Una de las enseñanzas más evidentes que nos deja 2012 es que las recetas de la derecha para afrontar la crisis, cuya mejor expresión es un drástico calendario de reducción del déficit, se han saldado con un rotundo fracaso. Para los países en dificultades, la ansiada recuperación económica no ha llegado y, después de tres años de recortes sociales y aumentos de impuestos, la inversión sigue sin aparecer.
Al contrario que EEUU, sin Unión Política, ni Unión Fiscal, hemos creado una Unión Monetaria y un Banco Central y vamos a crear una unión bancaria. Afortunadamente, crisis tan serias como la actual terminan imponiendo la necesidad de una verdadera unión. Si Europa no se une, en 40 años, no habrá ninguno de sus Estados miembros en el G8. Será irrelevante.
Parece que los expertos han dejado de quejarse de la no existente política exterior europea. Incluso la falta de consenso en el voto para reconocer el estatus de Estado observador de Palestina en la ONU ha suscitado menos críticas esta vez que en septiembre de 2011, cuando la propuesta fue rechazada inicialmente.
En el sur podemos recrearnos en las debilidades de Angela Merkel, la dama de hierro 2.0, pero debemos desperezarnos intelectualmente y pasar a la acción. La situación de emergencia humanitaria a la que se encaminan importantes capas de la población de países como Grecia, Portugal, Italia y España así lo exige.
Hubo un día en el que millones de ciudadanos se acercaron a su colegio electoral con la ilusión de que los nuevos gobernantes nos devolverían la confianza y la esperanza tras ser testigos del tsunami de la crisis financiera mundial y la sucesión de una cadena de errores de cálculo políticos y económicos domésticos.
Es como si la Comisión no tuviera nada más que dieta en su recetario, y aunque sospecha que debería suministrar vitaminas a sus enfermos, no quiere admitir que ha sido un mal médico y que debería probar otro tratamiento. Los ciudadanos y los políticos debemos exigirle a Europa que haga un ejercicio de realismo.