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¿Y si el fin del neoliberalismo comienza este viernes?

06/06/2017 07:26 CEST | Actualizado 06/06/2017 07:26 CEST

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Los dos nombres propios que se asocian más comúnmente con lo que suele considerarse el neoliberalismo político son Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Estrictamente hablando, este movimiento –como el del liberalismo original- empezó primero en Inglaterra, ya que Thatcher ganó las elecciones británicas en 1979, mientras que Reagan ganó la Presidencia estadounidense más tarde, en 1981. Además, Thatcher, que estaba mucho más formada y era intelectualmente más ágil que Reagan, le dio al movimiento un impulso conceptual e ideológico que el presidente estadounidense no fue capaz de construir. Mucha gente se acuerda de los aforismos mordaces de Thatcher: "No hay tal cosa como la sociedad"; "El problema con el socialismo es que, en un momento dado, se le acaba el dinero...de los demás"; "El Partido Laborista cree en poner a los trabajadores contra los propietarios; nosotros creemos en convertir a los trabajadores en propietarios." "No puede haber libertad a menos que haya libertad económica". Etcétera. Después, la ideología del mercado libre invadió todos los reinos del discurso político del occidente y se implantó durante al menos tres décadas. La crisis económica de 2007 interrumpió esta hegemonía ideológica, pero todavía no se sabe qué es lo que le va a reemplazarla, si cabe hablar en estos términos. ¿Es posible que este proceso de sustitución vaya a comenzar el próximo viernes?

Son curiosas las contingencias de la historia. En realidad, Thatcher no ganó las elecciones de 1979, en el sentido de que los laboristas recibieron más votos a nivel nacional. Debido, sin embargo, a que el sistema de gobierno en Gran Bretaña no es ni proporcional a, ni directamente representativo de la opinión pública, los conservadores acabaron con una mayoría de escaños en el parlamento y luego establecieron su hegemonía cultural en una serie de pasos importantes (la guerra de las Malvinas, la huelga de los mineros) durante los siguientes diez años. Las contingencias que forman parte de la fase actual de la historia británica son aún más raras. Si conformaran el argumento de una película hollywoodense, seguramente no se produciría, porque se consideraría demasiado increíble. ¿Cuál es la historia?

Hace dos años, el Partido Laborista convocó su proceso para elegir a un nuevo líder después de su derrota en las elecciones generales de 2015. Antes de dimitir, el entonces líder, Ed Miliband, cambió el sistema para organizar este tipo de elección. Fue el último paso en una serie de cambios en el proceso de elección del líder que se inició en los 80 y que tenía como objetivo limitar la influencia política de los sindicatos británicos en el partido, a pesar de que han sido sus principales donantes desde sus inicios en 1900. La nueva medida introducida por Miliband fue la de permitir votar a gente que no era miembro del partido. Esta idea fue concebida como una manera de garantizar la estabilidad ideológica (centrista) de la organización. La idea fue la de cobrar tres libras a cualquiera que quisiera asociarse al partido para participar en la elección del nuevo líder. Incluso Tony Blair comentó que a él mismo le hubiera gustado haber introducido esta medida, probablemente –uno asume- como forma de establecer la hegemonía de sus propias ideas. Lo que la gente que diseñó este nuevo sistema no había tenido en cuenta, sin embargo, es que también existía la posibilidad de que ganara un candidato más radical. Y eso es precisamente lo que pasó.

Es posible que el horizonte discursivo neoliberal de los Tories esté empezando a perder fuerza.

Cuando comenzó el periodo de nominaciones, se presentaron tres candidatos que venían de la tercera vía clásica y un viejo socialista del sector de izquierdas del grupo parlamentario laborista: Jeremy Corbyn. Corbyn necesitaba 35 firmas (de otros diputados) para poder participar en el proceso, y algunos de los diputados más magnánimos –aunque no fueran de izquierdas– le concedieron sus firmas, porque, dijeron, querían que hubiera un debate serio y amplio sobre las futuras políticas del partido. Se dice que Corbyn entró en la carrera 15 minutos antes del plazo para entregar las nominaciones.

Luego empezaron una serie de debates públicos entre los cuatro candidatos y, dada la impronta ligeramente neoliberal de los demás, Corbyn emergió como un soplo de aire fresco. No llevaba traje, hablaba sin papeles y era honesto acerca de sus creencias y opiniones; no podía ser más diferente de sus oponentes, que aparecían como la viva imagen agotada de la política profesionalizada. Al público le gustó mucho la figura de Corbyn, y más de 84.000 personas pagaron sus tres libras solo para votarle a él. Pasó de ser un outsider, con probabilidades de 100 a 1 de ganar, a ser el líder del partido en la primera ronda con un resultado aplastante de casi el 60% de los votos. Luego, muchos de los nuevos votantes se hicieron militantes y se juntaron otros también, y el partido ha pasado de tener 200.000 afiliados en 2015 a tener 550.000 en la actualidad. Prácticamente toda la izquierda (radical) británica hoy en día forma parte del Partido Laborista.

Los diputados laboristas no pudieron creer lo que había pasado. Pensaban que elegir a Corbyn como líder era suicidarse políticamente. Así que esos mismos diputados pasaron dos años diciendo públicamente que no podían trabajar con su líder y aprovecharon el hecho de que el partido perdiera el referéndum sobre la Unión Europea –los laboristas hicieron campaña en contra del Brexit- para organizarle un golpe a Corbyn. Y fracasaron de nuevo cuando Corbyn volvió a ganar sus segundas primarias con más del 60% de los votos.

Sin duda, estas divisiones en el partido le han hecho mucho daño a la imagen pública del laborismo, que después de la segunda elección de Corbyn, se situó a 25 puntos de los conservadores. Su nueva líder después de la dimisión de David Cameron tras el Brexit, Theresa May, aceptó plenamente el resultado del referéndum y consiguió proyectar la imagen de gran líder con profundas convicciones democráticas. Por el contrario, los laboristas tenían el problema de cómo representar a la vez a los sectores más liberales que no querían salir de la UE y a la clase obrera tradicional, que votó mayoritariamente a favor del Brexit.

Cuando Theresa May convocó nuevas elecciones generales en abril, sin embargo, empezó a pasar algo absolutamente inesperado. En tres semanas, los laboristas comenzaron a subir de manera continua en las encuestas, hasta el punto de que hace un par de días se publicó una encuesta que, por primera vez, los situó por encima de los Tories.

Las razones de este ascenso han sido varias, y es casi imposible analizarlas, porque la situación va desarrollándose en tiempo real. Está claro que los Tories han hecho una campaña totalmente incompetente, llena de errores tácticos; además, parece que los más jóvenes, que tienden a preferir a los laboristas, van a votar esta vez. También es posible que el horizonte discursivo neoliberal de los Tories -que se ha desplegado desde la época de la Thatcher y que argumenta que es necesario defender los intereses del mundo de los negocios por encima de todo y bajar impuestos y recortar servicios públicos en nombre de la eficiencia y el crecimiento económico- esté empezando a perder fuerza.

Qué curioso sería si el fin del neoliberalismo comenzara en el mismo sitio en el que empezó a desarrollarse. Ahora queda por ver hasta qué punto ha colapsado esta ideología y si Corbyn puede triunfar el jueves que viene. Si lo consigue, ¿cuántas de sus ideas conseguirán reemplazar a las del Thatcherismo? Son todo cuestiones que están abiertas. En todo caso, más allá de las contingencias, los cambios estructurales que han precipitado todo este proceso son bien reales.