El año nuevo empieza aquí. Después del verano. Aunque no lo dicte el calendario, lo determina nuestras ansias de novedad. Por eso septiembre es el mes de moda en mayúsculas. Durante estos treinta días Madrid, New York, Londres, Milán y París desvelan al mundo la imagen de los nuevos tiempos, con procesos no tan nuevos.
Los desfiles de moda no han perdido su magia, pero sí su lógica. Necesitan un nuevo orden conceptual. La velocidad vertiginosa de la tecnología y el fácil acceso y deshecho de la información los han desnaturalizado.
El calendario de moda está anticuado. El clima es un factor obsoleto para clasificar las colecciones y las temporadas ya no rigen el armario. La moda se hace instantánea mientras los tiempos de comercialización siguen un ritmo decimonónico. Y las tendencias se deciden según el estado de ánimo de uno mismo y no de un diseñador.
Por si fuera poco, resulta paradójico vender exclusividad retransmitiendo online un show. Definitivamente ha cambiado la forma en la que el mundo ve, siente y consume moda.
Los desfiles fueron durante décadas el paradigma de la exclusividad. Unos pocos acudían a ésta función única donde artistas, modelos, aristócratas, periodistas y compradores arropaban a un creador para invocar la estética de la nueva temporada. Con una invitación nominal y un estricto control de entrada, el show se mostraba una única vez y apenas duraba 25 minutos. La moda marcó siempre así su iniciático territorio. Hasta que se hizo global.
Hoy los desfiles se emiten en tiempo real y son presenciados por cientos de miles de personas en todo el planeta. Internet ha dinamitado las puertas de acceso y ha convertido la pasarela en el principal espectáculo de la cultura pop.
Antes el diseñador presentaba su colección, las revistas la interpretaban y las tiendas la vendían. Una rutina inamovible que duraba un año y que hoy está desfasada. El consumidor ya no espera a las cabeceras de moda para informarse, ni tampoco a las tiendas para comprar.
En un mundo internet-dependiente los tiempos de comercialización no pueden ser los del siglo pasado. Y la pasarela no puede acortar los plazos porque no produce todo lo que desfila. Necesita esperar la respuesta del comprador. Por eso hay prendas que jamás llegan al punto de venta.
Hoy, después de un desfile, el producto se requiere de inmediato. Los francotiradores digitales invaden la blogosfera con las recién estrenadas tendencias. Una vez que las has visto, las deseas. No quieres esperar. El impulso de compra no se mantiene indefinidamente. Contener ese deseo sin duda hace perder ventas.
O ganarlas. Las cadenas de distribución como Zara y H&M saben lo importante que es producir rápido y llegar el primero. Cuando la auténtica creación se pone a la venta está desgastada porque ha perdido parte de su exclusividad y de su sorpresa. Se ha fracturado el instinto natural de ver, desear e imitar. Ahora la copia llega antes al punto de venta que el original.
La cultura low cost acerca la tendencia de las firmas de lujo a un público que antes las desconocía y ahora las anhela. Lo que ha hecho que el sector globalmente crezca. Por eso los diseñadores aceptan encantados firmar colecciones para H&M. O Inditex esponsoriza la pasarela de Madrid Fashion Week. Es evidente que aunque Zara no desfila, sí vive de la pasarela.
En el siglo XX las ubicaciones en un desfile reflejaron con precisión el establishment de la industria. Ya no. Hay nuevos jugadores. En la cuarta fila puede encontrarse un editor de complementos con más seguidores en la web, que el director de moda sentado en primera fila. Hoy poder es impacto real. No tiene que ver con el cargo o popularidad y sí con la capacidad de influir en la gente. No basta con emitir un mensaje. Se trata de convencer y movilizar a tu público.
Pero son los bloggers los nuevos protagonistas y los que han irrumpido en la moda generando un seísmo estructural. Adquirieron rápido predicamento en las redes porque su opinión no estaba supeditada a los intereses de ningún medio. Las firmas, sorprendidas de su éxito, les prestaron una gran atención y quisieron atraerles. Y se convirtieron en los reyes del nuevo mensaje de moda independiente. Algunos siguieron fieles a sus principios. Otros supeditaron su criterio y se dejaron querer.
Lo cierto es que el blogger dispara inmediatamente después del desfile y moviliza a un sector masivo que compra en cadenas de distribución. Mientras que el editor de moda, lo hace seis meses después, porque se alimenta de la pasarela, respeta su turno y no sale a escena hasta poco antes de la comercialización.
Un galimatías de comunicadores que ha puesto en cuestión la celosa jerarquía de la moda y que ha aumentado la confusión sobre quién tiene más valor y cuáles son las prioridades.
Mientras tanto emerge una nueva generación de diseñadores que parecen reclutados para no eclipsar la personalidad de la casa. Más sobrios y discretos que sus predecesores, prefieren el couture salon a las interminables pasarelas de prêt à porter. Raf Simons por Galliano en Dior; Hedi Slimane por Pilati en Yves Saint-Laurent o Christophe Lemaire por Jean-Paul Gaultier en Hermes, son algunos ejemplos. Atrás quedaron las personalidades complejas que necesitaban una vida excitante para inspirarse. Los nuevos creadores, más que artistas son corredores de fondo, capaces de encerrarse en un despacho y trabajar día y noche para satisfacer el apetito voraz de un mercado que exige colecciones cada dos meses.
