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El humor en los tiempos del cólera

15/01/2015 07:39 CET | Actualizado 16/03/2015 10:12 CET

La literatura es mi religión y, claro, Gabriel García Márquez, el profeta. Pero no temo su cólera, ni su ira, ni siquiera su desprecio por haber mancillado tan puerilmente el título de la maravillosa historia de Fermina Deza y Florentino Ariza. Hace una semana, sin embargo, la cólera de unos estúpidos fundamentalistas y dogmáticos asesinó a 17 personas, muchas de ellas dedicadas a la noble y necesaria tarea de hacer humor, de reírse de todo y de todos.

Nada hay más sano, más liberador, más inteligente que el sentido del humor. Por ello, resulta insoportable para los dogmáticos, los intolerantes y los estúpidos, porque ridiculiza su soberbia y su autoritarismo. Recuerden al personaje de Jorge de Burgos en El nombre de la rosa, cuando afirmaba que la risa es un invento diabólico.

Frente al dogmático, promueve el necesario escepticismo que está en la base de toda reflexión y crítica social. El humor ha jugado siempre un papel de revulsivo y tiene una enorme función catártica, desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, desde Cervantes y su insuperable Quijote, a Woody Allen, de Jonathan Swift a Ramón Gómez de la Serna, del Lazarillo de Tormes a Los Simpson, de La Codorniz ("la revista más audaz para el lector más inteligente") a El Jueves (la revista que sale los miércoles... y se cierra los viernes). [No se pierdan la recopilación de colaboraciones de Rafael Azcona en La Codorniz, editada por Fulgencio Pimentel en la editorial riojana Pepitas de Calabaza y titulada ¿Son de alguna utilidad los cuñados?].

Frente al intolerante, el sano ejercicio de la autocrítica, de no tomarse demasiado en serio, ni a uno mismo ni a nada. Como se dice, al final ... todos calvos. Y es que el humor, como señalaba Paul Reboux, consiste en tratar a la ligera las cosas graves y gravemente las cosas ligeras. Hace falta humor para enfrentar las tragedias de la vida y, en última instancia, la muerte.

Frente al estúpido, el humor puede ser sutileza, ironía, mordacidad. Nada irrita más al obtuso, al cerrado de mente, al individuo con anteojeras. El verdadero cogito cartesiano es el "pienso, luego río", pues la duda, el cuestionamiento y la reflexión sobre todo lo supuesto están en la base del humor, que sería, en este sentido, un signo de inteligencia y madurez de las personas y de las sociedades.

Hay humor blanco y humor negro, humor fino y humor chocarrero, hay ironía y escatología, hay humor absurdo y humor satírico. Gustará uno más que otro, provocará mayor o menor hilaridad o hasta irritación, podrá picar y escocer, pero en ningún caso mata, como exponía esta misma semana Flemming Rose, del Jyllands-Posten (diario danés que publicó en 2005 las famosas caricaturas de Mahoma).

Una de las grandezas de las sociedades abiertas es la posibilidad de criticar y burlarse de todas las ideas, en cualquier orden, filosófico, religioso, político, cultural, económico... Son las personas las que tienen derechos, las que han de ser respetadas, las que tienen derecho a mantener las creencias que quieran. Pero todas las ideas, del tipo que sean, están sometidas a la crítica, al escrutinio, a la chanza, sin ninguna especial consideración.

Precisamente por ello, hay que persistir en la libertad y la apertura frente a los enemigos dogmáticos, intolerantes y estúpidos, porque es precisamente lo que otorga a las sociedades abiertas su grandeza -frente a la tentación del cierre de fronteras (los asesinos habían crecido y se habían educado en Francia), de la xenofobia y el racismo, de la limitación de la libertad de expresión y de comunicación (por ejemplo, en internet), etc.

¡Felicidades Charlie Hebdo por la maravillosa portada de este nuevo número!

Yo me pongo la nariz de payaso y entono con los Monty Python "Always look on the bright side of life ..."

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