En cuatro años pasamos de la "Obamanía" a la incertidumbre de una tarde noche de infarto. Gobernar es administrar expectativas y las que generó Obama -dentro y fuera de EEUU- en 2008 eran tan grandes, como difícil su administración razonable para dar satisfacción a sus electores. La corriente de "Obamanía" la provocaba la expectativa de que revertiría en plazo milagroso la catástrofe que encontró a su llegada.
Lo bueno para Obama es que va a empezar un nuevo mandato con unas expectativas mucho más razonables que hace cuatro años, cuando su promesa de "cambio" generó una esperanza febril de que todo iba a cambiar. Estas expectativas irreales han pesado como una losa durante su primer mandato. Ahora que ya se han templado.
El colegio electoral y en consecuencia, el mapa electoral, sigue siendo la única forma de ganar. Da igual lo que digan las encuestas nacionales a estas alturas -solamente importa lo que pase en los nueve estados claves. Ningún republicano ha llegado a la Casa Blanca sin ganar Ohio, donde Obama ha mantenido una ventaja ligera pero consistente.
Un 83 % de los españoles tiene una opinión positiva de Obama, mientras sólo un 29 % la tiene de Romney. El candidato republicano sigue siendo un gran desconocido y algunos de sus principales rasgos -su riqueza, el enorme éxito de su carrera corporativa, incluso su filiación religiosa- no generan demasiadas simpatías.