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No me tiré de los pelos cuando empecé a quedarme calvo

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CALVO
GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO
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Llevo años sin ir a la peluquería.

Probablemente me imaginéis desplomado sobre el portátil, aporreando el teclado tras una cortina de pelo. Habéis dado por hecho que me niego a cortármelo por miedo a perder mis habilidades de redacción, cual Sansón bloguero.

Pero la verdadera razón por la que no he ido a visitar al peluquero es que, en la cabeza, no me queda pelo que cortar. Sí, sé que estoy dejando escapar una oportunidad. Me doy cuenta. Ahora el proceso de cortarse el pelo en una barbería es lo más, con toda esa bravuconería y todas esas fotos que se suben a Instagram.

Cuando yo era pequeño, el peluquero no era más que un tío que daba miedo, te sentaba en una silla, te contaba historias extrañas sobre amputaciones y te cobraba 10 dólares por darte la brasa.

Ahora, los barberos y los peluqueros son guais. Algunos de mis amigos lo son, y por profesión, no como método para conocer gente. Todos llevan tatuajes, pero en plan guay, no en plan recuerdo de la cárcel o de una guerra.

Intenté convencerme a mí mismo de que a mi mujer le pasarían desapercibidas mis entradas el tiempo suficiente como para querer casarse conmigo.

Cuando veo a los peluqueros es por mi hijo. Es pequeño, pero ya tiene unos tirabuzones que me transportan a mis años dorados en los que le daba más a la gomina que las Kardashian a Snapchat.

Perdí el pelo siendo joven, a los veintipocos. Cuando se lo digo a la gente, todo el mundo suele reaccionar como si acabara de contarles que el amor de mi vida murió cuando estábamos de luna de miel. Me afeité la cabeza estando de luna de miel, después de un periodo de intentar convencerme a mí mismo de que a mi mujer le pasarían desapercibidas mis entradas el tiempo suficiente como para querer casarse conmigo.

La calvicie no me entristece. A veces echo la vista atrás a todos esos momentos maravillosos en los que tenía pelo y sonrisa. Pero yo lo veo así: mi pelo lo ha hecho muy bien y se ha jubilado pronto. Como un desarrollador de aplicaciones de éxito.

Pero hay días en los que conduzco con las ventanillas bajadas y echo de menos sentir el viento en lo que una vez fue mi selva de folículos. Ahora fluye por mi calva como el aire sobre las dunas.

Y lo que echo de menos aún más que el pelo son los productos que se le pueden poner. La felicidad que proporciona un peinado nuevo se debe completamente a la aplicación de un producto.

A veces me pierdo en los pasillos del supermercado mirando todos esos geles, mascarillas, arcillas, cementos, argamasas y espráis para el pelo. Mi mujer de vez en cuando se pregunta por qué tardo tanto en hacer la compra. Yo le digo que es que había muchísima cola, pero la verdad es que me paso horas oliendo la gama masculina de productos para el cabello. Estos productos nuevos huelen como a muesli para el pelo. Desde el albaricoque a la canela, del lichi al coco... de todo.

Es un mundo perdido para mí. Las opciones de peinado son mínimas cuando se es calvo. Para un hombre calvo, el pelo a peinar se mide en milímetros. E igualar la cantidad de pelo de la barba y de la cabeza requiere mucha pericia.

Mi dilema constante es si cortarme el pelo al 1 en invierno o si dejarlo crecer hasta acabar pareciendo el dependiente de una tienda de electrodomésticos. El año pasado fuimos de vacaciones al trópico y me afeité la cabeza con cuchilla, como un nadador olímpico que se prepara para una competición. Era la versión humana de un gato esfinge.

gato esfinge

La única opción que tengo para cambiar de look por encima de los hombros es variar la longitud de la barba. Por suerte, si me dejo perilla, tengo más opciones y un rollo de héroe de acción de los noventa que siempre queda bien con una cazadora vaquera.

Pero me voy despidiendo de la opción de la barba porque he visto algunos pelos blancos en la zona. Me parece que la única opción que me queda es dejarme largo el pelo de la parte de atrás de la cabeza, hacerme una coleta y esperar a que la barba se me ponga gris para conseguir el look profesor de cerámica. Ahora, si pudiera hacerme con una chaqueta de punto de una talla más y una oferta para una vacante en un centro cultural, ya estaría listo.

Este post fue publicado originalmente en la edición australiana de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.