A veces, paseando a los pies del cerro Ancón, me parece divisar a Graham Greene, tocado con un borsalino y vestido de lino blanco, pajarita y andar pausado. El viejo Graham me hubiera contado bien la historia de ese Panamá que no conozco y que, no hace mucho, tuvo aspiraciones de ser la Suiza del Caribe.
El somnoliento conserje contempló con estupor cómo volvía de mi excursión: con un cortejo de veinte perros, al que se habían unido dos muchachos que tocaban música con una especie de violín, con mi círculo rojo en la frente, la camiseta de Brasil y las chanclas en la mano, el día en que los perros de Pushkar me convirtieron en un dios.
La verdad es que Brasil no tiene nada que ver con el estereotipo fiestero que nos han vendido. Si bien es cierto que en carnaval aquello es la viva estampa de Sodoma y Gomorra, el resto del año sus habitantes son gente super super tranquila. Así pues decidimos pasar unos días con sus noches en las paradisíacas playas de Paraty.
En el momento en que decidí hacer el Sendero del macizo del Pacífico estaba realmente perdida. Mi familia se había desintegrado después de la muerte de mi madre. Cuando miro atrás, veo que todo lo que soy nació de todo lo que recogí en aquel camino. Sentí que nunca iba a volver a tocar fondo, no de la manera en que ya lo había hecho antes.