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Antonio Ferres, el náufrago de las letras españolas

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Antonio Ferres tiene noventa y dos años, viste polo rojo, pantalón oscuro y unas cómodas sandalias de cuero. Me recibe a primeros de septiembre en su casa de Cuatro Caminos, cerca del Mercado de Maravillas, en un piso alquilado donde vive con su gato negro y sus libros. Es un hombre menudo y un gran conversador. Nuestra charla transcurre con el fondo de música clásica que tiene sintonizado en el televisor del salón. Sus historias y su anecdotario no tienen fin, y su conversación se llena de meandros y de excursos, de digresiones y de evocaciones tan antiguas que a veces resulta laborioso seguirle el hilo.

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El escritor en el salón de su casa. Foto: S.V.

Antonio Ferres es un torrente de recuerdos, es la memoria viva de una generación de escritores perdidos y olvidados, un grupo de autores que hicieron de la literatura un compromiso ético y social. En su momento se les llamó despectivamente "la generación de la berza", pero como decía Almudena Grandes en el homenaje que le hicieron a Antonio Ferres en la Universidad Complutense hace unos años: "¿Cómo se puede comparar la poesía de Blas de Otero con la berza?". A esa generación del medio siglo que hizo una literatura crítica, comprometida, social y realista, y que sufrió como ninguna el exilio interior y el desarraigo en el tumultuoso siglo XX, está adscrito no sólo Antonio Ferres como uno de sus máximos exponentes, sino también Armando López Salinas, Jesús López Pacheco, Alfonso Grosso, José Manuel Caballero Bonald, Rafael Sánchez Ferlosio, Luis Martín-Santos, Ignacio Aldecoa o Juan Eduardo Zúñiga.

"Es curioso -dice entre risas- porque Zúñiga se quita años (o a lo mejor es su editorial la que se los quita). Yo tengo su primer libro, que es Inútiles totales, que sale en fuego enemigo, y según él mismo cuenta, fue llamado a filas a finales de la guerra, con lo que no concuerda eso de que naciera en 1929. Aquí la crítica está hecha un lío".

Antonio Ferres nació en Madrid en el año 1924, un año manifiestamente surrealista, como él mismo dice ("es el año en que Breton publicó su Manifiesto"), así que le toca vivir su adolescencia y primera juventud en la guerra civil y en la posguerra. Aquello hace "que toda mi generación sea el producto de un gran naufragio".

La vida de Antonio Ferres es azarosa y casi novelesca. Ingeniero industrial de formación, trabajó en el Laboratorio de Materiales del Ministerio de Obras Públicas, junto con Armando López Salinas, de donde serían expulsados por apoyar una huelga en el año 1958. "Pero nosotros queríamos dedicarnos a escribir, y aquello en el fondo nos vino bien para nuestro propósito. Por un lado, nos pasamos de Destino a Barral, y por el otro empecé a trabajar en Radio España Independiente".

Durante unos años militó en el partido comunista, el PCE, de donde fue expulsado por su criticismo con la nomenklatura. Viajó clandestinamente a París y allí se entrevistó con Santiago Carrillo, justo en el momento en que fusilaban a Julián Grimau, en el año 1963. Con Carrillo tuvo una conversación tensa en la que Ferres optaba por una beligerancia reivindicativa, ante la que el dirigente comunista se mostró más bien tibio. Con César Muñoz Arconada, uno de los escritores que estaban por aquella época en la Unión Soviética, "casi me pego, porque era estalinista hasta la médula". Son los años del compromiso y los años en que empieza a darse a conocer como escritor.

"A mí lo que me da el espaldarazo es el Premio Sésamo de Cuentos, que gano en el año 1956 con Cine de barrio. ¿Tú sabes la historia de las cuevas de Sésamo y de su impulsor, Tomás Cruz, no? Aquello era formidable. Eran tiempos en que Madrid vivía asfixiado y Sésamo empezó a ser un punto de encuentro de escritores y de artistas. Tomás Cruz era aviador de la República, estuvo en campos de concentración franceses y fue preso durante varios años".

En su etapa americana escribió alguna ficción nacida de experiencias con el LSD como La vorágine automática, y ensayó una literatura más experimental con motivos californianos y hippies.

Tres años después, en 1959, Antonio Ferres publica La piqueta, que resultó finalista en el Premio Nadal de esa edición y que ha sido reeditada por la editorial Gadir, que está rescatando gran parte de su producción novelística y poética. La piqueta es la novela que me ha llevado hasta Antonio Ferres, como le digo varias veces durante la entrevista. La obra describe, con ecos de Baroja y de Aldecoa, el mundo de los habitantes del barrio de Orcasitas, en el que los emigrantes de Castilla La Mancha y de Andalucía levantaban, por su cuenta y de forma clandestina, unas chabolas permanentemente amenazadas de derribo por la autoridad. Y le cuento:

-Yo publiqué una novela titulada Viaje de invierno que escribí hace tres años (editada por Zut), en la que narraba el origen de la chica protagonista, cuya familia vive en un barrio obrero de las afueras de Madrid, que es Orcasitas.

