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Gobernar en solitario: ¿riesgo u oportunidad?

13/11/2012 08:42 CET | Actualizado 12/01/2013 11:12 CET

Mientras el PNV anunciaba, de forma oficial lo que ya era un secreto a voces, su decisión de gobernar en solitario, la oposición se ponía el traje de faena. EH Bildu hablaba de manera informal con algunos dirigentes del Partido Popular en clave ya de oposición. No en vano, por mucho que no se gusten, ni se miren a los ojos como los enamorados, van a tener que compartir horas de sillón y almuerzos a media mañana en el Parlamento; así que lo cortés no quita lo valiente.

La aritmética de la nueva composición de la cámara vasca es diabólica. Algo que por otra parte, más temprano que tarde, obligará a pactos de cierta estabilidad ya que, de lo contrario, una gobernabilidad serena y tranquila va a ser imposible. Ya decía alguien, con rotundo conocimiento, que el momento de la victoria es a menudo el momento de mayor peligro. En el ardor de la victoria, el exceso de confianza puede empujarle a uno más allá de la meta que se había marcado, y al ir demasiado lejos se crean más enemigos que los que se habían derrotado.

Es probable que cuando la noche electoral se supo el número de escaños que había obtenido cada partido político, el Partido Nacionalista Vasco tomase ya la decisión: como formación ganadora, tenía la legitimidad que le otorgaban las urnas para liderar la constitución del nuevo gobierno. Así que nada mejor que gobernar en solitario. Siendo el partido más votado, puede hacerlo, y así lo va a hacer, sabiendo que la aritmética de alianzas entre contrarios no va a arrebatarle el poder. Las próximas semanas Iñigo Urkullu llegará a Ajuria Enea sin mayores problemas. Claro que ser Lehendakari de un gobierno con sólo 27 escaños en una cámara de 75, es como poco, arriesgado. Está muy bien hablar de pactos puntuales en base a propuestas concretas, o de acuerdos globales, de entendimiento, y de acuerdos en el futuro. Pero y ¿El desgaste diario? ¿Está la oposición dispuesta a concederle una tregua de 100 días siquiera? ¿Va a perdonarle el PSE-EE la continuada crítica a la que se le ha sometido desde la oposición durante los tres años y medio en que ha gobernado?

Más allá de acuerdos soberanistas en los que el PNV tenga que subir mucho el listón para suscribirlo, no va a poder pactar con EH BIldu nada. Sí que está dispuesto sin embargo el Partido Popular a lograr acuerdos en materia económica con el Gobierno de Iñigo Urkullu. Es decir, gobernar en solitario ofrece un riesgo que será evidente cuando, por ejemplo, el nuevo gobierno necesite la mayoría absoluta para sacar adelante sus propuestas en la sede del legislativo.

Ahora bien, tras una legislatura que acabó como el Rosario de la Aurora, a farolazos, con dos partidos en coalición que, al final, terminaron en sonado divorcio, y en una coyuntura política en la que por primera vez está presente todo el arco parlamentario, 27 escaños representan un valor indudable. Recordemos que Patxi López llegó a ser Lehendakari con 25 escaños y sin la presencia de la locomotora electoral de EH Bildu. Indudablemente este tipo de reflexiones han calado en Sabin Etxea a la hora de tomar la decisión de gobernar en solitario. Piensan allí que es la hora de la regeneración, de la reestructuración y de la recomposición política en un panorama de mayoría nacionalista que es el que ha otorgado con su voto la ciudadanía vasca. Consideran que es un momento oportuno para liderar el nuevo tiempo a pesar de la crisis y de la complicada situación económica. El PNV está repleto de viejos zorros de la política vasca. Siempre han basculado entre el nacionalismo más integrista de la línea Aberri o el más pragmático de la línea Comunión. Conocen a la perfección la dinámica del poder en Euskadi y son capaces de girar hacia uno u otro lado según lo marquen las circunstancias. Ahora tienen hacia donde girar y qué elegir: por un lado la izquierda estatalista y por otro la izquierda abertzale.

No cabe duda de que el panorama es complejo e inquietante, pero desde el PNV se lo toman como un reto, un reto difícil, complicado por la grave situación económica y la conflictividad social que se augura. Cierto es que si la apuesta de gobierno en solitario tiene resultados satisfactorios, también el triunfo será en solitario con lo que ello supondría en la especial carrera por lograr la supremacía definitiva en el campo nacionalista.

El futuro Lehendakari, porque lo es de todos los vascos, aunque a unos les guste y a otros no, se enfrenta a una situación harto compleja y extraordinariamente delicada. Él mismo decía, recientemente, que un ex lehendakari le había confesado que no le gustaría estar en su piel. Años atrás, el primer Lehendakari José Antonio Agirre al jurar su cargo bajo el Árbol de Gernika se encomendó a Dios: "Jaungoikoaren aurrean apalik...". Iñigo Urkullu ha anunciado que utilizará la misma fórmula. También encomendará su labor a Dios. Todo será necesario. Cierto, ¿riesgo u oportunidad? He ahí la cuestión.

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