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Jeremy Corbyn no será perfecto, pero tiene las cualidades que quiero ver en un líder fuerte y estable

07/06/2017 07:26 CEST | Actualizado 07/06/2017 10:06 CEST
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Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista británico, el 1 de junio de 2017. REUTERS/Neil Hall

¿Sabéis que en realidad yo nunca dije "no votéis"? Lo que dije fue: "No tiene sentido votar cuando los principales partidos políticos son prácticamente indistinguibles y el trato que tiene el gobierno con las grandes empresas y algunos sectores de la prensa hace imposible que el deseo de democracia de la gente se pueda llevar a cabo", lo cual es una opinión un pelín más matizada y completamente cierta. De todos modos, eso ya queda en el pasado, vayamos al presente.

Desde entonces, hemos atravesado una revolución, y no muy agradable, una embestida nostálgica hacia el pasado, hacia un mundo imaginario en el que la desigualdad económica y la división social se solucionen al amparo de una bandera, tendida sobre la verdad como un lienzo patriótico. La obra póstuma del filósofo Zygmunt Bauman llamaba a este fenómeno "retrotopía".

En comparación con el repetitivo bufet de neoliberales que tuvimos que tragar en 2015, la posibilidad de votar a un político que promete cambios parece extraña y exótica. De algún modo, Jeremy Corbyn se ha mantenido perfectamente íntegro en la política durante décadas, como si su barba, blanco de desconfianzas y reproches en el Reino Unido, hubiera servido de formol para conservar sus principios.

Theresa May ha escogido convertir las elecciones en una cuestión basada en la personalidad en vez de en los principios, estrategia que parece cada vez más imprudente. El delirante adulador que captó su atención cuando tramaban este saqueo relámpago vio claramente a Theresa May como una especie de Freddie Mercury en mujer decidida a deslumbrar a los votantes desde el estrado en vez de una bibliotecaria vengativa creada por Quentin Blake.

En comparación con el repetitivo bufet de neoliberales que tragamos en 2015, la posibilidad de votar a un político que promete cambios parece extraña y exótica.

Ya se estuviera debatiendo sobre la guerra de Irak o sobre la caza de tejón con perros, Jeremy Corbyn no se ha despegado del sentido común y la compasión en ninguna de las rutinarias discusiones en el Parlamento (dando por hecho que no estés a favor de la guerra ni de la caza de tejón con perros). Incluso el asunto más "controvertido" en todo su historial resiste toda crítica: su reunión con el Ejército Republicano Irlandés (IRA) no fue una fiesta en el campo brindando y bebiendo unas Guinness en pasamontañas; estaba aceptando con perspicacia la necesidad de negociar en busca de una solución pacífica. Y así sucedió años más tarde. Podría decirse que fue un adelantado a su época. O un líder.

La manipulación que hicieron de sus declaraciones sobre los factores que agravan el terrorismo también lo confirman: el "tenemos que buscar nuevos modos de abordar el terrorismo" que pronunció acabó transformándose en "el Reino Unido tiene la culpa del atentado de Manchester". Esto va más allá de los discursos de doble sentido, obedece más bien a la narrativa hegemónica. El doctor en Sociología y Política Brad Evans comenta al respecto: "Es como si George Orwell no hubiera existido jamás: si piensas de forma crítica sobre el terrorismo, te critican por apoyarlo, y si te opones a las armas nucleares, te tachan de cobarde". He parafraseado sus palabras, pero la idea es que el concepto de "fortaleza" acaba reducido a una única violenta e incuestionable visión del mundo.

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El actor Russell Brand, durante una protesta en Londres contra la subida de los alquileres.

Jeremy Corbyn lleva ya mucho tiempo en estas lides y sabía que sus palabras iban a ser manipuladas para infundir miedo, pero aun así, las dijo. ¿Por qué? Por integridad y confianza en que la gente sepa distinguir la verdad de la propaganda, cualidades que quiero ver en un líder fuerte y estable.

Parece como si hubiéramos olvidado que la política está hecha para traer esperanza y cambios. Pensamos que las elecciones deben hacerse entre dos partidos apenas distinguibles entre sí cuyos líderes podrían compartir discurso en un mismo acto de homenaje con el lema: "Esto sí que es democracia".

Parece como si hubiéramos olvidado que la política está hecha para traer esperanza y cambios.

Si echamos un vistazo al otro lado del Atlántico, podremos ver lo que ocurre cuando la izquierda rechaza el surgimiento de un verdadero líder socialista para apoyar a un centro de apariencia más cuidada. Habiéndoles sido negada la oportunidad de un cambio relevante, los estadounidenses votaron por un subidón de azúcar y pulsaron el botón de "a la mierda todo".

Y aquellos que defendieron la elección de un líder de centro obtuvieron su merecido: Donald Trump.

El Reino Unido no es Estados Unidos, pero lo que parece común actualmente en todo el mundo es que la gente corriente está hasta las narices. Hasta las narices de que les mientan, hasta las narices de no recibir aquello que tienen derecho a reclamar a su gobierno. Están hasta las narices de la vida.

La ira lleva a malas decisiones. Cuando estamos enfadados y asustados, tomamos decisiones que nos acaban perjudicando. Ya es hora de que los que podamos permitírnoslo hagamos un pequeño (no es para tanto) sacrificio económico, también por aquellos que no están interesados en votar por sus intereses y los de su entorno. Ellos (¿Nosotros? ¿Ellos? ¿Nosotros?) también saben, en el fondo, que el de Jeremy Corbyn no es un partido tan hambriento de poder como el que engulló al Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) y está ahora vomitándonos las consecuencias en la cara.

Votar a los tories y tirar a la basura la oportunidad de cambio hasta el incierto secarral de 2022 sería sadomasoquismo colectivo.

Puede que el gobierno del Partido Laborista no sea perfecto; se movería en un sistema que se opone a su nueva y manifiesta agenda de servir a la gente. Y puede que Jeremy Corbyn no sea perfecto, pero es un ser humano. Tenemos ante nosotros la oportunidad de votar a un político decidido a servir a la gente del Reino Unido, a apoyar al Servicio Nacional de Salud (NHS) y a los servicios públicos y comprometido con la educación de los niños y jóvenes, a quienes pertenece el futuro.

Votar a los tories de Teresa May para que estén cinco años más en el poder y tirar a la basura la oportunidad de cambio hasta el incierto secarral de 2022 sería un lamentable acto de sadomasoquismo colectivo.

Debemos tener fe en la humanidad, fe los unos en los otros, albergar la esperanza de construir una sociedad mejor entre todos en lugar de escondernos en las sombras, algo que solo sirve para prolongar este infierno. Debemos ver la compasión, la generosidad y el diálogo como poderosas virtudes, no como debilidades de un "cabeza hueca".

Estas elecciones, llamadas a ser un cínico intento de castigar aún más a la gente corriente del país en favor de unos pocos privilegiados, podrían significar algo más que una oportunidad de hacer que votar sirva de algo. Podrían ser la oportunidad de devolver el país a su gente, una revolución.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.