La pasarela camina hacia una nueva ilusión dispuesta a todo menos a debilitarse. Desfilará hacia la exclusividad con shows más íntimos y privados que compaginará con espectáculos 3D mucho más mediáticos. Se alejará de las tendencias radicales, modificará el calendario con continuas presentaciones y vivirá su momento de gloria en la web con espectáculos estelares centrados en la imagen y el estilo de vida, sin pretensiones comerciales.
Se transformará radicalmente porque así lo pide el mercado. El futuro de la pasarela no puede seguir caminando hacia el pasado.
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En definitiva, la moda tiene que sobrevivir en la "red global", donde todo está interconectado y todo es interdependiente. Ya no se puede fragmentar por geografías o como dices climas. La información fluye permanentemente y las acciones y los efectos se producen y reproducen constantemente. Como en los mercados financieros, ya es difícil saber dónde empiezan y acaban las cosas, y se ha solucionado con la denominación "riesgo sistémico". ¿Habrá una moda sistémica?
Al final, en esa malla global, cobra protagonismo el "evento o nodo individual": la pasarela, o la aparición de alguien famoso en un restaurante con un nuevo modelo. La red se encarga del resto. Como sistema complejo y "adaptive", en su caos, es imposible de predecirse o de manipularse. Pero el efecto es bello, como la formación caótica de los copos de nieve: ¡qué belleza, sin diseñador!
Lo mismo pasa en la moda.
Algo ocurre y se trasmite a todo el mundo y produce efectos al otro lado de la tierra, incontrolable, impredecible.
El efecto mariposa de la moda.
La moda, como la cocina, el cine... forma parte de ese nuevo concepto de "cultura" en el que no solo caben las bellas artes, la literatura, la música ó las humanidades.
Las redes sociales y la universalización de internet sirven al propósito de difundir la moda de forma instantánea; los procesos de producción, distribución y logística actuales al de transformarla en artículos de consumo de masas casi con la misma inmediatez.
Pero que todo ocurra tan deprisa y tan globalmente no justifica que aceptemos sin mas la reproducción incontrolada y "deregulada" de las creaciones de los diseñadores que apenas alumbradas las ven plagiadas, copiadas, muy a menudo vulgarizadas, y comercializadas despreciando su intención.
¡Menos mal que los desfiles mantienen la magia! En parte por reunir a modelos, "celebrities", actrices ó aristócratas; por sus espectaculares puestas en escena; por la exquisitez del atrezzo....
Pero quiero pensar que en parte también por lo que tiene de homenaje al creador y a su obra.
Por la celebración de su imaginación, su genio, su provocación, audacia...
¡Como un instante mágico! Porque "el valor" le disputa la hegemonía al precio en un mundo en el que si no es " low cost" casi nada tiene cabida.
Se nota a la legua que sabes de lo que hablas y estoy de acuerdo contigo en lo que a la evolución de las pasarelas respecta y me ha hecho reflexionar sobre aspectos en los que no había pensado. Muy bueno el artículo.
De todas maneras, a mí las pasarelas me parecen un show más como cualquier otro al que asistiría como experiencia fascinante pero creo que no influyen a la gente de a pie. La buena moda está en la originalidad, mayor cuanto se huya de la manipulación global. Para mí el diseño de moda es arte, es belleza pero cuando es uno el que lo crea o mezcla se siente más feliz porque es más uno mismo.. El futuro de las marcas de lujo está en los países emergentes que necesitan ampararse en logos para sentirse seguros en su "nuevo status" o quizás en la juventud que no ha alcanzado su personalidad. El primer mundo el mundo de los cultivados, los que no tienen complejos ni necesitan aparentar están a otra onda. Para ello hay que viajar, conocer gente diferente, ser abierto de miras, no encasillarte en un nivel social determinado, vivir..mira precisamente en eso nos puede ayudar a los consumidores la globalización.
En fin, el mundo etá cambiando de manera vertiginosa lo mismo ocurre con la moda. Por eso, no es de extrańar que la pasarela cambie.
Realmente impactante saber que llega antes la copia del producto que el original. La moda se esta convirtiendo en un fastfood de usar y tirar, muere la tendencia muere la ropa.
Eso deberia generar un analisis sobre consumismo responsable, independientemente de comprar moda o comprar ropa que se adapte a nuestro cuerpo, que favorezca y refleje nuestra personalidad y nuestro estado de animo.
Este es el juego de la moda entre creador y comprador, que ofrecen, que escojo, que necesito y que me compro. Ese es el exito de un creador de moda llegar al armario de alguien.
El problema es; que el que penso, ideo y creo, no es el que no produjo ni el que lo vendio..... y entonces? Quien es el que tiene que cambiar?