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República de Barcelona

08/11/2013 07:44 CET | Actualizado 07/01/2014 11:12 CET

Si Josep Tarradellas tuviese hoy que volver a pronunciar la mítica frase de su vuelta a España no podría elegir las mismas palabras. El presidente catalán se dejaría asesorar por el empresario valenciano promotor del complejo BCN World, Enrique Bañuelos, y gritaría, sin dudarlo: "Barceloneses, ya estoy aquí". Ya no hay catalanes. O hay muy pocos. Y es que, si Catalunya existe, cada vez existe menos. Engullida en la macrocefalia de una Barcelona que supone dos tercios de su población y casi toda su actividad económica, Catalunya se va borrando progresivamente del mapa, en un proceso iniciado hace décadas, del que ya nadie es ajeno. Hasta las autoridades catalanas, a pesar de andar perdidas entre independencias imposibles e improbables, aceptan sumarse a la foto de un proyecto -el mencionado BCN World, de Bañuelos- que consagra, al menos en imagen, la realidad de que la capital se comió a la región; de que Barcelona empieza en Ulldecona y acaba en Portbou.

Catalunya podrá independizarse, pero no será un país. Llega tarde para pasar de la categoría de ciudad-estado. Sería la República de Barcelona. Eso sí, el Estado catalán encabezaría un ranking internacional nada más nacer: el del peso relativo de la ciudad más poblada en el conjunto del territorio. Un lugar en el que uno espera encontrarse a países subdesarrollados -la megalocefalia urbana es síntoma tradicional de pobreza- y no un territorio cuyos gobernantes se empeñan en asemejar a Suiza o los Países Bajos. Por cierto, dos geniales ejemplos de cómo el bienestar y la riqueza fluyen mejor en regiones multipolares con redes de ciudades policéntricas. Y ahora que ya he conseguido captar su atención a costa de criticar a Catalunya -una moda que nunca decae- podemos, sin dudarlo, extrapolar los argumentos a España.

A pesar de que es innegable el notable avance que cuatro décadas de comunidades autónomas han conseguido la ruptura de la pétrea radialidad monocéntrica de la España contemporánea, los esfuerzos públicos y privados por conseguir un territorio ordenado de forma policéntrica son escasos, cuando no contraproducentes. Prueba de ello son las inversiones públicas en infraestructuras -autovías y alta velocidad ferroviaria-, que han dejado sistemáticamente en último lugar el trazado de los corredores, incluso de algunos de los más fundamentales para toda Europa como el Corredor Mediterráneo, cuando estos no respondían a una lógica radial. Una frase recurrente en las dos últimas décadas ha sido que todas las capitales de provincia debían estar conectadas con Madrid por autovía y AVE, y ejemplifica muy bien el error: la provincia como territorio articulado radialmente en torno a su capital, sufragánea ésta de la capital del Estado. La lógica administrativa decimonónica llevada a su máxima expresión, por encima de cualquier otra consideración. La geografía humana vilmente sustituida por el derecho administrativo.

Hacen falta nuevos esfuerzos, en nuevas fórmulas; partiendo desde lo local y llegando hasta la escala continental. Necesitamos una planificación del territorio meditada, concretada en forma de planes con determinaciones normativas claras y vinculantes, y aplicada. Las comunidades autónomas, han contribuido a la dispersión del poder político y económico más por la creación de nuevos centros de poder, réplica del estatal, que por ejercer coherentemente sus competencias en ordenación del territorio para aprovechar las potencialidades y promover nuevas centralidades. Las excepciones, si existen, se limitan a aquellos territorios con una multipolaridad histórica, no reciente. Necesitamos, también, un cambio de paradigma en la planificación de infraestructuras, que atienda a la lógica de la demanda y de la cohesión, pero que no responda al modelo clásico y ya ampliamente explotado. Y, sobre todo, necesitamos un cambio de mentalidad, pues el mayor de los retos no es público, sino privado.

La crisis económica ha contribuido como nada a la concentración del poder económico y financiero, como consecuencia de la desarticulación de las cajas rurales y de ahorros y su conversión en bancos, pero no es un fenómeno nuevo. Es impensable en Alemania, en Suiza, en los Países Bajos o en Estados Unidos, pero las empresas españolas nacen y crecen; y luego, se establecen en Madrid. Pocas, aunque notables, son las excepciones. Y el fenómeno de concentración se está agravando con rapidez, si bien no se puede culpar al empresariado español de seguir una norma que la Administración estatal lleva aplicando con rigidez tres siglos. Todavía, encontrar un museo o teatro nacional o la sede de un organismo estatal fuera de la capital del Estado es una extrañeza, aunque sea a costa de absurdos como que el Instituto Español de Oceanografía esté en Madrid. Y todo ello a pesar de que los países más desarrollados suelen coincidir con aquellos en los que cuesta más determinar cuál es su ciudad más importante.