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Un paseo con elefantes en Chiang Mai

26/08/2015 07:24 CEST | Actualizado 25/08/2016 11:12 CEST

Los viajes al sudeste asiático hoy en día parecen ser una moda, y las redes sociales están llenas de muchos comentarios de amigos y conocidos. Pero la sobreinformación en internet a veces también desinforma, genera miedos y desconfianza. Visitar una reserva de elefantes puede ser una buena experiencia para el turista y para los animales. Y si bien hay lugares que no cumplen esta premisa, también hay otros que lo hacen, y muy bien.

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Mi experiencia fue, como dice el título, pasear con elefantes, y no en elefantes. Y esta pequeña diferencia es tal vez es la clave por la cual recomiendo no perderse de una visita tan enriquecedora para conectarse, aprender y ayudar a estos mamíferos.

Bienvenidos entonces a Ran-Tong, una reserva al norte de Tailandia que se dedica a rescatar a estos animales de las calles y ofrecerles el cuidado necesario para reinsertarse en su hábitat. Gran parte de la inversión necesaria para ello sale de las visitas de turistas al lugar y, para dejar claras las intenciones de la reserva, estos valores se reconocen fácilmente a lo largo de la experiencia. Claro que hablo de la mía: yo elegí creer.

El día comenzó muy temprano, con una bienvenida de Adam Smith, guía del lugar. Un hombre muy amable y que con sus palabras y mirada te deja claro el amor que siente por los elefantes. Antes de iniciar el paseo, mientras te enseña sobre ellos, Adam te presenta a tu nuevo amigo por su nombre e historia. Y para que la relación sea mutua tenéis que hablarle, tocarlo y alimentarlo con plátanos.

Cada elefante tiene su mahout, un lugareño que acompaña al mamífero a lo largo del paseo guiándolo a través de palabras en su idioma. Los animales parecen entender sin ser golpeados ni maltratados de ninguna manera. No se usan cadenas, ni siquiera sillas. Uno se sienta sobre la criatura ayudándose de una cuerda cubierta por una manguera que ayuda a no lastimarlo. Todavía tengo clavada en la memoria la columna vertebral del elefante en mi huesito dulce (coxis).

Cada elefante tiene su mahout, un lugareño que acompaña al mamífero a lo largo del paseo guiándolo a través de palabras en su idioma. Los animales parecen entender sin ser golpeados ni maltratados de ninguna manera.

El camino es breve, unos trescientos metros, mitad en escalada y mitad en bajada, a través de la selva tailandesa. A lo largo del camino, una vez uno pierde el miedo a caerse hacia los lados por los bruscos movimientos de cada paso, se puede notar el comportamiento y personalidad de cada uno de los elefantes de la manada. Hay un factor común, son todos felices, y todos actúan como niños sin importar la edad que tengan.

Claro que al finalizar el paseo, después del esfuerzo que hicieron al subir y bajar cargando dos personas en su lomo, nuestros nuevos amigos merecen ser bien tratados. Por eso, la visita termina con un buen baño dentro de una laguna. Es justo aquí donde no quedan dudas de que los elefantes realmente son felices. A medida que los bañas con unos baldes que te entregan los mahouts, ves cómo una criatura de toneladas da vueltas en el agua divirtiéndose como un bebé en la bañera. Hasta parece que ríen en el proceso, y es probable que así sea. Es una conexión tan verdadera que hace que olvides que un mal giro puede aplastarte y dejarte ahogado bajo el agua; y también que la laguna viene con heces incluidas.

Realmente no sé si todas las experiencias con elefantes en Chiang Mai son tan ricas como la mía, pero soy testigo de que en la Reserva de Ran-Tong los elefantes no son maltratados (y miles de personas en TripAdvisor están de acuerdo con ello). Pero sobre todo, aquí los elefantes son felices.

  • TOMÁS WELLS
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Este post fue publicado inicialmente en el blog del autor

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