Hace poco más de un año los medios informaron sobre la negativa del Gobierno de La Rioja de atender en sus hospitales a pacientes provenientes del País Vasco y Navarra. ¿Se imaginan los comentarios si la comunidad que se hubiese negado a prestar un servicio a una comunidad vecina hubiera sido Cataluña?
A catalanes y valencianos nos une historia y lengua, y sobre todo, intereses económicos. Son dos pueblos con vocación exportadora que son gran proveedor y cliente mutuo, y a los que ahora más que nunca les unen los lazos bancarios; pero hay un proyecto común más importante: el Corredor Mediterráneo.
Me aburre enormemente el cansino debate sobre la enseñanza del (o en) catalán pero me es imposible mantenerme al margen, después de conocer sus palabras en las que comparaba a los niños a quienes se les castiga por hablar castellano en los colegios catalanes, con los niños judíos marcados con la estrella amarilla por los nazis.
Todos los informes demuestran que el nivel de conocimiento de español en Cataluña es similar e incluso superior al de otras autonomías monolingües. El uso vehicular de una lengua segunda aumenta la conciencia sobre la primera. Y esto lo saben los sociolingüistas y los pedagogos. Y el ministro Wert también, si es que se lee los informes.
Cuando un número notable de catalanes (que viven y trabajan en Catalunya) dicen sentirse por igual catalanes y españoles, pueden expresar una combinación de inclinaciones de pertenecer simultáneamente a dos naciones catalanas (una cultural y otra cívica) y a una española (pero de énfasis más administrativo). Lo que la visión centralista no puede aceptar es la pertenencia dual.
En la plaza había catalanes que se sienten españoles, españoles que se sienten catalanes, catalanes que no se sienten catalanes, españoles que no se sienten catalanes, inmigrantes que se sienten españoles o que no se sienten catalanes... Yo entre tanta bandera (no importa cuál) camino siempre perplejo, despacio, dudando de si es útil el pedazo de tela en cuestión.