Estamos viendo cómo se va degradando el mensaje periodístico al mismo tiempo que las cuentas de resultados de los medios se precipitan al abismo. Pero los ciudadanos no piden histeria informativa. Lo que necesitan es rigor y criterio. Por eso no creo que la salvación sea amurallar. Alejar aún más a la gente de los medios.
La libertad de expresión no garantiza por sí sola la calidad del debate, como bien sabemos en España. En estos meses turbulentos cada acontecimiento, cada declaración, cada frase discordante -da igual con quién- son respondidos por un coro vociferante y agrio que ahoga cualquier atisbo de idea en un ruido ensordecedor y estéril.
Sólo una industria en fase terminal está tan ciega como para suponer que los recientes acuerdos firmados por Google en Bélgica y en Francia van a suponer un cambio significativo en su relación económica con el gigante de las búsquedas. Google es una empresa, no una ONG dedicada a sacar a la Prensa del pozo de los números rojos, y ha basado su negocio desde el primer día en la innovación tecnológica, es su terreno, en él tiene pocos competidores. La influencia, sin embargo, ha sido siempre la sustancia del negocio de los medios.
Hoy aprovecharé post para dar algunos ejemplos de cómo la lengua deja inscribir en ella misma, con más o menos sutilidad, sentidos y juicios. También para mostrar algunos detalles de la imparable y tenaz evolución de la lengua en la prensa. Daré alguna pincelada de algún uso que todavía inscriben en la lengua una consideración desvalorizadora de las mujeres.