En la plaza había catalanes que se sienten españoles, españoles que se sienten catalanes, catalanes que no se sienten catalanes, españoles que no se sienten catalanes, inmigrantes que se sienten españoles o que no se sienten catalanes... Yo entre tanta bandera (no importa cuál) camino siempre perplejo, despacio, dudando de si es útil el pedazo de tela en cuestión.
Era cuestión de tiempo que la tensión social que estamos sufriendo por la crisis económica y las fallidas recetas para acabar con ella terminara por cristalizar y esclerotizar el armazón político que se ha ido construyendo en España desde la muerte de Franco en 1976. Pero el riesgo de desintegración social es, con diferencia, la amenaza más grave a la que nos enfrentamos, y evitarla debería ser la prioridad número uno de nuestros políticos.
¿Qué ha pasado en esos años? ¿Por qué a la Barcelona del franquismo la miraba gran parte de la España culta como un islote europeo y ahora la mira con desdén? ¿Por qué para gran parte de la Catalunya culta había muchas razones para admirar a España y ahora se la detesta? ¿O quizá era todo un espejismo?