A la luz de los datos que arroja el barómetro del CIS en enero, aún es pronto para vislumbrar un cambio de tendencia electoral, más allá del desgaste de quien ostenta la responsabilidad del Gobierno. Tal vez falte aún tiempo -sólo es un año de decisiones, por duras que hayan sido- y ahondar en los microdatos.
La fuerza del voto se ve cuestionada por el incumplimiento de los programas electorales o, peor aún, por hacer todo lo contrario de lo prometido en campaña. Pero las cosas podrían ser de otra manera si se introdujera un cambio tan sencillo como fundamental en el sistema: la elección por tercios cada dos años de los parlamentos.
Ante cualquier tema, el PSOE no sabe qué decir. No puede apelar al pasado, más allá de los míticos orígenes de Pablo Iglesias. El pasado más reciente, acuñado en la IX legislatura de la democracia, se lo impide. Para llegar a aquel tiene que pasar por éste. Y, la verdad, la mirada es poco beneficiosa.
Lo bueno para Obama es que va a empezar un nuevo mandato con unas expectativas mucho más razonables que hace cuatro años, cuando su promesa de "cambio" generó una esperanza febril de que todo iba a cambiar. Estas expectativas irreales han pesado como una losa durante su primer mandato. Ahora que ya se han templado.