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Entre los refugiados y los líderes del mundo, una tierra de nadie

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Foto: REUTERS

Los líderes del mundo permanecen impasibles ante el sufrimiento de las personas refugiadas. Tanto el secretario general de la ONU como el presidente de Estados Unidos han tratado de impulsar algunas medidas con cumbres de alto nivel este mes. Las negociaciones previas indican que la Cumbre de la ONU está condenada al fracaso antes de que comience siquiera, y no parece probable que la Cumbre de Obama pueda reparar los daños.

La apremiante urgencia se resume con lo que está ocurriendo ahora mismo en una franja de desierto, entre las fronteras de Jordania y Siria, conocida como el "arcén", donde alrededor de 80.000 mujeres, hombres, niños y niñas llevan atrapados cerca de un año. Cuando Jordania sufrió un ataque contra un puesto militar en junio, selló totalmente su frontera con Siria, ya restringida, abandonando a los refugiados en tierra de nadie, fuera del alcance de las agencias internacionales de ayuda.

Azotados por tormentas de arena bajo el implacable calor del verano, los refugiados y refugiadas sirios que están en el arcén luchan por subsistir con unas reservas de comida y agua que disminuyen con rapidez. Muchos están enfermos de gravedad y, según informes, algunos ya han muerto. Esta situación se podría haber evitado si sólo otros países del mundo se hubieran ofrecido a compartir la responsabilidad del más de medio millón de personas refugiadas que están en Jordania.

Mientras se desarrollaba esta tragedia, en Nueva York, los diplomáticos se peleaban por una moderada propuesta de la ONU de compartir la responsabilidad de ayudar a la población refugiada y reasentar al menos a una décima parte de los refugiados más vulnerables del mundo cada año. Al final, la UE, un bloque de países africanos, Rusia y China rechazaron estas soluciones, dando más prioridad a sus mezquinos intereses particulares que a una amplia solución global.

Si los líderes del mundo no actúan realmente en estas dos cumbres de septiembre, corren el riesgo de alentar a más países a abandonar a los refugiados a una suerte tan precaria como la de quienes están en el arcén.

El cierre de fronteras nunca hará que las personas refugiadas que he conocido en todo el mundo dejen de buscar la seguridad para ellas mismas y para sus familias.

En mayo, Kenia dijo que planeaba cerrar el mayor campo de refugiados del mundo, Dadaab, y devolver a cientos de miles de personas refugiadas somalíes a un país inmerso en un conflicto armado activo. Pakistán amenaza con expulsar a un millón y medio de refugiados y refugiadas afganos. Acosados habitualmente por las autoridades, más de 60.000 han vuelto a cruzar hace poco la frontera, regresando a un conflicto cada vez mayor.

En el sureste asiático y Australia, los refugiados están detenidos en condiciones terribles, de hacinamiento, violentas y a veces letales. En Europa, decenas de miles de refugiados duermen en tiendas o centros de detención, enfrentados a vallas de alambre de espinos.

El cierre de fronteras nunca hará que las personas refugiadas que he conocido en todo el mundo dejen de buscar la seguridad para ellas mismas y para sus familias; sólo las obliga a arrostrar riesgos mayores y a sufrir peores condiciones.

Un día después de la Cumbre de la ONU, la Cumbre de Líderes sobre los Refugiados de Obama ofrecerá a los líderes del mundo una segunda oportunidad de intervenir. ¿Tendrán los líderes del mundo el descaro de dedicar dos días a airear lugares comunes sin hacer nada, mientras decenas de miles de refugiados sirios se consumen en el desierto?

Sea en esa cumbre o en las semanas siguientes, necesitamos que más países ricos aporten su contribución, y que lo hagan rápido. No se puede permitir que un fracaso de la responsabilidad colectiva en Nueva York fomente una abdicación colectiva de la responsabilidad nacional en todo el mundo.

En ausencia de un plan global, necesitamos una muestra rápida y decisiva de liderazgo de un núcleo de países dispuestos a asumir la responsabilidad y abordar esta gran tragedia de nuestra época.

Pueden empezar inmediatamente ayudando a países como Jordania con el reasentamiento de algunos de los refugiados más vulnerables, instando al mismo tiempo a los países vecinos de Siria a que reabran sus fronteras a las personas que siguen huyendo de los horrores que vemos en la televisión.

La cruda realidad es que hace falta reasentar a más de un millón de personas antes del final de 2017. Cuantos más países den un paso adelante, más viable será. No importa el tiempo que pasen los líderes en la mesa de negociación; la crisis no amainará hasta que eso suceda.
Las consecuencias del fracaso, para las personas refugiadas que están en el arcén y en otros lugares, son demasiado terribles de contemplar.

Todos y cada uno de nosotros/as querríamos creer que si la guerra o la persecución destruyera nuestra vida, podríamos encontrar algún lugar donde estar a salvo. Pero eso es exactamente lo que está hoy en juego.

Si los líderes siguen andando con rodeos ante este gran sufrimiento, podríamos encontrarnos con la perspectiva de un mundo distópico donde un número cada vez mayor de civiles en situaciones de conflicto no tenga ningún lugar adonde ir y sean devueltos a las mismas zonas de guerra de las que tuvieron que huir.

De todos nosotros/as depende decirles a nuestros Gobiernos que actúen ya para evitar este catastrófico futuro. De nosotros/as depende decirles a los gobiernos que damos la bienvenida a las personas refugiadas y que ellos también deberían hacerlo.