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La nación líquida

22/09/2017 07:26 CEST | Actualizado 22/09/2017 07:26 CEST
EFE

Festa major de Poble Nou, Barcelona, tres y media de la mañana, domingo 17 de septiembre. DJ Saraus clama, en catalán con acento pixapí, que no le gusta mezclar música con política pero que se siente interpelado – con otras palabras, pero los recuerdos son algo vagos en este punto porque es de madrugada y hay mucha cerveza de lata en el ambiente – por el momento presente. De los altavoces salta una versión electrónica de Els Segadors que la gente acompaña con muchas ganas, aunque pocos cantan la letra. Minutos después la DJ a los mandos hace un fundido y de repente quedamos a la intemperie bailando al son de I like to move it, move it.

El movimiento independentista catalán y el status quo del Estado (español) se articulan en torno a una visión dura de país, en esencia decimonónica, de territorio, bandera, himno y lengua(s) propios. La confrontación institucional entre legalidades que sufrimos pacientemente estos días también lo es y tiene bordes bien sólidos y cortantes. Pero el proyecto independentista es también inaprensible y soluble. El sueño de la república catalana independiente es húmedo porque permea en profundidad, aparece y desaparece –fade in, fade out – de forma sorpresiva en espacios inesperados. Llena intersticios, aspira a inundarlo todo.

El gobierno central opone la solidez de las instituciones del Estado - Constitución, jueces, policías, presupuestos generales – contra la amenaza de un tsunami de votos el 1-O. Piedra y tijera contra papel. Este choque asimétrico se visualiza en las muchedumbres – volubles y desbordantes – que rodean e interpelan a grito pelao a los rocosos números de la Guardia Civil enviados a intervenir periódicos, detener cargos de la Generalitat y e incautarse papeletas. "Nadie va a liquidar la democracia española", declaraciones de Mariano Rajoy del 2 de septiembre. Pero recordemos que líquido es toda materia que se adapta a la forma del recipiente que lo contiene. Y que no hay sólido capaz de atacar un fluido. En el mejor de los casos podrá contenerlo, dependiendo de su volumen.

El independentismo tiene a su favor una visión más compleja y acertada del Estado como proceso y práctica, como terreno de juego en el que los actores se comportan de forma estratégica y las relaciones de fuerza se reconfiguran de forma continua. En términos históricos los estados no son realidades inamovibles ni indivisibles. Esto no significa negar la fortaleza de la estructura (tribunales, ministerios, servicios de inteligencia, fuerzas y cuerpos de seguridad) pero es insensato pensar que ésta no puede ser liquidada. Una de las causas del derribo bien podría ser precisamente la incapacidad de sus defensores de concebir la naturaleza del conflicto en términos diferentes de los propios. Aunque muy probablemente la actuación del gobierno central es también táctica. La escasa presencia electoral del PP en Cataluña, así como la irrelevancia de partidos catalanistas en el resto de España, refuerzan la dinámica de choque frontal que domina desde hace años.

La conciencia nacional catalana puede estar efectivamente convirtiéndose en hegemónica entre otras razones porque ha perdido su solemnidad, se diluye en lo cotidiano hasta convertirse en paisaje.

La conciencia nacional catalana puede estar efectivamente convirtiéndose en hegemónica entre otras razones porque ha perdido su solemnidad, se diluye en lo cotidiano hasta convertirse en paisaje. Si las generaciones de independentistas del siglo pasado miraban con veneración, pero también con susto, la posibilidad real de un estado propio, en 2017 Els Segadors se baila a ritmo de música electrónica, I like to move it, move it. ¿Banalizar los símbolos contribuye a su demolición? La naturaleza líquida del proyecto republicano catalán también juega en su contra.

Aunque en el largo plazo la lluvia fina es poderosa, en el corto el choque es entre posiciones macizas – Parlament contra Congreso de los Diputados, Ley de Transitoriedad contra Constitución – en el que la relación de fuerzas es clara. Además, la inconstante y ambivalente realidad catalana es piedra de toque para el proyecto independentista. La convivencia fluida entre comunidades lingüísticas, que no es perfecta pero en absoluto traumática; la barreja impura, xarnega y bastarda de idiomas, acentos e identidades: es aquí donde aparecen las posibilidades una convivencia renovada. Integración y disgregación que se producen, por otra parte, en múltiples escalas y direcciones. Las pérdidas de soberanías son muy serias en los tiempos de Nestlé, E.ON, Disney, Wolfgang Schäuble y Lehman Brothers.

En la modernidad líquida (Bauman) – todo lo que es sólido se deshace en el aire – la disputa se juega necesariamente en el plano del poder blando, de lo emocional y simbólico. El procés como fenomenología en el que experiencias y juicios de valor superan cálculos racionales de cualquier tipo. Independencia, cueste lo que cueste. En última instancia no hay posibilidad de una España funcional y justa sin una narración convincente para una mayoría razonable de aquellos ciudadanos que no sienten que pertenecen, en todo o en parte, a la nación española. Con independencia de lo que diga su pasaporte.

La noche va tocando a su fin. Unas piezas más y para terminar DJ Saraus va a lo seguro: Fiesta pagana, Mägo de Oz. La canalla que queda – quedamos – a esas horas corea la letra de los del muy madrileño barrio de Begoña. Aparecen las luces azules de la Guardia Urbana escoltando a los equipos de limpieza y la muchedumbre, enaltecida, protesta. Mucha policía, poca diversión. En perfecto castellano.

Sergio Tirado trabaja y vive en Barcelona desde noviembre de 2015. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente las del autor y no representan las de ninguna de las instituciones con las que está afiliado.