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'La del pirata cojo' de Sabina

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Una tarde, en la época del instituto, fui a casa de mi mejor amigo. Tendría dieciséis o diecisiete años. Mientras esperaba a que mi amigo terminara de prepararse para salir, sucedió algo que pocas veces ocurre en la vida: de los altavoces de la cadena de música salieron las notas de una canción que, como un fogonazo, se me aparecieron reveladoras. De pronto, el tipo aquel que cantaba nos hablaba de vidas que, de algún modo u otro, nosotros ya imaginábamos. Yo no sabía nada de Joaquín Sabina y mi idea de un cantautor era más bien la de un señor deprimido y cenizo que, al son de una guitarra, profería unos lamentos de amores imposibles o de sufrimientos atormentados. Sin embargo, ahí estaba ese vozarrón, que cantaba con algo de chulería, irónico y mordaz, justo lo que un adolescente como yo necesitaba oír. Para sufrimientos atormentados, ya me tenía a mí, y me bastaba y me sobraba yo solito.

Sabina, que no es un excelente cantante pero sí un grandísimo poeta (él dice justo lo contrario porque así sabe que uno puede llevarse a las damas a la cama), hacía en su canción mejor literatura que la que nos enseñaban en el instituto. Y en unos cuantos minutos y de una manera absolutamente mágica, levantaba el enorme edifico de la imaginación, y cantaba al ensueño y te animaba a dejarte llevar por la fantasía, diciéndote que importa un carajo la vida que uno pueda tener, porque, con un poco de imaginación, puedes trasladarte de una época a otra y ser realmente quien tú quieras imaginar: Al Capone en Chicago, un boxeador en Detroit, un marinero en Marsella, un pirata cojo, un sultán en el harén, un pintor en Montparnasse e incluso (la que más nos gustaba por entonces, y aún sigue siendo mi favorita), un fotógrafo de Playboy.

Era la época en que devorábamos las novelas de Julio Verne, de Stevenson, de Melville, de Alejandro Dumas, de Eugenio Sue, la época en que uno creía que la vida podía ser una aventura, un viaje sin fin, repleto de rufianes y mujeres dadivosas. Era la época en que veíamos películas como Taxi Driver o Toro Salvaje, o El buscavidas o El bueno, el feo y el malo, o Moby Dick o La diligencia, y soñábamos con rutas imposibles, con mapas sin fin, con ciudades de perdición, con mujeres fatales. Y, de pronto, aquella voz rotunda nos invitaba a volar con la fantasía y a ser lo que todo adolescente a esa edad quiere ser, un bucanero rufián, un pirata vividor que surca los mares de medio mundo, libre y sin ataduras, un truhán que no tiene que dar una sola explicación a nadie.

A mis dieciséis o diecisiete años, yo ya emborronaba cuartillas, y por entonces ya tuve el fogonazo de que esa canción, La del pirata cojo, se merecía un libro ella sola, porque por sí misma era tan valiosa como La isla del Tesoro o La vuelta al mundo en 80 días. El primer intento que hice de desarrollar estas vidas fue en el año 2006, en Ámsterdam, es decir, doce años después de haber tenido la idea.

Me acuerdo de que aquel viaje lo hice solo, en una mala racha que estaba pasando, y como no tenía con quién hablar, me metía en los cafés de Ámsterdam con mi libreta (que aún conservo) y empezaba a escribir estas vidas. Las iba escribiendo a todas horas, en los museos, en las plazas, en los veladores de las terrazas, en el albergue donde me alojaba, rodeado de gente desconocida con quien compartía habitación. Pero no fui capaz de hacer algo digno. Así que abandoné la idea. De alguna manera sabía que aún no estaba preparado para escribir ese libro, porque me faltaba experiencia (vital y literaria), y sólo casi diez años después, en 2015, fue cuando me decidí a retomar de nuevo la idea. Y la cosa salió del tirón. Era fácil: llevaba más de veinte años dándole vueltas a este libro. Lo único que me hacía falta era dominar mis recursos expresivos y ser capaz de llevar al papel lo que durante más de dos décadas llevaba en la cabeza. Y me puse a ello: escribí una historia por día, y así en cuarenta y tres jornadas acabé el libro. Quité algunos versos que Sabina utilizaba como puentes o como meros recursos de rima, que nada tenían que ver con las vidas imaginadas (como "suspenso en religión o "mejor tiempo en Le Mans") y al cabo de ese tiempo ya tenía acabado Todos los hombres que nunca seré.

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Hace unos meses escribí a Lorenzo Silva y él me puso en contacto con Noemí Trujillo, la editora de Playa de Ákaba, una editorial independiente que sólo vende en pequeñas librerías y directamente en su página web. Y ahora el libro ya ha cobrado vida propia, y ya hay lectores que lo están disfrutando tanto como yo, porque al fin y al cabo, me he dado cuenta de que La del pirata cojo es algo más que una canción que arrebató a un adolescente enfermo de literatura: es el himno musical de cualquiera que tenga un poco de imaginación. Nada más.

www.elpiratacojo.com
www.facebook.com/elpiratacojolibro

Santiago Velázquez estará firmando ejemplares de Todos los hombres que nunca seré en la Feria del Libro de Madrid, en el parque del Retiro, el domingo 29 de mayo a las 18:30h, caseta nº 13.