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Contar o no con el PSOE

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Foto: EFE

Uno de los analistas políticos más brillantes de la actualidad española, Manolo Monereo, insiste en colocar la clave de bóveda sobre la cual descansa todo el peso del sistema político español en el PSOE. Y no le faltan razones. Son de sobra conocidos los debates que llevaron a consensuar el texto constitucional aprobado en 1978, y cómo el representante socialista en aquella efeméride, Gregorio Peces Barba, acordó con los representantes de la UCD de entonces -en menor medida, con la Alianza Popular de Manuel Fraga Iribarne- los elementos fundacionales de nuestro sistema constitucional: el modelo territorial autonómico, el sistema electoral, el papel de la Corona, etc. Más allá de este momento seminal, el PSOE ha sido también determinante en el despliegue del proyecto constitucional a lo largo de las casi cuatro décadas transcurridas desde entonces. Desde el ingreso en la entonces Comunidad Económica Europea, allá por 1986, hasta la universalización de la sanidad pública... o, hace apenas tres años, la modificación del artículo 135 de la CE, que ha priorizado el pago de la deuda pública por delante de las necesidades sociales de los españoles y las españolas. En definitiva, aquellos hitos políticos que han cincelado la España de hoy -para bien o para mal-, han encontrado en el PSOE a su protagonista más conspicuo.

No es de extrañar, por tanto, que la línea de fractura, responsable del quiebre de legitimidad de nuestro sistema político en los últimos años, atraviese de lleno al Partido Socialista. Se podría decir que esa esquizofrenia tan de aquí, tan machadiana, entre una España que muere, y otra España que bosteza, tiene su particular traducción (en cierta forma, hasta su mismo origen) en el seno del PSOE. Y es que, en realidad, el equilibrio catastrófico que nos arrastra ahora a una segunda vuelta electoral, no es tanto un empate entre fuerzas políticas de uno u otro lado del espectro ideológico, como un empate al interior de este partido. Porque, si bien los resultados obtenidos en las urnas el pasado 20-D arrojaron un fragmentación compleja del espacio político español, lo cierto es que los números parlamentarios de la XI legislatura sí daban para un Gobierno de signo progresista. Sin embargo, a fuerza de negar esta evidencia, Pedro Sánchez ha venido repitiendo hasta la saciedad que no había una mayoría de izquierdas en el Congreso y que, por lo tanto, era necesario poner en práctica un "mestizaje ideológico" (sic), capaz de desbloquear el impasse.

Cambiar el rumbo del pesado buque que es el Estado exigirá de cuadros técnicos y políticos bien preparados, capaces y dispuestos a comprometerse con un programa de reformas institucionales, y muchos de ellos han orbitado históricamente en torno al PSOE.

En el fondo, el (de)mérito de Sánchez consiste en haber dado continuidad a la faceta (des)articuladora del PSOE dentro de nuestra democracia, confundiendo esta vez el problema del PSOE con el problema de España. Y es que, el pasado 28 de diciembre, el Comité Federal del Partido Socialista acordó una hoja de ruta matemáticamente imposible, en la medida en que cada una de las dos almas que conviven hoy en este partido explicitaron directrices contradictorias, a la vista de los resultados obtenidos apenas una semana antes. Por un lado, el ala progresista llamó a no pactar en ningún caso con el PP (pese a las insistentes sugerencias para lo contrario publicitadas por Felipe González); mientras que el sector más conservador clamaba por evitar a toda costa cualquier acuerdo con Podemos y las otras fuerzas del campo nacional-popular. Es decir, había que pactar con Ciudadanos..., aunque ello a priori les dejara muy lejos de conformar una mayoría suficiente para una investidura. Ese día, por lo tanto, se fraguó el fracaso de una legislatura cuyo certificado de defunción no sería expedido sino hasta pasados cuatro meses; el 3 de mayo.

Por lo demás, esta crisis de identidad por la que atraviesa el PSOE no es ajena a las diversas crisis que, en mayor o menor medida, han padecido otros partidos socialistas a lo largo y ancho de Europa. Quizá porque, en algún momento de las últimas décadas, decidieron renunciar a las conquistas que hicieron de nuestro continente un modelo social a seguir y se embarcaron en una senda que va desde Maastricht a Lisboa. En este sentido, no es de extrañar la desafección ciudadana, que hoy le estalla en la cara al presidente Hollande en Francia y que ha mermado drásticamente las filas del histórico SPD en Alemania.

Pero, de regreso a España, y si bien las grandes mayorías sociales afectadas por el desmantelamiento del Estado de bienestar hemos sufrido en carne propia las contradicciones de la socialdemocracia española, lo más probable es que cualquier salida política medianamente airosa al laberinto actual pase, nuevamente, por el PSOE. Airosa, lógicamente, en el sentido de escapar al ciclo de crisis, recortes, y más crisis en el que nos ha subsumido la ola neoliberal procedente de Europa (y en la que tan fielmente militan las derechas españolas).

En primer lugar, porque este partido obtendrá, con toda seguridad, un importante número de parlamentarixs, incluso en el escenario de que contara con menos representantes que Podemos y sus socios electorales el próximo 26J. Dentro de unas cámaras fragmentadas, que aspiran a enfrentar un periodo de amplias reformas -necesitadas, por tanto, de grandes consensos- esto no es un dato menor; más, si consideramos que el partido de gobierno, el mayor partido en la España de hoy en día, está atrapado en medio de una trama mafiosa, e instalado en el inmovilismo más absoluto.

En segundo lugar, porque cambiar el rumbo del pesado buque que es el Estado exigirá de cuadros técnicos y políticos bien preparados, capaces y dispuestos a comprometerse con un programa de reformas institucionales de gran envergadura. Estos cuadros, de hecho, existen; y muchos de ellos han orbitado históricamente en torno al PSOE. Finalmente, porque una parte nada desdeñable de esas mayorías sociales que han padecido en carne propia los efectos de esta época oscura que atravesamos se sienten parte de la familia socialista y reclaman legítimamente un rol de su partido en la fase de transformaciones que debemos abrir.