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La gran devaluación

02/02/2017 07:16 CET | Actualizado 02/02/2017 07:16 CET

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Foto: ISTOCK

El sanedrín se reunió en un rincón de las altas montañas fuera de las miradas, con recato. No soplaban buenos vientos esos días. Los sumos sacerdotes estaban enojados por los insuficientes sacrificios que se estaban ofreciendo a Moloc. Decidieron que era necesario aumentarlos, lo que acarrearía una enorme carga de dolor, sufrimiento y llanto que otros se encargarían de ofrecer.

En el pasado, cuando un país soberano tenía problemas de caja, podía devaluar su moneda como defensa. Hoy, en la Unión Europea, no es posible. En su lugar, los gobiernos optan por disminuir el gasto, devaluando así los servicios públicos: ejército: más débil; sanidad: más sobrecargada; educación: deficitaria; investigación: mínima...

Esta realidad, unida a la crisis demográfica que el envejecimiento poblacional produce y a la robotización del mercado laboral, hace que el panorama sea sombrío. Las élites no quieren otra gran recesión que les haga perder su dinero. Los mejores cerebros del planeta están buscando soluciones, y la menos mala que han encontrado es devaluar Europa y Estados Unidos.

Es cierto que esta devaluación de las clases medias ya se llevaba produciendo muy lentamente desde hacía años y que se han realizado interesantes experimentos en el sur de Europa. Parece que ya está maduro el plan y los porcentajes se pueden empezar a bajar a destajo.

Encaramos una pendiente que se adivina resbaladiza y peligrosa por la siempre cierta presencia de barrancos y otros azares. No saben si la ciudadanía aguantará, pero como nunca ha estado sometida a un grado de despiste y distracción como hasta ahora, confían en que sí. Solo puedo decirles: prepárense y abróchense los cinturones.