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Lo único sorprendente de Trump es que la gente esté sorprendida

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Foto: EFE

Uno de los presidentes estadounidenses mejor considerados de la historia es Franklin D. Roosevelt. En su discurso de toma de posesión, en 1933, Roosevelt hizo un comentario que todavía hoy en día se recuerda a menudo: "No hay nada que temer excepto al miedo mismo" (We have nothing to fear but fear itself). Mutatis mutandis, lo que más me ha sorprendido de la victoria del nuevo presidente estadounidense -Donald J. Trump- ha sido la sorpresa que se ha expresado inmediatamente después de su victoria. ¿De dónde viene?

¿Tiene que ver con las encuestas que, una vez más, se equivocaron completamente? ¿No sería mejor entonces que los que realizan estas encuestas se dedicaran a realizar otro trabajo? Predijeron una semana antes de la elección que Clinton iba a ganar convincentemente. Algunos comentaristas incluso empezaron a especular sobre la posibilidad de que los demócratas ganaran en estados que nunca habían ganado y de que acabaran controlando tanto el Congreso como el Senado. ¡Qué delirio! A la hora de la verdad, los republicanos ganaron no sólo la Casa Blanca, sino también el Congreso y el Senado. Si hay un aspecto claramente positivo que puede sacarse de la nueva situación política, me parece que es el hecho de que el triste reinado de los psefólogos, sociólogos que estudian las tendencias electorales, ha llegado a su fin.

Una ventaja importante de esto es que nos obliga a usar nuestra propia lógica para analizar la situación política. ¿Qué pensabas tú antes de las elecciones en los Estados Unidos? ¿Pensabas que Clinton iba a ganar finalmente? Probablemente te fijabas en Trump, en primer lugar, y pensabas que era imposible que la buena gente de los Estados Unidos eligiera a alguien tan vulgar como presidente. Pero seguramente luego te fijabas en Clinton y pensabas "pero, ¿en qué universo querría la gente votarla?"

Clinton es una persona que ha vivido prácticamente toda su vida política en la esfera pública. Todo el mundo en los Estados Unidos tenía ya una opinión sobre ella. ¡Y muchos, además, tenían la misma opinión! A saber, que es una corrupta. (Y tienen razón. Para dar sólo un ejemplo: ¿crees que como secretaria del Estado Clinton hacía campañas contra las acciones homicidas actuales de Arabia Saudí en Yemen cuando The Clinton Foundation había aceptado dinero de la familia real saudí?)

Más importante aún es el hecho de que Clinton nunca dio a sus votantes la oportunidad -que claramente añoraban- de engañarse voluntariamente a sí mismos con respecto a su candidata. La suya fue una campaña inusualmente inepta en este sentido. De hecho, Clinton ni siquiera habló públicamente en general más allá de los mítines. Prácticamente no habló con la prensa (un experimento de pensamiento: ¿cuándo fue la última vez que la viste hablando en una rueda de prensa?); y no quería debatir con nadie: el Comité Nacional del Partido Demócrata limitó dramáticamente el número de debates, seguramente bajo presión interna de la campaña de Clinton; en cambio, los republicanos estaban debatiendo ad nauseam (y de forma nauseabunda además; es difícil olvidarse del debate sobre el tamaño del pene de Trump).

Lo que refleja la campaña de Clinton es la arrogancia de un centro-izquierda que se ha mostrado redundante ya desde hace bastante tiempo

Clinton tampoco tuvo un mensaje político ni importante ni inspirador ("I'm with her" -Estoy con ella- no significa absolutamente nada si lo comparas con, por ejemplo, el "Yes, we can" -Sí se puede- de Barak Obama que, al menos, tenía pinta de significar algo, aunque -como luego descubrimos- no fuera así). O esta otra joya de Clinton (que fue una variación del eslogan principal de Trump): "¡No hace falta volver a hacer a Estados Unidos grande porque Estados Unidos ya es grande!" Si la audiencia consigue sobrevivir a la sintaxis tortuosa de este eslogan, se dará cuenta inmediatamente de que no es verdad.

En realidad, lo que refleja la campaña de Clinton es la arrogancia de un centro-izquierda que se ha mostrado redundante ya desde hace bastante tiempo. Esta última afirmación es prácticamente una obviedad, pero lo que me ha preocupado un poco esta semana es que creo que oigo un eco de esta arrogancia en una izquierda más amplia.

He leído, por ejemplo, a gente radical tachando a los votantes de Trump de "irracionales". Me parece una idea directamente falsa. Para mucha gente, votar a Trump fue el acto más racional que podrían haber realizado en tales circunstancias. Si el sistema socioeconómico actual que crees que te ha arruinado la vida te da -casi por accidente- una elección entre (posiblemente) minarlo y apoyarlo directamente (este tipo de voto no distingue entre apoyar al sistema directamente o indirectamente), la decisión más racional sería elegir la primera opción, ¿no?

También detecto un elemento moralista en muchos de los comentarios que he leído recientemente. Hay gente que ha comentado que la elección de Trump es el resultado de la maldad humana. Me parece bastante pesimista creer que hay 60 millones de personas verdaderamente malas viviendo en los Estados Unidos. ¡Cómo mínimo, me parece una exageración! "Pero son racistas, ¿no?" No necesariamente. No puede negarse que el racismo es un elemento en este tipo de votos, pero -otra vez- es lógico pensar que mucha gente que ha votado de esta manera no es racista. Es probable que muchos de ellos estén simplemente muy frustrados. Hay que tener en cuenta que, según las encuestas, esta es la misma gente que -en otras circunstancias- hubiera votado a Sanders. Incluso es probable que a mucha de esta gente no le guste nada Trump: su misoginia, sus afirmaciones prejuiciosas, etc. Pero, insisto, estoy seguro de que muchos de los que le han votado no toman muy en serio sus mensajes políticos directos, sino su insinuación: que el sistema actual ya no vale y hay que acabar con él.

Ultimo punto. El resultado no indica (¡necesariamente!) que el voto democrático ya no funcione. Siendo inglés he visto cómo, después del Brexit, hay gente en Gran Bretaña -sobre todo en la prensa de izquierdas- argumentando que los referéndums no valen, que la gente no entiende el tema sobre el que está votando, etc., etc. En el caso de Trump, hay insinuaciones hoy de que hay un problema técnico con el sistema electoral estadounidense. Voy a ser franco. No soy muy fan del modelo actual de democracia representativa, pero, por otro lado, el tipo de elitismo político que se refleja en comentarios de este tipo me resulta muy desagradable (aún más cuando emana de la izquierda). Y debo confesar que, de manera indirecta, la victoria de Trump me anima en este sentido; creo que muestra que, a veces, el pueblo es capaz de usar las urnas de una manera bastante coherente (aunque el sistema no produzca un resultado bueno).

Esencialmente, creo que todos los sectores de la izquierda actual deberían hacer un gran esfuerzo para no echar la culpa al propio pueblo de esta situación, ¡sobre todo cuando lo han causado ellos mismos! En el caso de los EEUU, la culpa puede identificarse claramente: la tiene el Partido Demócrata, que obstaculizó la candidatura de Bernie Sanders que, si el proceso no hubiera sido manipulado, hubiera ganado a Clinton, y luego, según todas las encuestas, hubiera arrasado contra Trump. Mi deseo hoy es que la gente responsable empiece a darse cuenta de su error. A ver si se hace realidad.