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Hagamos algo...

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Foto: ISTOCK

Hasta hace un par de años, ante el suicidio de una persona que acudía a terapia, yo también me preguntaba: "¿Y ese profesional que le atendía no ha podido hacer nada?".

Los psicólogos y psiquiatras trabajamos desde la prevención y la intervención. Desde mi campo de trabajo, la psicología, podemos fijar las pautas para prevenir el suicidio, alertar a familiares o personas cercanas de esta persona en peligro. Pero no podemos plantarnos en casa de cada uno, romper la cuerda, apartar el cúter o la cuchilla, alejar los fármacos ni hacerlos vomitar.

También es duro para nosotros porque es verdad que algunos pacientes pueden hablar claramente de la ideación, algunos incluso de la planificación. Pero aun así, no podemos hacer nada más que prevenir, no podemos evitarlo.

Nuestro trabajo se basa, insisto, en la prevención, para que ese paciente cambie sus pensamientos, ya que ve el suicidio como la solución para terminar con su sufrimiento. Pues cuando se les plantea medir las consecuencias, la decisión pierde fuerza.

Recuerdo preguntar a una profesora durante mi etapa de estudiante, en el último curso de carrera, con cierta angustia: "¿Y existe algún protocolo de actuación ante la sospecha (o certidumbre) de un posible suicidio?". Asombrados nos quedamos con la respuesta: "No". Tampoco hubo más explicación cuando la increpamos sobre cómo era posible que el profesional se quedara desamparado ante tal situación.

Años después, pregunté a un compañero de profesión la misma cuestión, ya dentro del Sistema Nacional de Salud. Creí que, dentro de este, existiría algún recurso, ya no protocolo, al que acudir en este caso sin tener que saltarse el secreto profesional. De nuevo, ante tal pregunta, la misma respuesta. No hay ningún recurso ni protocolo.

Reclamo la existencia de un protocolo, con base en el SNS. Es decir, a través del consentimiento informado, indicar que se realizará un intercambio de información entre profesionales en caso de riesgo.

En la actualidad, tras años de trabajo en el campo de la psicología, he cambiado el "¿cómo es posible que el profesional no haya hecho nada más?" por el "¿CÓMO ES POSIBLE QUE NO DISPONGAMOS DE UN PROTOCOLO ESTANDARIZADO DE ACTUACIÓN?". Ya que, lo que muchas personas no saben es que en nuestro código deontológico se expone que no está permitido alertar o utilizar información que recibimos de nuestros pacientes si no existe un peligro "real" de daño a uno mismo u otras personas.

Es decir, si un paciente nos dice claramente que se va a suicidar en cuanto pueda, cómo tiene pensado hacerlo, en qué lugar, día y hora (y estos son los menos abundantes), nuestro único recurso es avisar a personas cercanas o familiares del paciente. Y siempre, con su consentimiento previo para recurrir a ellos en estos casos.

Con esto quiero decir que entiendo la frustración que siente la ciudadanía cuando ven en las noticias casos de suicidio por personas que estaban acudiendo a terapia. Sólo les pido que entiendan nuestra impotencia laboral y la frustración que supone para nosotros esta situación.

Reclamo la existencia de un protocolo, con base en el SNS. Es decir, a través del consentimiento informado, indicar que se realizará un intercambio de información entre profesionales en caso de riesgo. Una vez el paciente firme la opción de una intervención interdisciplinar, los psicólogos podríamos ponernos en contacto con el SNS y dejar constancia de que existe un riesgo o peligro de daño. Esto podría realizarse si, dentro de su sistema de recogida de información y de historias clínicas, hubiera la opción de registrar, por ejemplo, con un color rojo al lado del nombre del paciente, este riesgo. Esto aparecería en la historia del médico de cabecera, y así todos dispondrían de esta información y se podría actuar de manera coordinada.
Ya ven que no hablo de marcar al paciente con una patología, un diagnóstico grave que quede ahí de por vida. Simplemente, constaría como un aviso temporal y revisable por los profesionales a los que acude con mayor frecuencia.

Es importante entender que, dentro de nuestra profesión, el tema del derecho a la confidencialidad es clave, ya que perturbar esta idea implicaría una pérdida de confianza por parte del paciente. Es un tema complicado, pero si lo abordamos entre todos los profesionales que podemos compartir este tipo de datos, podremos poner en marcha una actuación conjunta, respaldando tanto al paciente como al profesional y a la sociedad.