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Se esperan más cambios políticos y sociales en Turquía

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Foto: EFE

Turquía es una de esas democracias débiles, surgidas del poder de un líder carismático que logró la soberanía popular gracias a una serie de circunstancias. Erdoğan está en el poder gubernamental desde el 2002 (aunque antes ya fue alcalde de Estambul). Y desde el inicio de su mandato, su apoyo al islamismo siempre ha estado presente, a pesar de que se trata de un Estado que se define como laico. Ese posicionamiento le ha servido de táctica geoestratégica para mantenerse en el poder en una zona limítrofe y puerta Europa desde el Este.

La fuerte radicalización de Erdoğan hacia el islamismo en estos últimos años ha sido la que ha provocado el levantamiento de parte del ejército y del poder judicial del 15 de julio de 2016. Pero ese levantamiento militar y judicial no ha sido suficiente para derrocarlo. Les ha faltado el apoyo de la ciudadanía, la generación de un movimiento social de masas que apoyara esas nuevas ideas, valores y derechos. Al contrario de lo que pasó en Egipto en 2011, la revolución no empezó desde abajo, sino desde arriba. En la llamada primavera árabe, entre 2010 y 2012, tuvieron lugar golpes de estado sociales en Egipto, en Libia, en Túnez o en Yemen. Golpes de estado surgidos de movimientos sociales buscando nuevas libertades y más derechos y participación ciudadana. La mayoría triunfaron, pero las nuevas y frágiles democracias llevaron al Gobierno a partidos aún más radicales que los dictadores a los que derrotaron. Por ejemplo, en Egipto, donde democráticamente ganó las nuevas lecciones un partido heredero de los conocidos Hermanos Musulmanes.

Lo que ha ocurrido en Turquía estos días no es una revolución desde abajo. Una revolución que demandara más libertades, más derechos, más trabajo o más participación democrática.

Sin embargo, también cabe recordar que Turquía está interesada en entrar en la UE desde hace ya muchos años. Erdoğan intenta que su país cumpla con los requisitos necesarios para entrar en la UE. Se ha mejorado la educación y se han reducido las diferencias sociales. Ha mejorado la macroeconomía del país y ha ido creciendo el turismo. Además, Erdoğan cuenta con otra fortaleza, puesto que Turquía que es poseedora de una de las flotas militares más importantes de la OTAN. Pero todos estos esfuerzos por entrar en la UE están no servirían para nada si Turquía reinstaurase la pena de muerte, lo que le cerraría automáticamente las puestas de la UE. Tampoco ayudan los resultados del fallido golpe de estado. En estos días, se ha expulsado de sus trabajos a más de 15.000 funcionarios, a 21.000 profesores, a casi 3.000 jueces y se ha encarcelado a más 60.000 ciudadanos y militares. Con un tercio o casi la mitad de militares destituidos o encarcelados, se prepara el terreno propicio para la radicalización o para que surjan nuevos movimientos sociales que quieran cambiar el rumbo del país.

Lo que ha ocurrido en Turquía estos días no es una revolución desde abajo. Una revolución que demandara más libertades, más derechos, más trabajo o más participación democrática. Y eso ha hecho que no triunfara el golpe de estado del 15 de julio de 2016. Pero, ¿por qué no hay revolución social en Turquía? Una de las causas es la censura de los medios de comunicación social y las redes sociales. La progresiva radicalización de Erdogan le llevó a censurar redes sociales como Facebook o Twitter. Pero también a cerrar muchas cadenas de TV, diarios y agencias de prensa, e incluso a tener más periodistas encarcelados que China. Usuarios turcos denunciaron el bloqueo de sus cuentas en redes sociales tras el intento de golpe de Estado. En realidad, censurar y cerrar la conexión de Internet es el método usado recurrentemente por el Gobierno para manipular a los medios de comunicación social.

La revolución turca actual no surge de las redes de indignación y esperanza (Castells, 2012). Surge del llamado establishment conservador que quiere una Turquía más cerrada a Europa y una Turquía más cercana a los países más radicales del sureste del mediterráneo. Se puede hablar de una revolución musulmana a favor de Erdoğan. Para respaldar a un presidente elegido democráticamente que, sabedor de su carisma, juega a dos caras. Por un lado, como primer ministro de una Turquía con una población al 99% musulmana que es la puerta a una Europa laica y democrática y que ha sufrido varios atentados del islamismo radical. Pero también es un líder que está en el punto de mira de las organizaciones que velan por las libertades, al ser un estado aniquilador de la realidad, la cultura y la sociedad kurda. Son dos caras de la misma moneda. Una realidad que varía en función de las disputas internacionales, de las acciones a favor de un conservadurismo extremo y de una ciudadanía y unos militares que están abiertamente divididos.

El futuro que le espera a Turquía es incierto toda vez que se está intentando vetar todo atisbo de disidencia y se cierran los canales de expresión para figuras públicas, ciudadanos y militares que no piensan igual, al mismo tiempo que se oscurece el camino hacia la Unión Europea. Se esperan cambios, porque Turquía es ahora un caldero de agua hirviendo que no se sabe por dónde va a rebosar.