Tuvo que pasar tiempo hasta que, harta ya de estar harta, fuera capaz un día de buscar una ayuda y lanzarme a ella: una dirección en la guía de teléfonos se materializó en una librería especializada en homosexualidad a la que mi ansiedad y mis pies llevaron, casi sin pensar. Y me quedé plantada, allí delante.
Lo aprendí hace mucho tiempo, pero no sospeché que lo iba a repetir tantas veces a lo largo de mi vida: "¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Catilina?" Nuestro más reciente Catilina se llama Jorge, Jorge Fernández Díaz, y es ministro, ministro de Interior. Nunca estuvo a favor del Matrimonio Igualitario.
Mi marido y yo nos levantamos el lunes amenazando la pervivencia de la especie. Un par de veces. Esa tarde me acordé de mi tía Feli, que estuvo intentando perpetuar la especie durante décadas y no hubo forma: mi tío Jorge no perpetuaba nada más que sus borracheras. Y de Marta y María, que han adoptado a una preciosa niña china. Hablé con José, mi amigo el cura, que amenaza la pervivencia casi constantemente y con mi vecina Juana y su marido Carlos, que se casaron a los setenta y seis.
Cada vez que alguien dice "no, eso es un insulto", cada vez que alguien dice "soy así", cada vez que alguien cambia de canal, apaga la radio, rompe la página de un periódico o no bota cuando se le insta a que lo haga (recordad el "maricón el que no bote"), se enciende un puntito luminoso en el panel de las microluchas.
No es ninguna súperestrella del fútbol mundial, pero su nombre ha salido en todos los medios. desde hace unos días, Robbie Rogers, californiano de Palos Verdes y de apenas 25 años, es ya exfutbolista. No lo deja por ninguna lesión, ni por ninguna adicción, ni por ningún delito. Lo deja porque es gay.
Todas las noches voy a dormir con una alarma de sirena, un extintor de incendios y una escalera de cuerda al lado de la cama, por si sufro otro atentado. Desde hace años, he sufrido cientos de atentados: cócteles Molotov y ladrillos arrojados por las ventanas, tres bombas incendiarias y una bala a través del buzón.
Tengo seis o siete años y estoy volviendo a casa con mi abuelo y mi abuela cubana, de casa de mi tía Onelia. Su hijo Juan Alberto es "un afeminado", dice mi abuela con asco. "Más vale tener una nieta que sea una puta que un hijo que sea un pato maricón como tú. ¿Me entiendes?", dice con la voz llena de desprecio. Digo que sí con la cabeza, pero la verdad es que no lo entiendo.
Después de una noche divertida, mi amigo Ethan y yo nos dirigimos a una furgoneta de pizzas. Hacía mucho frío, así que íbamos cogidos de la mano y juntos para estar más calientes. El tipo que estaba delante nos dijo que cortásemos nuestra "mierda gay". Casi todas las personas en la cola le dijeron que no podía hablarnos así.
Apostamos por la visibilidad. Nos gusta ver modelos casándose con otras modelos. Nos gustan los referentes. Pero también nos gustan las imágenes reales. Que sí, que la lesbiana ha estado de moda. Nadie lo niega. Ha posado y ha sonreído. Pero después de quitarse el traje tan estiloso y los tacones, en soledad, también ha llorado.
Un buen Gobierno es aquel que, entre otras cosas, no se empecina en el error. Y el peor error que puede cometer un Gobierno es ir en contra de la igualdad real y efectiva, y de los medios que ayudan a su consecución, porque de hacerlo estaría incumpliendo el mandato que a todos los poderes públicos dirige el art. 9.2 de la Constitución.
Hay quien piensa que las posibilidades publicitarias para el primer futbolista que se reconozca homosexual serán infinitas, pero la realidad dice que los clubs piensan que su activo se devaluaría en venta de camisetas e imagen y los agentes que será mucho más difícil conseguir un traspaso millonario.
Malta me ha reventado en la cabeza y en el corazón, porque al decir Malta solo puedo evocar a Tonio Borg, que con ese nombre de pescado y apellido de tenista va a ser, ay, el próximo comisario de Salud de la UE. Quien está en contra de la igualdad LGTB no puede legislar en materias como el VIH/Sida.