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Las mejores mentes

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Hubo una vez una civilización que decidió afrontar los enormes retos que se le presentaban preparando una generación con las mejores mentes. Para llevar a cabo esta misión consiguieron el consenso de todos que únicamente fue posible compartiendo los sueños. Así, una vez decidido, se pusieron en marcha y levantaron imperios, desarrollaron tecnologías, tejieron redes complejas... para que unos pocos pudieran brillar y encontrar las soluciones que todos requerían.

Construyeron ciudades en el desierto, rascacielos infinitos y soberbios, redes de transporte de altísima velocidad, casas que eran palacios en sí mismas, dispositivos electrónicos personales capaces de mandar una nave al espacio.

Sin embargo, las respuestas no llegaban. Los millones de hombres y mujeres que sostenían con su esfuerzo la aventura de los elegidos sentían zozobra. Empezaron a formular preguntas cuyo simple sonido producía dolor ¿merece la pena pasar hambre? ¿merece la pena ver a nuestros hijos e hijas sin futuro?...

Mientras tanto en las ciudades de cristal los elegidos se afanaban en vidas líquidas que discurrían velozmente en círculos concéntricos. El exceso, la abundancia, la gran tecnología no parecían servir. Ninguno de ellos fue capaz de encontrar el sentido anhelado, la matriz invisible, la conexión ansiada.

Pasaron las décadas y el esplendor de las ciudades de cristal se fue eclipsando lentamente. Fue entonces cuando sucedió. En una remota favela marginal de una megaciudad sumida en la pobreza una niña soñó con una nueva luz. El mensaje no contenía palabras, era mucho más simple, tan solo luz, una nueva luz. Poseía la fuerza de lo evidente, la certeza plena que permite a un ser humano cambiar el mundo.

La niña se dio cuenta de que no es necesario que nadie sueñe por nosotros ni nos dé respuesta a nuestros propios retos. Una gran sonrisa afloró en su moreno rostro al sentir que su visión cambiaría la vida del planeta.