en la mini cumbre de países del sudeste de Europa que tuvo lugar la semana pasada en Atenas. Pero ¿qué pasaría si el problema de Europa fuera el comportamiento del Grupo Visegrad (Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa)?

Estos países quieren ser una especie de parachoques entre la Unión Europea y Rusia y, al mismo tiempo, alzarse como un fuerte oponente a las políticas de inmigración de la Comisión Europea.

Hemos tenido la oportunidad de ver a este grupo en acción en el Foro Económico, que se celebró en la histórica ciudad termal de Krynica (Polonia), en los Cárpatos. Es la versión del este del conocido foro de Davos. Ha llegado a atraer a patrocinadores importantes, a empresarios, a políticos (aunque casi ninguno de la UE) y a fuertes medidas de seguridad.

Los cuatro miembros del Grupo Visegrad, a los que acompañó el primer ministro ucraniano, Volodymyr Groysman, eligieron a su líder hace ya tiempo: el primer ministro húngaro.

Presentaron una serie de ideas claras a un público atento reunido en una enorme sala de conferencias en la ladera de una montaña. Entre ellas: un liberalismo desmesurado guiado por un complicado gobierno y financiado por Europa y América; el fin de la inmigración; una política extranjera independiente de la UE; y la vuelta a los valores tradicionales.

Ningún sirio quiere vivir en un país con un clima tan inhóspito con respecto a los inmigrantes como Hungría y, aun así, Orban se empeña en actuar como si todos se pelearan por estar allí.

O esas son sus intenciones, por lo menos. "Y si no, nos vamos de aquí", amenaza Orban, a pesar de que su país -al igual que Polonia, Bulgaria y la República Checa- crece a un ritmo mayor que el de la mayoría de Occidente gracias al uso de los fondos comunes de la UE y a una política de devaluación nacional que atrae a los inversores extranjeros.

Todo el mundo sabe que ningún sirio quiere vivir en un país con un clima tan inhóspito con respecto a los inmigrantes como Hungría y, aun así, Orban se empeña en actuar como si todos se pelearan por estar allí.

En la cumbre abundaron frases como "raíces europeas comunes" y "tradiciones en común" aunque el objetivo de los líderes del Visegrad es acabar con la hegemonía cultural de Italia, Alemania y Francia, que siguen avanzando mediante la defensa de la integración.

Matteo Renzi, el primer ministro italiano, Angela Merkel, la canciller alemana, y François Hollande, el primer ministro francés, utilizan la palabra "Europa" como una fuerza de unión. Orban, junto con Beata Szydlo, de Polonia, Bohuslav Sobotka, de la República Checa, y Robert Fico, de Eslovaquia, la utilizan para dividir a los prisioneros del Tratado de Maastricht y para alejarlos de los nuevos defensores de la autodeterminación.

Orban es tan peligroso como carismático. Resulta difícil desentrañar la estrategia que emplea en sus elaborados discursos.

¿Roma, París, Madrid y Lisboa se están esforzando mucho para respetar el límite del 3% del ratio déficit/PIB que exigen a los países miembros de la UE y están buscando algo de margen en sus gastos públicos en medio de una desinflación gradual?

Los países de Europa del Este están acabando con los fondos europeos y han creado un amplio bloque de los Cárpatos. Esta alianza es capaz de hacer que las políticas inmigratorias de la UE se descontrolen y eso es lo que lleva haciendo desde primavera: han levantado muros y han exigido la celebración de referéndums sobre la presencia de inmigrantes.

Y, lo que es más, su fortaleza económica reside, en parte, en el dinero que pertenece a todos los europeos. La UE había asignado 325.000 millones de euros a repartir entre los 28 miembros entre 2014 y 2020, y el porcentaje de ese dinero destinado a Europa del Este y a Europa Central ha crecido (de 117.000 millones de euros a 181.000 millones, un aumento del 2,6%), pero el destinado a Europa Occidental ha disminuido (de 169.000 millones de euros a 140.000 millones, una diferencia del 16%).

Para ser más exactos, los que han salido ganando aquí han sido Polonia, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria y, en quinta posición, Croacia.

Mientras que los que están perdiendo financiación europea son República Checa, Hungría y Eslovenia. Pero, en general, las transferencias de fondos comunes a los países de Europa Central y del Este son cada vez más significativas, y comprenden entre el 2 y el 3% del gasto regional, y suelen exceder las inversiones extranjeras directas.

Cuando el primer ministro húngaro exige la construcción de "muros antiinmigrantes en el sur de Europa" -unos muros que se están construyendo gracias a ayudas regionales- para contentar a la mayoría, está justificado preguntarse si lo único que estamos haciendo es dar armas al enemigo de Europa.

Esta perspectiva de futuro debería ser motivo de preocupación para los líderes de la cumbre de Bruselas, que fueron absorbidos en la cumbre euromediterránea de Tsipras -igual que la última de las muchas reuniones de su propio Consejo de Asuntos Económicos y Financieros de la Unión Europea- y que no prestaron atención a la cumbre de Krynica.

Este post fue publicado originalmente en la edición italiana de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.