La libertad de expresión no garantiza por sí sola la calidad del debate, como bien sabemos en España. En estos meses turbulentos cada acontecimiento, cada declaración, cada frase discordante -da igual con quién- son respondidos por un coro vociferante y agrio que ahoga cualquier atisbo de idea en un ruido ensordecedor y estéril.
Contra lo que pensáis, sí podemos -y por supuesto debemos- obligaros a cambiar. No vamos a toleraros que confundáis responsabilidad de gobierno o de oposición con "tenemos un cortijo". Se acabó la era de la estética y llegó la de la ética, y esto no tiene vuelta atrás, mal que os pese. La transparencia ha llegado para quedarse.
En la Argentina, hay varios intereses en juego. Todos los días de la semana, los titulares de los diarios esgrimen el argumento de que la democracia argentina se ha convertido en un Gobierno autocrático menopáusico. ¿Quién se beneficia? Aquellos cuyos intereses económicos se ven negativamente afectados por sus políticas.
Menuda papeleta la de Charb, el editor de Charlie Hebdo que está estos días en el centro de la polémica por la publicación de dibujos de Mahoma en su revista. "¿Qué tiene que primar -nos pregunta- la libertad de expresión o las amenazas de los fanáticos religiosos?". La respuesta estaría clara sino fuera porque esos fanáticos son letales.