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Yo no soy Charlie, pero que viva Charlie

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Sí es cierto, "no soy Charlie". Pero justamente por no serlo es que defiendo, y todos debemos defender, el derecho de Charlie Hebdo a existir y poder desarrollar su trabajo en paz, en el marco de la tolerancia de una sociedad democrática.

La irreverencia, la sátira, la caricatura, la ridiculización por el absurdo han sido armas de las que históricamente se han valido los luchadores por la libertad. También es cierto que los mensajeros de la sátira no lo han pasado demasiado bien desde los inicios de la profesión.

Ya sea a causa del poder político de turno o, en este caso, por el fanatismo religioso, lo cierto es que el transgresor siempre está en la mira de los poderosos o de los extremistas que pretenden resolver las diferencias de ideas con la muerte y el terror, lo cual no hace otra cosa que generar más odio y más violencia.

A propósito me parecieron muy adecuadas las reflexiones del filósofo e intelectual francés, Bernard-Henri Lévy, quien con claridad sostuvo que el barbárico atentado a Charlie Hebdo es un ataque al corazón, al espíritu y alma de Francia.

En efecto, más allá de las irreparables y trágicas pérdidas de vidas humanas y el dolor de sus familias y amigos, éste es un ataque a los valores tradicionales franceses. La libertad de expresión, de ideas, de prensa, de cultos, tierra de exilio e inmigración -todos estos valores que Francia ha exportado desde siempre al mundo- sufrieron su "11 de septiembre".

Ahora comenzamos a conocer información acerca de que, por ejemplo, uno de los editores de Charlie Hebdo tenía un guardia de seguridad permanentemente a causa de amenazas previas. No debería ser así. Proteger ideas con armas parece una terrible ironía en una sociedad que proclama otros valores.

¿Es acaso que la irreverencia de Charlie Hebdo se pasó de la raya, y que ponía a muchos, inclusive al gobierno, en una situación incómoda? Esta apreciación, que también han hecho algunos expertos, es como justificar la violencia de género porque las mujeres usan faldas cortas.

Quizás la reflexión de fondo, y que debe ser parte ineludible del proceso de cicatrización de heridas para los franceses, es analizar cómo los valores democráticos no se lograron imponer en grupos de jóvenes franceses de padres inmigrantes, y que ahora se han unido al extremismo y la barbarie.

Este es un tema particularmente francés, con algunas connotaciones similares en otros países europeos. Pero las realidades nacionales son muy relevantes a la hora de adoptar las medidas que puedan asegurar una convivencia pacífica ente los ciudadanos.

El peor error de la tragedia de Charlie Hebdo sería concluir que finalmente estamos ante la inevitable guerra de civilizaciones, pronosticada desde hace décadas, y actuar en consecuencia, respondiendo con la misma moneda. Esto sería inexorablemente el triunfo de los que intentaron matar los lápices y sus artistas con los AK-47.