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La búsqueda de los que faltan: Julio Anguita revisitado

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Foto: EFE

Amortizado ya cualquier conato de transversalidad y encauzado cualquier intento de disidencia estratégica en las izquierdas transformadoras, cualquier llamada a la búsqueda de los que faltan se antoja una quimera a los ojos de cualquier persona con un mínimo de visión pragmática y materialista de la realidad. A pesar de la alegría contenida, que puede fácilmente palparse entre una mayoría notable de cargos y simpatizantes de IU y Podemos, dada la proximidad de una entente global para las inminentes elecciones generales de junio, no está de más revisar algunos elementos interesantes para el debate y la reflexión de la acción política teórico-práctica presente y futura. Vaya por delante la idea de que una buena parte de estos argumentos fueron inicialmente difundidos por el ex coordinador general de IU, Julio Anguita, y posteriormente, más o menos bien aprovechados por otros movimientos y/o partidos políticos. Por supuesto, las contradicciones entre argumento, discurso y acción han sido una constante, tanto en el propio Julio como entre todos aquellos que se encuentran alineados en su mismo bando y que son, fundamentalmente, los actores políticos organizados como partidos: Podemos e IU. Vamos por partes.

El híbrido entre partido político y movimiento social

Uno de los grandes anhelos del conjunto de la mayoría de la izquierda transformadora ha sido y es, junto con la ya manida idea de la unión de la izquierda, la consecución de un partido-movimiento real. Un tipo de organización que pueda ocupar las instituciones con personas en clara sintonía con los objetivos de los movimientos sociales o, en último extremo, que sean los propios cabecillas de los movimientos los que pasen a ejercer la función de cargos institucionales, representando al partido. Es tal el valor que se está otorgando al historial activista que, el paso del movimiento social al partido y/o a las instituciones, se está convirtiendo en una práctica normalizada a estas alturas. Los movimientos sociales como cantera de los partidos de la izquierda progresista en un viaje de ida hacia las instituciones, sin apenas parada en los partidos y, en una mayoría de casos, sin viaje de vuelta hacia los movimientos. El caso más ilustrativo y actual quizás sea el de Ada Colau, actual alcaldesa de la ciudad condal, cuyo paso por la PAH es bien conocido y que, tras un breve descanso de su rol de portavoz del movimiento, se incorporó a la carrera electoral con notable éxito. Como ella, cientos de personas, provenientes de los movimientos sociales, se han incorporado a los cuadros organizativos o institucionales de Podemos, IU, Equo y otros, acabando como cargos institucionales en las diferentes cámaras de gobiernos municipales, autonómicos, insulares y estatales.

Hablar de transversalidad en Podemos al tiempo que se incorporaba a la mitad de los cuadros de Izquierda Unida ha restado mucha credibilidad al mensaje y muchas posibilidades de progresión.

En definitiva, existe una asunción generalizada de que, los que mejor pueden representar a los de abajo son personas más o menos significativas provenientes de los movimientos sociales, que van a ser reconocidas en todos los sentidos y, en consecuencia, más votadas. Sin embargo, esta idea, ni es nueva ni parece ser del todo determinante, pues hay casos de éxito de personas con origen y perfil bien distinto en la órbita de los ambientes progresistas. Hay que recordar que, hace no tantos años, las canteras de partidos como IU eran, en buena medida, los sindicatos, pero también lo eran ya los movimientos sociales y asociaciones (ecologistas, feministas, ONG etc.). El mayor problema siempre ha venido por el hecho de que, con este formato, el partido nunca acaba de ser una máquina electoral, dado que el fuselaje no está diseñado para superar demasiadas turbulencias, y los movimientos sociales suelen quedarse en el chasis por el continuo trasvase de militancia difícil de reemplazar.

Frente al ejército del establishment, el ejército del pueblo

Otro de los grandes argumentos repetidos casi hasta la saciedad es el de que es necesario presentar ante el ejército de ellos (el establishment), un ejército del nosotros (el pueblo). El problema que existe relacionado con este planteamiento es que, lo que se trata de hacer pasar por, utilizando símiles bélicos, el ejército del pueblo no opera en el mismo plano que lo hace el ejército del adversario. Frente a toda una estructura civil de medios de comunicación, centros educativos, empresas, fundaciones, asociaciones, centros religiosos y clubes deportivos, que se encargan de transmitir unos determinados valores culturales y dar forma al sentido común de época, se presenta otra estructura basada en asambleas, centros sociales ocupados, cooperativas, fanzines, camisetas, medios de comunicación alternativos y bicicletas. Son pocas las iniciativas medianamente serias y estables, dignas de tener en cuenta y listas para operar en este campo de batalla figurado. Parece claro que, para tener alguna posibilidad de hacer efectivos cambios sociales duraderos, es necesario mucho trabajo en este sentido. El margen de mejora es prácticamente total y el impulso al desarrollo de esta vía a través de las instituciones es necesario, aunque insuficiente.

Los objetivos por delante de las etiquetas

Primero fue el "programa, programa, programa", luego, el "es igual de dónde venimos, lo importante es dónde queremos llegar" y lo último fue la idea de que el eje izquierda-derecha no sirve para explicar la situación política que estamos viviendo. Todos planteaban el hecho de superar limitaciones, aglutinar, erradicar ciertos prejuicios y sectarismos, crecer más allá de los cauces naturales de la izquierda transformadora.

Sin embargo, y a pesar de que hay que reconocer el avance y los pasos dados en este sentido, todavía perviven muchos diques que han aguantado la embestida discursiva y han aprovechado que no ha habido una correspondencia entre lo verbalizado y lo materialmente tangible para seguir reavivando la llama nostálgica de unas esclerotizadas proclamas y praxis políticas.

Julio Anguita siempre ha tenido la desgracia de ser mejor valorado que escuchado o entendido entre los suyos.

El resultado del mestizaje final ha sido demasiado (de)limitado. Un seccionamiento de la sociedad que ha acabado por reordenar lo que había antes, agrupándolo de una manera distinta, pero sin añadir un número significativo de sujetos nuevos. Ha sido más un juego de vasos comunicantes de las izquierdas que una apertura a nuevas posibilidades de crecimiento. Un sellado de puertas y una falta de decisión a la hora de incorporar perfiles que hubieran acabado por dinamitar las resistencias internas a lo nuevo. Algo más parecido a un enrocamiento que a un gambito. Hablar de transversalidad en Podemos al tiempo que se incorporaba a la mitad de los cuadros de Izquierda Unida ha restado mucha credibilidad al mensaje y muchas posibilidades de progresión. Tanto es así que el único margen de crecimiento contemplado ya sólo tiene que ver con incorporar a la otra mitad de los cuadros del partido de Alberto Garzón, algo que alegrará, sin duda, al bueno de Julio.

Julio Anguita siempre ha tenido la desgracia de ser mejor valorado que escuchado o entendido entre los suyos. A él le debemos una buena parte del arsenal argumental del que disponemos en la actualidad. Es, como dice en sus charlas con el Frente Cívico, un referente al que tener en cuenta por su honestidad e inteligencia. Por otro lado, tampoco hay que perder de vista que sus objetivos no han sido alcanzados, por lo que el camino todavía sigue a medio completar y, los que faltan, todavía no están, ni se les espera, ni van a venir invocados por palabras como si se tratara de conjuros.