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¿De Ribera o de Rioja?

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Si como yo, de cuando en cuando, acudes a algún bar normalillo, después de dar un paseo y pides un vino, puede que hayas sufrido la experiencia que voy a contar y da pie a la presente entrada.

Al pedir un vino, hay veces que, directamente y sin preguntar, me ponen un tinto, la mayoría de las veces procedente de la nevera. Si el bareto en cuestión tiene algo más de caché, pueden preguntarme si lo quiero blanco o tinto, y algunas veces, en un alarde incluso, me preguntan: ¿Ribera o Rioja? Ante esta tesitura, el buen vino lo bebo habitualmente en casa, y a la pregunta respondo: "una caña bien fría".

Me dirás que la culpa es mía, más aún si sabes que vivo cerca de Madrid, donde hay muchos lugares en que se da al vino un tratamiento más que correcto, y no te faltará razón. El problema es que no siempre me puedo permitir acudir a un restaurante estrellado o tengo a mano un bar adecuado en el que calmar la sed después de un paseo con mi santa esposa (con cuatro o cinco tiendas de ropa de por medio).

Para ilustrar mi enfado, te diré que en los vinos de la DOC. Rioja y en los de la DO. Ribera del Duero no siempre es fácil encontrar un patrón que los identifique con claridad, al menos no para un aficionado de a pie.

En La Rioja, es verdad que los tintos clásicos se distinguen por su elegancia y suavidad, manteniendo los de la Ribera del Duero habitualmente un patrón de mayor potencia aromática y frutal; pero esto es una simplificación por la que cualquiera podría ser enviado a la hoguera de los herejes enológicos.

Muchos de mis amigos han asegurado con aplomo que pueden diferenciar con seguridad riojas y riberas, y he de decir que los valientes que se han atrevido a pasar la prueba han hecho el más sonoro de los ridículos. Uno, que ya es perro viejo y escoge los vinos con cariño.

Ya me contarás qué tiene que ver la finura natural, algunas veces algo pasada de acético, de los vinos de Goyo García Viadero con la potencia contenida, la carga frutal y la complejidad aromática de los vinos de mis amigos de Alonso del Yerro. La diversidad de vinos existente hace que si uno pide un ribera pueda encontrarse cualquier cosa.

¿No merecen ser considerados los tintos gallegos, los tremendos vinos del Priorat o Monsant, los tintos valencianos y alicantinos o los imponentes vinos de Toro?

Uno de estos riberas que he bebido y disfrutado recientemente es Phylos 2011 (100% tinta del país) DO. Ribera del Duero. Lo recuerdo con aromas de frutas rojas que sobresalen sobre unos recuerdos tostados. En boca, con buena intensidad y estructura, fruta bien soportada por una acidez suficiente. Elegante. Un vino para beber y disfrutar.

Igual que en la Ribera, y tal vez en mayor grado, sucede en La Rioja. Sus tres subzonas, y una miríada de elaboradores y estilos, hacen que ofrecer o pedir un rioja de forma genérica sea algo que en España debería estar más que superado. Prueba un Roda I y un Viña Tondonia, si quieres de la misma añada, y dime en qué se parecen. Bueno, sí, los dos son tintos... Oliviere Riviere, Viña Tondonia, Hermanos Peciña, David Sampedro y muchas otras bodegas y elaboradores que hacen muy buenos vinos con una tremenda personalidad merecen un poco de detenimiento, y no esconderlos detrás de una voz tan genérica.

Pero es que, además, limitando la oferta a riberas o riojas, estamos dejando de lado una gran variedad de vinos, zonas, comarcas... ¿No merecen ser considerados los tintos gallegos, los tremendos vinos del Priorat o Monsant, los tintos valencianos y alicantinos o los imponentes vinos de Toro? ¿No deberían tener su hueco, incluso en los bares con menos aspiraciones, alguna referencia de Madrid o algún generoso andaluz, o tal vez un tinto de Cigales? Claro, es mucho más cómodo elegir un par de tintos baratitos y ofrecer al pobre cliente sediento, que viene de cuatro o cinco tiendas de ropa, un ribera y un rioja. Y después, nos quejamos de que no se vende vino en España.

¿Tan difícil sería asesorarse por un experto y tener cinco o seis referencias de vinos correctos a una temperatura agradable? Unos vinos que reflejen mínimamente la diversidad de zonas y estilos que tenemos en este buen país. Estoy convencido de que sus clientes lo agradecerían, y empezaríamos a mover desde abajo la cultura del vino. Decía mi abuelo que hasta siendo peón en el campo (él lo había sido) se puede uno ir a casa al final del día orgulloso de un trabajo bien hecho.

Procuraré en próximas entradas ir desgranando esta riqueza enológica, de elaboradores, viñadores y terruños que tenemos en este buen país, pero supongo que eso serán nuevas historias.

Si quieres leer más, acércate a mi blog personal