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El mejor vino del mundo

03/04/2016 10:14 CEST | Actualizado 03/04/2016 10:15 CEST

2016-04-01-1459522751-635418-bestwine.jpegBest White Wine on Earth es uno de los libros que he leído recientemente sobre vino que más me han hecho pensar sobre esto de los buenos vinos. Es un libro recomendable para todos los amantes del buen vino, y de los riesling en particular. Si alguien pusiera en duda la pasión de Stuart Piggott por el vino, y en especial, por los blancos de esa magnífica uva alemana que es la riesling, se aclarará a las pocas páginas de su libro.

Procuraré no desvariar demasiado, porque el tema sobre el que este libro me ha dado que pensar es uno que posiblemente te hayas preguntado también: ¿qué es un buen vino? ¿Qué hace que un vino sea mejor que otro? Alrededor de estas preguntas hay cientos de libros y muy diferentes aproximaciones. Para Piggott, lo que hace que la uva riesling de, a su juicio, los mejores blancos del mundo es su adaptación a una gran variedad de regiones vinícolas mundiales, reflejando en cada una de forma exquisita las características de ese terruño particular.

Estoy convencido de que esto se te puede quedar algo grande si te estás iniciando tu acercamiento al mundo del vino. Apostaría que si este es tu caso y te preguntara si sabes de vinos me responderías con el consabido "yo sólo sé si un vino me gusta o no", y en eso puede que estemos de acuerdo, pero sólo en parte. El gusto por el vino es algo tremendamente subjetivo, pero no tanto como a primera vista pueda parecer.

La subjetividad sobre los gustos por el vino es algo tan obvio que si curioseas, como yo ya he hecho, las puntuaciones que los críticos dan a ciertos vinos concretos, te puedes encontrar con la sorpresa de que un vino que en Peñín (uno de los principales y más conocidos prescriptores nacionales) obtiene 97 puntos (casi perfecto), se puntúa con 89 (muy bueno) en la guía de Robert Parker, Jr., por citar al más famoso de los críticos extranjeros. Te aseguro que este no es un caso aislado. ¿Quién se equivoca?, te preguntarás; y yo te responderé, nadie. Seguro que no te habré aclarado nada. ¿No hay criterios que hagan posible valorar un vino de forma objetiva? Mi respuesta en este caso va a ser a la gallega, depende.

Incluso para los más reputados críticos es imposible substraerse a la subjetividad de su propio gusto. ¿Para qué sirven entonces los críticos?, te preguntarás. Pues tienen una gran importancia, siempre presuponiendo su honradez. Los críticos profesionales no están libres del condicionamiento de su gusto personal, pero al resto de los mortales, tanto más cuanto menos conocimiento tengamos, tenemos un condicionante mucho mayor, ¡la etiqueta!

Te sugiero una prueba sencilla, reúnete con tus amigos aportando cada uno una botella de un tinto sencillo pero que os guste mucho. Cubridlas todas con papel de aluminio, mezcladlas y numeradlas. Catadlas con cierto detenimiento y puntuadlas de mejor a peor, destapadlas y estoy convencido de que os llevaréis grandes sorpresas. ¡Os habéis quitado el peso de la etiqueta!

Está en marcha nada menos que una lucha por los derechos civiles, encabezada por los jóvenes y su inagotable energía.

Para eso sirven los críticos, para dentro de un cierto patrón evaluar la calidad de los vinos. A mí, por ejemplo, leer "roble cremoso" en una cata de Peñín me hace correr hasta que se me olvide. Sin embargo, los criterios de Luis Gutiérrez, crítico para España de Robert Parker Jr. -que cité antes- sé que son más aproximados a mi gusto personal.

De los que huyo como alma que se lleva el diablo, es de los "críticos", periodistas, blogueros o similares que hacen notas de cata de muchas líneas en los que aparecen términos como acacia marchita, esquistos bituminosos o tostaderos de frutos secos, por citar algunos ejemplos reales. ¿Para qué puñetas me sirve saber que un vino huele a acacia marchita? ¿Alguien ha estado alguna vez en un tostadero de frutos secos? Estoy seguro de que el que escribió la nota de cata no, huelen a rayos, nada que sea soportable en un vino, y es que en ocasiones las notas se escriben más para lucimiento personal que para ayudar a trasladar las sensaciones producidas por el vino, cosa que, por otra parte, no es sencilla.

Entre mis prescriptores favoritos se encuentra sin duda Luis Gutiérrez, al que conozco desde antes de que trabajara para Robert Parker, y del que he aprendido mucho en esto del mundo del vino. Sin embargo, los vinos de los que escribe no están siempre a mi alcance, con lo que a pesar de que le leo con regularidad, esto no tiene muchos efectos prácticos en los vinos que bebo.

En la práctica, mis principales recomendadores de vinos son Miguel, de Enoteca Barolo, y Juan, de La Tintorería, dos de las mejores tiendas de vinos de Madrid. Ellos, después de algún tiempo, y algunas charlas, conocen mis gustos, y de ellos me fío a la hora de adentrarme en nuevas regiones o nuevos elaboradores.

Me permitiré, para finalizar esta entrada que ya se está acercando peligrosamente a las mil palabras, recomendaros un método para conocer que a mí me ha dado excelentes resultados, y que tiene probado éxito en amigos que se acercan con pocos conocimientos al mundo del vino.

Haz un cursillo de iniciación para asentar los conocimientos básicos, después acude a una tienda de confianza (no, el Carrefour no es una tienda de confianza) y pídele seis botellas de vino. Disfrútalas comiendo y estando pendiente de qué es lo que te gusta o no de ese vino en particular. Cuando hayas bebido las seis (a ser posible, tarda más de un día), vuelve a la tienda y coméntale qué vinos te han gustado más y por qué, y pídele otras seis. Probablemente no descubrirás el mejor vino del mundo, pero estarás más cerca de disfrutar sin complejos buenos vinos. Lo del cursillo de iniciación, siendo recomendable, es prescindible.

Prometo que esta será mi última entrada sin comentar vinos, aunque esas serán nuevas historias.