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El 'reality' de La Habana

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Foto: EFE

Se necesita ser muy obtuso, muy amargado o muy maquiavélico para desconocer la trascendencia del acuerdo firmado entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla más grande y antigua del continente americano. Cuando oigo a aquellos que aclaran que no quieren ser aguafiestas, no me cabe la menor duda de que es eso justamente lo que pretenden: arruinar la celebración y apagar la ilusión de millones de ciudadanos que anhelan un país en paz. Su supuesto realismo no busca abrirnos los ojos sino sembrar dudas alrededor de unos acuerdos que, si bien no son perfectos, son una luz al final de un túnel de violencia de medio siglo.

Sin embargo, a esos hooligans de la paz, la mezquindad les impide aceptar que el cese el fuego bilateral y definitivo entre las Farc y el Ejército es un hito en la sangrienta historia de este país. Y para justificar su irracional teoría, acuden a toda clase de recursos y palabrejas que pueden sonar muy bien, pero que no tienen sustento, puesto que sólo buscan torpedear un proceso que, pese a todas sus complejidades, finalmente está saliendo adelante.

En su afán de deslegitimar lo logrado, se han atrevido incluso a decir que la ceremonia llevada a cabo en La Habana fue un reality montado por el Gobierno de Colombia, en complicidad con Naciones Unidas y de todos los gobernantes del hemisferio, con la anuencia del papa, del Gobierno de Estados Unidos y del propio secretario general de la ONU, quien ingenuamente se prestó para el show. No contentos con eso, descalifican y etiquetan como lagartos a los dirigentes políticos, sociales, empresariales y cívicos que asistieron como testigos privilegiados a la firma del histórico documento, que no es otra cosa que la sepultura de las Farc como movimiento armado.

Es preferible ese 'show' de la paz en La Habana al espectáculo de desolación y muerte que hemos presenciado aquí desde hace cincuenta años.

Que esa guerrilla haya aceptado la fórmula que la Corte Constitucional determine para refrendar los acuerdos, poco les importa a esas aves de mal agüero; así como los tiene sin cuidado el hecho de que desistieran de la asamblea constituyente con la que machacaron todos estos años. Tampoco les sirve la verificación que la ONU hará de la concentración y el desarme de los excombatientes; y que no se dispare nunca más un fusil de las Farc a ellos les parece insignificante.

El amplio registro que la prensa internacional en su conjunto hizo de este nuevo encuentro entre Juan Manuel Santos y Timoleón Jimenez, Timochenko, y el exhaustivo cubrimiento que del mismo hicieron los más importantes medios de Europa y América tampoco convencieron a esos que solo se empeñan en buscarle la otra pata no al gato, sino al monstruo de la guerra.

Según ellos, todo fue un montaje internacional impecable, supuestemente urdido por la canciller, María Ángela Holguín, quien milagrosamente pasó de ser una inepta funcionaria a una hábil diplomática capaz de engañar a decenas de jefes de Estado, incluidos Obama y el Papa, quienes de diversas formas y en distintos momentos no sólo le han dado un espaldarazo a los diálogos, sino que han manifestado su complacencia por los avances en el proceso. En medio de su paroxismo antihabanero, y haciendo gala de supina soberbia, alguien llegó incluso a decir que "el mundo entero está engañado".

En gracia de discusión, supongamos que ellos tienen razón y que todo ha sido una pantomima. Pues bien, gracias a esa tal farsa llevamos casi un año en una palpable disminución de la guerra, hecho que a partir de ahora será permanente en lo que a las Farc se refiere y que sí saben apreciar los colombianos más humildes que sufren en carne propia los rigores del conflicto.

Por eso es preferible ese 'show' de la paz en La Habana al espectáculo de desolación y muerte que hemos presenciado aquí desde hace cincuenta años. Que siga el reality.

Este artículo fue publicado originalmente en El Tiempo