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Desengancharse

22/04/2016 07:38 CEST | Actualizado 22/04/2016 07:38 CEST
bugphai via Getty Images
sad woman sitting alone

Mi mujer fue la primera en descubrir el secreto de Nini. Yo estaba fuera, de misión diplomática cuando me llamó para contármelo. Cogí un vuelo directo a casa nada más colgar el teléfono. Me temblaban las manos. ¿Cómo era posible que nuestra hija de 30 años nos hubiera ocultado que consumía drogas? ¿Cómo era posible que ninguno de nosotros lo hubiera visto venir? La revelación nos sorprendió a su madre y a mí, pero también a su hermano y a su hermana. Éramos -y seguimos siendo- una familia muy unida.

Cuando llegué a casa, Nini, su madre y yo nos quedamos hablando de su adicción hasta bien entrada la noche. Había empezado a consumir heroína, como mucha gente: al principio por placer, y después como rutina. Trazamos un plan para que en dos años estuviera limpia. Fuimos ingenuos. Tardamos casi doce años en ver el final del túnel. Nuestras esperanzas crecieron y cayeron en picado tantas veces que perdí la cuenta. Pero, al final, con la determinación y el apoyo de los que más la querían, mi hija lo dejó. Ganó a la heroína. Pero su vida siempre estuvo marcada por la adicción.

Incluso en un país pequeño y con un nivel de vida alto como Noruega, era difícil encontrar medios para tratar a Nini o cuidar de ella. Prácticamente no había investigaciones fiables sobre el tema. Y las pocas opiniones médicas que había al respecto se contradecían, y se basaban más en ideologías que en pruebas. Tampoco existía un debate público sobre el tema. Los noruegos somos gente reservada y el tema de las drogas ilegales -no solo la heroína- se considera tabú. Aun así, en vez de llevar su lucha con secretismo, Nini decidió hacerla pública en 2001.

Nini y su pareja, Karl John Sivertzen, se convirtieron en dos de los simpatizantes más activos de la reforma de la política de drogas. Hacían campaña con valentía por unas políticas más humanas que se centraran en reducir los daños. Eran unos adelantados a su tiempo, y también a la opinión pública noruega. Nini propuso estrategias para facilitar el acceso a la heroína con receta y para descriminalizar el cannabis. A pesar de la firme resistencia con la que se topó, estaba decidida a que Noruega cambiara de rumbo. Fue mi asesora más importante cuando me metí en el asunto de la reforma de la política de drogas.

En 2010, y después de que Nini insistiera, acepté una invitación de nuestro ministro de Sanidad, Bjarne Hakon Hansen, para presidir la Comisión Stoltenberg. Por primera vez, la Comisión reunía a políticos noruegos y a expertos en política de drogas para reflexionar y reformular nuestra legislación. No iba a ser fácil. Nuestras propuestas -incluidas la creación de lugares seguros en los que inyectarse y el acceso a terapias de sustitución con metadona- fueron polémicas. Al principio fuimos muy criticados, pero con el tiempo la opinión pública empezó a centrarse más en el papel de la salud pública en los casos de drogadicción que en pedir justicia criminal.

Tengo la esperanza de que el conocimiento cada vez mayor de qué es lo que funciona realmente en cuanto a políticas de drogas influya en las próximas sesiones especiales de la Asamblea General de la ONU sobre drogas (UNGASS), que se va a celebrar en Nueva York esta semana. Esta es la primera reunión global de este tipo desde 1998, cuando el eslogan oficial de la ONU era "podemos lograr un mundo sin drogas". Todos sabemos que esa no es la cuestión.

Tanto Europa como Norteamérica han experimentado un aumento en cuanto a adicción y sobredosis en la última década. En algunos países, se está probando a realizar experimentos de reducción del daño. Algunos de ellos están dando resultado: por cada dólar que se gasta en metadona, se genera un beneficio económico de 38 dólares.

Estas impactantes cifras son una llamada de atención. Se estima que hay 1,4 millones de "usuarios problemáticos" de opioides solamente en Europa. Menos de un tercio de ellos -unas 400.000 personas- buscan tratamiento especializado. La historia de Nini se repite en Europa: la edad media con la que se consume por primera vez es de 22 años. Y la edad media con la que se empieza a buscar tratamiento es de 35 años. Trágicamente, cada año mueren -por sobredosis, por enfermedades relacionadas con las drogas o por la violencia que se asocia con el tráfico de drogas- unos 20.000 europeos que consumen opioides.

El panorama no es mucho más alentador en Estados Unidos. Aunque los datos siguen sin ser muy fiables, los expertos creen que el consumo de opioides se ha multiplicado por cuatro desde el año 2000. Más de 165.000 personas han muerto por sobredosis de opioides con receta. Mientras tanto, el abuso de la heroína está alcanzando cifras epidémicas. Según los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades de Estados Unidos, cada día mueren en Estados Unidos 125 personas por sobredosis; y 78 de ellas, por culpa de la heroína y los calmantes.

Durante los años en los que viví y trabajé con Nini, aprendí que la terapia opioide está estrechamente relacionada con el descenso en el número de sobredosis por abuso de heroína. También aumenta las probabilidades de que un paciente complete su tratamiento y reduce la transmisión de enfermedades infecciosas, consecuencia de compartir las agujas. Y los presidiarios con problemas de abuso de drogas que reciben metadona tienden a consumir menos drogas después de salir de la cárcel y tienen tres veces menos probabilidades de cometer un delito que aquellos que rechazan este tipo de ayuda.

La Casa Blanca ha anunciado hace poco que se ha aprobado un presupuesto anual de 1000 millones de dólares para lidiar con esta crisis en el que se incluye expandir el tratamiento asistido con fármacos a 45 estados de Estados Unidos, expandir los servicios de metadona a 700 proveedores y evaluar los resultados. Pero todavía podemos hacer más. Resulta crucial que los líderes que asistan a esa sesión especial de la Asamblea General de la ONU de esta semana reconozcan que es necesario que la salud y la seguridad de las personas y los derechos humanos constituyan el núcleo de una política de drogas global.

Para mi pesar, Nini falleció en julio de 2014, después de padecer una larga enfermedad, con 51 años. Al final, la heroína se cobró un precio muy alto. Mi hija nos dio muchas lecciones a lo largo de su vida. Era una luchadora y una apasionada defensora de los más vulnerables de la sociedad. También nos demostró que el coraje, la determinación y la compasión son los ingredientes clave para acabar con la adicción. Nunca nos rendimos con Nini y ella nunca dejó de intentar cambiar el mundo. El instinto me decía que si perdía el contacto con ella desaprovecharía la oportunidad de ayudarla a seguir un camino distinto. Incluso en los momentos más negros el diálogo era una parte esencial de nuestro camino hacia la curación.

Thorvald Stoltenberg fue ministro de Defensa y de Asuntos Exteriores de Noruega. Ahora es miembro de la Comisión Global de Políticas sobre Drogas.

Este post fue publicado originalmente en 'The World Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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