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Dilma, con los días contados

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En respuesta a un trino que le respondí a Piedad Córdoba sobre la situación de Dilma Rousseff, la exsenadora hizo público un extenso comunicado de respaldo a la presidenta de Brasil, cuyo proceso de destitución se inició en la Cámara de Diputados y ahora pasa al Senado.

Todo empezó el domingo en la noche, cuando Piedad escribió: "Quienes en Colombia cuestionan a @dilmabr olvidan un pequeño detalle: 55 millones de personas votaron por ella. #GolpeBlando". Tras semejante declaración escribí dos trinos en los cuales dije que esos millones de electores estaban siendo traicionados de alguna manera por la mandataria y, además, me referí al hecho de que una votación, por muy alta que sea, no es una patente de corzo para ningún gobernante.

Ni corta ni perezosa, el lunes por la mañana, la aguerrida política me envió por redes sociales un largo escrito, donde subraya -con razón, valga decirlo- que a Dilma no la están juzgando por corrupta; sin embargo, añade luego que "el tema Petrobras ha salpicado no sólo a miembros del Gobierno, sino también a muchos políticos y funcionarios de otros partidos y desde hace casi dos décadas".

Esa era la misma tesis que lanzaba el senador Jorge Robledo cuando defendía a Samuel Moreno y decía que el exalcalde no era el primer malandrín de nuestra historia y que la corrupción no se la había inventado el Polo Democrático. Háganme el favor...

Más adelante, dice Piedad que "a Dilma se la acusa de presunto 'crimen fiscal' por una maniobra contable que llevan haciendo los gobiernos locales, regionales y nacionales de Brasil por mucho tiempo". Que alguien me explique por qué la izquierda -no sólo la de Brasil, sino la de todo el vecindario- que tanto promete desterrar las viejas perversiones de la política tradicional, incurre en esas mismas prácticas cuando accede al poder.

La misiva cae en los esos lugares comunes de la izquierda

En otros apartes, la misiva cae en los esos lugares comunes de la izquierda, alegando persecución de la prensa y maniobras electorales e insinuando que se trata de un golpe de Estado mimetizado; argumento que resulta absurdo si se tiene en cuenta que todo el procedimiento contra Rousseff fue avalado por el Tribunal Superior de Brasil -equivalente a nuestra Corte Suprema-, que está integrado por 11 magistrados, de los cuales 5 fueron nominados por la propia Dilma y 3 por su predecesor, Inazio Lula da Silva. Además, el proyecto de impeachment fue instaurado por Hélio Bicudo, uno de los fundadores del oficialista Partido de los Trabajadores.

Según Bicudo, "hubo un maquillaje deliberado orientado a pasar la idea a la nación y a los inversores internacionales de que Brasil estaría económicamente saludable", lo cual no es algo de poca monta. Para completar, en la Cámara de Diputados había otras 15 solicitudes de impeachment contra Dilma, que, en medio de la precaria situación sociopolítica que atraviesa el Brasil, podrían encontrar un ambiente muy propicio.

Es cierto que, hace dos años, Dilma obtuvo 54,5 millones de votos, frente a 51 millones de su contendiente, Aécio Neves. Sin embargo, el domingo la cosa fue a otro precio y de los 27 estados brasileños, sólo 3 votaron contra el impeachment, en dos hubo empate y 22 votaron a favor.

Es evidente que si la economía no estuviera en los rines y el desempleo no afectara a casi diez millones de personas, otra sería la suerte de Dilma. Pero en esta difícil coyuntura y con la corrupción desbocada, el descontento general está siendo capitalizado por una clase política voraz -y en un alto porcentaje también cuestionada-, que más temprano que tarde le iba a pasar la factura.

Apreciada Piedad, si los días de Dilma Rousseff en Planalto están contados, no es por culpa de lo que digan o hagan sus adversarios, sino por los errores que ella ha cometido.

Este post fue publicado originalmente en El Tiempo