-Ah, qué curioso -me dice-. ¿Es una novela de amor?

-Sí, en parte lo es. Me interesa el mito del origen, y es lo que quería contar en la novela. Ha sido todo un descubrimiento leer La piqueta, porque todo eso está ahí desde hace casi 60 años.

- La piqueta es también una novela de amor. Paco García Olmedo dice que soy el Homero de Orcasitas (se ríe), y en el barrio recientemente le han puesto mi nombre a una calle. Pasó la censura seguramente porque iba con Destino, que al provenir de zona nacional, tenía trato de favor. Ya sabes que Vergés tuvo siempre más facilidades en aquellos años que, por ejemplo, Barral. Además, Rafael Vázquez Zamora nos conocía a todos, y por eso salió La piqueta sin tocar una coma. Ana María Matute escribió una primera reseña en The Nation, poniéndola muy bien. Le había encantado. Y fíjate qué curioso: cuando hice la presentación en Orcasitas hace poco, venía gente con ediciones clandestinas en tapa dura, y en la cubierta ponía que el autor era un tal Vicente Ferrés. Era el tiempo en que yo estaba en América, y pensaban que la novela era de un catalán que había muerto (vuelve a reírse).

Y Antonio me cuenta aquellos años en que emigró a Estados Unidos. "La primera vez me fui por miedo, y la segunda, por hambre. Yo estaba casado y tenía una hija, y había que ganarse el pan". Gracias al profesor de español Joseph Schraibman, consiguió un puesto de profesor en la Universidad de Northen Illionis. Después peregrinó por el país dando conferencias e impartiendo seminarios de literatura: Kansas, Nueva Orleans, Seattle, San Francisco, Los Ángeles, Nuevo México, y acabó separándose de su mujer. "Allí me ganaba bien la vida y tenía tiempo para escribir. Las conferencias las pagan muy bien los americanos".

En su etapa americana escribió alguna ficción nacida de experiencias con el LSD como La vorágine automática, y ensayó una literatura más experimental con motivos californianos y hippies, como la definió Rafael Conte. De aquella época son Ocho, siete, seis..., En el segundo hemisferio o En los claros ojos de John.

Pero su gran experiencia, según Antonio, fue conocer a Doris Rolfe, una alumna suya a la que todavía recuerda con cariño, y de quien acabó siendo pareja: "Era una de las personas más inteligentes que he conocido. Antes de enrolarse en el Peace Corp, que trabajaba en América Latina, se había educado en una comunidad religiosa integrista. Le habían enseñado que todo era pecado: ir al cine, dormir con los brazos fuera de la cama...". Con ella tradujo para Anaya Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain.

Después se exilió en México: "Yo me fui a México animado por Max Aub, a quien un conocido mío había escrito preguntándole si tenía posibilidades de abrirme camino allí". Y varios años después se marchó a Senegal como profesor de literatura, convencido por los comentarios favorables de la experiencia que le hiciera, entre otros, Fernando Sánchez Dragó.

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Las anécdotas de Antonio Ferres no tienen fin. Me cuenta, por ejemplo, la visita que hizo Simone de Beauvoir y Florence Malraux (la hija de André Malraux, el ministro de Cultura francés y autor de una de las novelas más importantes del siglo XX, La condición humana). Fueron invitados por Juan Goytisolo, y junto a él, Ferres, Zúñiga y López Pacheco los pasearon por las tascas y las tertulias Madrid. Y recuerda también el viaje que hizo Jorge Semprún (antes Federico Sánchez) a Madrid, y "todos quedaron epatados. Semprún era un señor elegante y cultísimo, que sabía francés y alemán. Fíjate cómo sería que alguien de derechas dijo: "Si todos los comunistas fueran como éste, esta gente debería gobernar el país".

-¿Qué es para ti la literatura, Antonio? -le pregunto.

-La literatura para mí es una aventura de la imaginación, una experiencia de lectura abierta, un experimento que hace que si las puertas de la percepción fueran abiertas, como dijo William Blake, se vería que todo es infinito. En ese límite está la literatura, ahí está el arte entero.

Después de una hora y media de conversación, le digo a Antonio que me tengo que ir, y que me gustará seguir en contacto con él. Nos hacemos unas fotos, y cuando me acompaña hasta el rellano y cojo el ascensor, de pronto me acuerdo de aquel artículo de Caballero Bonald de 1998 en que rememoraba a Alfonso Grosso y se quejaba del olvido al que había sido condenado el escritor sevillano. Decía Caballero Bonald:

"Me conmueve recordar ahora a aquel novelista excesivo, imprevisible, arbitrario, tierno, vehemente, intuitivo, dotado de una considerable pericia para pasar de la inocencia al disparate. Habría cumplido 70 años en este año que ahora termina. Pero, ¿cuántos más habrán cumplido sin que se haya catalogado justicieramente al autor de "Florido mayo"? Qué oficio más cabrón".

Pues así me voy, pensando qué oficio tan cabrón es este de escribir.