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La tumba

05/03/2016 10:06 CET | Actualizado 05/03/2016 10:07 CET

Yamile Saleh se levanta muy temprano los martes. A las 4:30 a.m., busca el taxi que la lleva al intercambiador, donde toma el autobús rumbo a Caracas. Va cargada. Lleva ropa limpia, comida, chocolates, dulces, libros o periódicos, y la ansiedad que la mayoría de las madres llevan en sus entrañas por saber cómo están sus hijos, aquellos jóvenes considerados presos políticos que mantiene el Gobierno venezolano.

Al llegar a la Plaza Venezuela, se dirige a La Tumba. Ahí pasa los controles de rigor, la revisión, y un custodio la acompaña al ascensor, en el que baja...baja... Al sótano donde mantienen a su hijo encarcelado desde hace ya un año y cinco meses. Cuatro horas de felicidad, de tristeza, de angustia, de añoranza. Ése es el tiempo que Yamile puede compartir con su único hijo, Lorent Saleh, y con el que ha adoptado como suyo, Gabriel Vallés, que le cuentan cómo ha transcurrido esa semana y preguntan ansiosos qué ha pasado en la superficie, en el país, en el mundo.

La cárcel llamada la Tumba se encuentra situada en Caracas, en la Plaza Venezuela. Anteriormente fue una bóveda bancaria a 15 metros por debajo de la superficie. Hoy es una de las cárceles del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), policía política del Estado venezolano. No hay sonidos, no hay ventanas, no hay luz ni aire natural. Sólo se escucha el paso del metro. Hay siete celdas de 2×3 que están ubicadas de forma continua, una después de la otra, por lo que los detenidos no pueden verse. Piso y paredes blancas, rejas grises, con una apertura por la que les meten la comida. Cama de cemento blanco con delgadas colchonetas.

Los primeros siete meses de encarcelamiento, los jóvenes allí detenidos pasan las 24 horas del día encerrados en ese 2×3, vigilados por cámaras y micrófonos. Sólo estiran las piernas cuando tocan un timbre interno para ir al baño, y hay veces en que no los sacan, por lo que tienen previsto un pote para esa emergencia.

Los primeros siete meses de encarcelamiento, los jóvenes allí detenidos pasan las 24 horas del día encerrados en ese 2×3, vigilados por cámaras y micrófonos.

En esos primeros meses, todo era blanco y gris. La luz blanca permanecía encendida las 24 horas del día. No había sonido, sólo sus voces. El aire acondicionado permanecía a una temperatura de aproximadamente 8º, por lo que la piel de los muchachos se agrietó, hasta el punto de sangrarles. Ellos aprendieron a reconocer cuándo avanzaba la noche, cuándo el metro dejaba de pasar, y así contabilizaban sus días de encierro.

Cuando Yamile llega a la visita, Lorent y Gabriel le hablan de lo que leen, de lo que escriben, de lo que ven cuando los sacan al sol. Después de una huelga de hambre que realizaron en enero de 2014, y las medidas cautelares que dictó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, algunas cosas han mejorado, entre ellas el derecho a recibir luz solar una o dos veces por semana.

Los jóvenes también le hablan a Yamile de su futuro, de lo que harán cuando todo este horror que los mantiene encarcelados se acabe, de sus sueños, del tiempo perdido en una cárcel, acusados injustamente a través de un montaje de un patriota cooperante, sin que existiera ningún acto de violencia que los incrimine. ¿Recuperar el tiempo? Cómo olvidar esos primeros siete meses que estuvieron incomunicados, sufriendo vejámenes y maltratos físicos y psicológicos reconocidos mundialmente como torturas blancas, con el objetivo de someterlos a extrema presión y llevarlos al desespero, para luego utilizar su precario estado físico y psicológico para obtener de ellos una declaración que inculpara a líderes y personas de la sociedad civil democrática.

Yamile no olvida que, ante estas pretensiones de la "justicia venezolana", su hijo dijo que acusar a inocentes era un acto criminal y que él no era un criminal. Las lágrimas brotan de sus ojos cuando cuenta cómo su hijo ansía ver la noche y la luna. El tiempo en la Tumba está suspendido... Todo pasa, nada pasa.

Cómo olvidar esos primeros siete meses que estuvieron incomunicados, sufriendo vejámenes y maltratos reconocidos mundialmente como torturas blancas, con el objetivo de llevarlos al desespero.

Lorent Saleh, en medio de la depresión, ha intentado quitarse la vida en dos ocasiones. Dieciocho veces han suspendido su audiencia preliminar, que debió haber ocurrido hace un año y cuatro meses. Sin acusación formal, sin proceso. La incertidumbre de no saber qué trama el régimen y hasta cuándo estirarán la plastilina es un mecanismo de tortura para estos muchachos. El Gobierno de Santos los entregó sin concederles el derecho a defenderse, sin que pudieran ser asistidos por un abogado, violando los derechos humanos y convenios internacionales. Los entregaron en el puente fronterizo Simón Bolívar al SEBIN, la policía política del Estado.

Yamile sale de la tumba apesadumbrada. Abajo, en ese hueco, quedan su dos hijos, el que parió y el que adoptó. En sus hombros lleva el sentir de todas las madres que tienen a sus hijos presos en distintas cárceles venezolanas por exigir sus derechos y defender la democracia.

Desde esta columna, quiero, como madre y como venezolana, enviarle un mensaje de fortaleza, admiración y solidaridad a ellas, a todas las mujeres venezolanas que han visto cómo sus hijos han salido a la calle a luchar por una Venezuela mejor, aunque en su mayoría sólo recuerdan estos 16 años de confrontación, de instigación al odio y división, por parte de aquellos que llegaron al poder de la mano de la democracia para destruirla y convertir a Venezuela en la cuna de la violencia, el abandono, el atraso y la pobreza.

La mayoría de esos jóvenes no han conocido otra Venezuela, pero ahí están, claros, persistentes, mostrándonos cómo los valores de libertad, respeto, justicia y solidaridad que han aprendido en casa y con sus maestros forman parte de su aporte para la construcción de la nueva Venezuela que, estoy segura, llegará pronto.

¡Libertad para todos los presos políticos! Venezuela espera por la amnistía.