Cada nuevo medio de comunicación colectiva ha ido cambiando la configuración del espacio público y, por lo tanto, la visibilidad del poder. La visibilidad de la política se multiplica con Internet. Al momento, cualquier atisbo de escándalo corre como la pólvora. Incluso es más fácil que llegue antes a miles de tuits que a los responsables de los partidos políticos o instituciones. Los políticos, en general, parece que no se han dado cuenta de que queda registro de todo lo que hacen.
Pocas series pueden presumir de haber salido ilesa de mil batallas como Fringe pero, algún día, como le ocurre a todo buen soldado, tenía que llegar la retirada del frente. Y se ha ido con la cabeza más alta que baja, a pesar de todos los dimes y diretes creativos por los que esta ficción de la factoría de JJ Abrams ha pasado en los dos últimos años.
Es curioso observar cómo los zombies, quienes como todos los animales tienen instinto de supervivencia y buscan alimentos, son los que muestran tener más valores humanos al no agredirse entre ellos. En cambio, de aquellos de quienes se esperaría los últimos valores humanos sólo se observa una descomposición moral.
El pasado viernes 18 de enero Fox emitió en EEUU los dos últimos capítulos de Fringe, al menos en este universo. Era la crónica de una muerte anunciada, pero anticipar no ayuda a superar la pérdida. Lo único que, tal vez, puede servir para sobrellevar el duelo es recordar los grandes aciertos durante las cinco temporadas.