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Por qué nos equivocamos al hablar de disciplina

15/02/2014 09:56 CET | Actualizado 16/04/2014 11:12 CEST

En mi trabajo como psicóloga clínica, la mayor preocupación que expresan los padres es no lograr que sus hijos sean disciplinados.

No es ninguna sorpresa.

A menudo, están frustrados y agobiados porque han intentado todos los métodos y estrategias sin éxito. El comportamiento de sus hijos no ha cambiado y ellos se encuentran al borde del precipicio.

Para ayudar a los padres a entender por qué sus estrategias de disciplina no funcionan, suelo llevar a cabo con ellos la siguiente actividad.

Les pido que hagan una frase con la palabra disciplina.

Y ellos siempre dicen algo así: "¿Cómo puedo disciplinar a mi hijo?", o si se están dirigiendo a su hijo, le dicen: "Voy a pensar una forma para disciplinarte".

Lo primero que señalo es el uso del verbo disciplinar, que significa instruir o imponer algo.

Luego les pido que analicen lo que subyace de estas frases: ¿a qué se refieren cuando utilizan el término disciplinar?

Si de verdad son sinceros, contestan algo como: "Quiero encontrar la forma de controlarlos" o "Estoy harto de mis hijos y van a pagar por ello", o "Estoy muy frustrado porque no puedo cambiar su comportamiento".

Como yo les explico, este es el motivo por el que fracasan las estrategias de disciplina con nuestros hijos. Decimos que queremos enseñar a nuestros hijos a portarse bien y ayudarles a que desarrollen la autodisciplina. Pero, en vez de esto, adoptamos métodos que son justo lo contrario de enseñar y que se basan en la manipulación y el control.

Al igual que a cualquier ser humano, a los niños no les gusta que les manipulen, por lo que se rebelan. O se rebelan contra sí mismos y dejan de mostrarse sumisos y conformes, o se rebelan de una forma más activa contra sus padres. De cualquier modo, crean un personaje falso que reacciona contra la energía controladora de sus padres en lugar de emitir una respuesta natural que emerja de su estado interno.

Cuando decimos que alguien lleva una vida muy disciplinada, nos referimos a algo completamente diferente a si decimos que alguien recibe una acción disciplinaria. De hecho, una vida disciplinada y una acción disciplinaria son cosas opuestas.

Lo primero está relacionado con la autodisciplina, es decir, la capacidad de autocontrol sin necesidad de que alguien nos mantenga a raya. Nos guiamos por nuestro propio ritmo de vida, en el que cada eje de nuestra existencia diaria conecta con nuestro núcleo, con el corazón de nuestro ser, que es la fuente de todos nuestros deseos reales.

La segunda expresión, acción disciplinaria, se refiere a un castigo impuesto por algo externo. Para comprender la diferencia, resulta muy útil observar la etimología de disciplina. El término contiene la palabra discípulo, que procede del latín, y que significa "persona que aprende". Asimismo, no se incluye la idea de castigo en este concepto.

Una persona que aprende, por tanto, no tiene nada que ver con alguien que recibe una acción disciplinaria. Un discípulo es alguien que quiere aprender. Y los maestros más poderosos para nuestros hijos son sus padres.

Si quiero ser la maestra de mi hijo, primero tengo que aprender a ser autodisciplinada. Tengo que tratar mi inmadurez emocional. Para ello, tengo que ser una persona auténtica, y sincera conmigo misma. De este modo, mi hijo aprende de mí cómo ser sincero consigo mismo y con los deseos más internos de su corazón.

Esto difiere completamente de la obsesión con el comportamiento de nuestros hijos y de los constantes deseos de disciplinarlos (controlarlos) para que cumplan nuestros deseos. La concentración, en cambio, debe dirigirse hacia nosotros, los padres, abuelos, cuidadores y maestros, para asegurarnos de que estamos siendo el ejemplo que va a desarrollar en nuestros hijos el deseo de emular la equilibrada y valiosa vida que llevamos.

La autodisciplina es algo que aprendemos por nosotros mismos, no algo que se nos pueda imponer con eficacia.

Cuando los padres somos ejemplo de autodisciplina, esta funciona mejor que cualquier estrategia que probemos con nuestros hijos. Se desprende de la manera en que hacemos la cama cada mañana, del ejercicio que realizamos, de la comida que comemos, de los límites que establecemos y de la forma en que nos comprometemos con nuestros propios objetivos. Nuestra labor no consiste en buscar por todo el mundo un médico que nos dé la clave para arreglar o controlar la vida de nuestros hijos. En su lugar, debemos llevar una vida clara, equilibrada, con intención y propósitos.

¿Tenemos la sabiduría y la valentía para amansar a nuestros indisciplinados yos y para confiar en que nuestros hijos serán el reflejo de nuestro espíritu?

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Traducción de Marina Velasco Serrano

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