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Cuando lo que duele es la vida y no una enfermedad

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Una de los motivos más frecuentes que nos llevan al médico de familia son los problemas de la vida diaria que causan sufrimiento emocional. En este caso no hay enfermedad por ninguna parte, no hay heridas ni patología detectable. Duele la vida, no la enfermedad.

Estas situaciones son harto frecuentes y, durante siglos, han sido solucionadas de distintas maneras. Solo hoy nos planteamos una solución médica y terminamos yendo a la consulta a buscar alivio o solución.

El problema es que los profesionales sanitarios tienen ya un nivel de saturación considerable, como para incluir estos problemas en sus ya apretadas carteras de servicios. La situación es tan grave en número de consultas y gasto producido que podríamos inferir que el hundimiento del sistema sanitario no lo están produciendo los enfermos sino los sanos.

Como médico, siento compasión ante toda situación humana que cause sufrimiento, pero no estoy seguro de que el sistema sanitario público pueda absorber todo el malestar de sus afiliados sin morir en el intento. Paradójicamente, no crean que de este tema se habla mucho. En las múltiples guías clínicas y documentos que recibo todos los meses no se incluye ninguna que diga cómo se deben de abordar las consultas de los pacientes por problemas de la vida y no por enfermedad.

Tan solo una campaña del Colegio de Médicos de Vizcaya animó la reflexión hace unos meses.

Una consulta de seis minutos que explique con respeto al paciente lo que le pasa, y que la solución a su problema está en la misma vida que lo ha producido y no en un remedio sanitario, es un acto digno y necesario.

Lo que sí creo que podemos hacer los profesionales sanitarios es poner de relieve en estas situaciones que lo que duele es la vida y no una enfermedad. Que sentir dolor o malestar es una respuesta humana lícita y normal ante situaciones que nos sobrepasan, y que todos tenemos derecho a sentirnos mal y a buscar ayuda o solución con los recursos personales, familiares y sociales que tengamos. Para estos problemas sirven de poco las medicaciones y tratamientos que están diseñados para las enfermedades.

Una consulta de seis minutos que explique con respeto al paciente lo que le pasa, y que la solución a su problema está en la misma vida que lo ha producido y no en un remedio sanitario, es un acto digno y necesario. Los programas informáticos de clasificación de motivos de consulta tienen un epígrafe denominado "consulta sin enfermedad", de momento muy poco utilizado tanto en los servicios de urgencia como en los centros de salud.

Suele ser más sencillo para el profesional pedir pruebas o derivar a algún especialista hospitalario. Darnos cuenta de la importancia de nombrar las cosas correctamente es fundamental, tanto para los atribulados ciudadanos como para los profesionales sanitarios. Por mucho que queramos, no nos será posible dar una solución a los problemas laborales, de pareja o económicos de nuestros pacientes. Admitir nuestra impotencia es quizá el primer paso para que quien nos consulta se atreva a buscar sus propias soluciones, que serán las que finalmente le permitan seguir caminando por la vida.