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El hundimiento de la salud en las sociedades occidentales

21/12/2015 07:11 CET | Actualizado 20/12/2016 11:12 CET

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Imagen: La balsa de la Medusa (Théodore Géricault, 1818-1819). Museo del Louvre.

Igual que los medios de comunicación audiovisual ayudaron a abrir el muro de Berlín y a transformar la Unión Soviética al darse cuenta sus ciudadanos de que fuera había otros mundos, lo mismo está pasando hoy con la salud. Los niveles que cada vez se exigen son más altos. No basta estar sano, hay que estar hipersano. No son tolerables pequeñas molestias, manchitas en la piel, mocos en la nariz y otros muchos inconvenientes que ahora se convierten en motivos que obligan a una consulta médica. Hay que tener un cuerpo como el de nuestras heroínas y héroes mediáticos. Un aspecto impecable, una condición física perfecta. Para ello nos gastamos ingentes cantidades de dinero en cremas, dietas y gimnasios. En maquillaje, cirugía estética y tratamientos convencionales o alternativos. En alimentos probióticos y en complementos nutricionales hipervitaminantes. Todos estos esfuerzos se vuelven vanos. Al final nos terminamos sintiendo mal. Es el hundimiento de la salud, cuya consecuencia es que nos sentimos cada día un poco más enfermos.

En las últimas cuatro semanas, uno de cada tres ciudadanos ha ido a una consulta médica. Cada vez vamos más. Cada vez estamos más preocupados por nuestra salud, y los ordenadores o teléfonos móviles que nos acercan la información sobre el tema no terminan de ayudarnos. Cuando buscamos información en internet solemos acabar mareados. Queremos saber más para calmar nuestro agobio cuando alguna cuestión que ataña a nuestra salud nos da vueltas en la cabeza. No lo solemos conseguir, y acudimos a nuestra médica a preguntar sobre ese dolor de rodilla, esa garganta que pica y nos hace toser o ese ojo que hoy ameneció rojo. Hemos normalizado que ante cualquier incomodidad percibida haya que acudir a una consulta médica.

Lo que nos encontramos al llegar al facultativo es que la espera es progresivamente mayor. Si las visitas se multiplican y los presupuestos sanitarios siguen disminuyendo, ya me dirán cómo lo van a poder hacer. Estamos quemando a la actual generación de médicos de familia, que sufre presiones asistenciales mucho mayores que en otros países europeos. Estamos utilizando mal el sistema sanitario en general, unos por acudir más de lo necesario y otros, por gestionarlo incorrectamente. Los profesionales sanitarios tampoco conseguimos hacerlo del todo bien. Al tener menos tiempo, tendemos a mandar más pruebas y medicamentos, lo que conlleva más problemas a la larga.

Todo parece indicar que esta tendencia de aumento de consultas y disminución de recursos económicos para sostenerlas va a seguir. El modelo sanitario público lleva roto mucho tiempo, pero nadie ha sido capaz de ofrecer soluciones reales dado la enorme complejidad del sistema. No es una cuestión de inteligencia, nuestro sistema sanitario tiene parte de las mejores cabezas del país. El problema es global, en Reino Unido, Canadá y otros muchos lugares están como nosotros. Unos proponen la necesidad de privatizar los sistemas para que sea el mercado el que regule y al tener que pagar los servicios los ciudadanos los usen menos. Otros que hay que seguir inyectando recursos en los sistemas públicos para que estos sean accesibles para todos. Nadie habla de que no hemos tomado conciencia del problema de fondo, de que no hemos conseguido comprender lo que de verdad está fallando.

Salud y enfermedad no son términos opuestos sino más bien un continuo de grises que contiene habitualmente distintas proporciones de ambos. Es fundamental entender que las pequeñas molestias son inherentes a la normalidad, y que a todo el mundo alguna vez le duele la cabeza, la tripa o todo el cuerpo.

Como sociedad necesitamos calibrar los conceptos de salud y enfermedad que emergen de nuestra concepción de ser humano. El homo economicus actual, consumidor y hedonista, ha disminuido su tolerancia a la frustración, a las molestias inherentes a la vida, la enfermedad y, sobre todo, a la muerte. Su búsqueda del esplendor del placer y el bienestar le hace abominar de toda sombra, y eso lo vuelve vulnerable, porque la vida es luz y oscuridad, no solo lo primero. ¿Nos enseñan de pequeños a relacionarnos con nuestras propias sombras, incongruencias, dolores y molestias físicas o más bien las madres y padres corren desesperados a buscar la ayuda del pediatra cuando aparecen los primeros mocos o alguna décima de fiebre? Llevamos a nuestros hijos e hijas incontables veces a los servicios sanitarios, enseñándoles que eso es lo normal, cuando a nuestros padres y abuelos a penas les llevaron.

Salud y enfermedad no son términos opuestos sino más bien un continuo de grises que contiene habitualmente distintas proporciones de ambos. Es fundamental entender que las pequeñas molestias son inherentes a la normalidad, y que a todo el mundo alguna vez le duele la cabeza, la tripa o todo el cuerpo. Si tengo un catarro similar a otros anteriores, ¿es necesario acudir a un profesional a que me confirme lo que ya sé y me dé un remedio que yo mismo puedo aplicarme? Recuperar una relación con nosotros mismos que integre tanto los tiempos de salud como los de enfermedad, los momentos de bienestar con los de malestar es básico para poder recuperar nuestra salud y no hipotecarla ante agentes externos por muy aparentemente bien intencionados que parezcan. Hay cosas que no deberíamos delegar, nuestra salud y nuestra enfermedad entre ellas. También nuestra muerte, que en muchas ocasiones se medicaliza y hospitaliza hasta el extremo. Si no somos capaces de decidir cómo queremos vivir, atender nuestra enfermedad y plantear nuestra muerte, otros lo harán por nosotros. Tal vez no nos guste cómo lo planteen.

Vivimos rodeados de oportunidades, información y capacidades que nuestros ancestros no pudieron soñar. Pero no nos estamos dando cuenta de que estamos dejando cosas importantes por el camino. Nos estamos olvidando lecciones que la naturaleza lleva eones enseñando. Que la vida contiene la muerte, y la muerte, la vida, que la salud implica la enfermedad y esta a su hermana. Que somos capaces de adaptarnos a ambas, y sobre todo, que es posible vivir con plenitud más allá de los condicionantes externos e internos. Mientras no seamos capaces de valorar la importancia de relacionarnos mejor con nosotros mismos, de cuidar nuestra higiene física, psicológica, social, afectiva y transcendente de manera diaria, seguiremos siendo dependientes tanto de los que crean necesidades de salud como de los que ofrecen soluciones a las mismas. La reflexión y toma de conciencia para dar este paso nadie las podrá hacer nunca por usted.