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La muerte de los otros

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Foto de un acto de homenaje a las víctimas de Orlando en Puerto Rico/EFE

No nos digamos mentiras: por más que insistamos en decir que todos somos iguales, en la práctica algunos son más iguales que otros. Y esto es aplicable cuando se trata de personas, países y sociedades. Por eso no es lo mismo un atentado en Bagdad que uno en París, ni es igual una masacre en Trípoli o Tel Aviv a una en Bruselas o en Londres.

Sobra decir que, sin importar el lugar, las motivaciones o los autores, y más allá de los regímenes políticos, no hay excusa aceptable para ningún atentado. En esta época en que las redes sociales sirven de megáfono para desahogar frustraciones, resentimientos y concepciones erróneas, es frecuente leer apreciaciones absurdas con las que algunos pretenden justificar lo injustificable.

Tras lo ocurrido el fin de semana en Orlando las conversaciones y comentarios han girado en torno a los efectos del terrorismo y a la forma como un hecho de esos altera nuestras vidas. El lunes le oí decir a alguien que le parecía inconcebible que ya ni en Estados Unidos se pueda ir a un cine o a una discoteca sin temor a que en cualquier momento llegue un desquiciado a atacar a tiros a todo el mundo.

En principio, yo estuve de acuerdo con el comentario, pero después de oír eso caí en cuenta de que no toca ir a la patria de Lincoln ni a Europa para sentir esas frustraciones. Me acordé de atrocidades cometidas en este país por locos como Campo Elías Delgado, ese veterano de Vietnam que hace 30 años llegó armado hasta los dientes al restaurante Pozzetto, en Chapinero, y a punta de bala mató a decenas de personas.

No tenemos que ir a Estados Unidos ni a Europa para sentir las frustraciones que deja el terrorismo.

Claro, matanzas como esas son casos aislados en Colombia, pero no puede decirse lo mismo de los asesinatos selectivos ni de las masacres perpetradas por guerrilleros, paramilitares, agentes del Estado y narcotraficantes -o una mezcla de todos los anteriores-, que han inundado de sangre este país durante décadas.

Necesitaría una página entera sólo para hablar de atrocidades como la inmolación de la Corte Suprema de Justicia; de la masacre de Tacueyó; de las víctimas del plan pistola del cartel de Medellín; de los innumerables muertos arrojados al río Cauca por los narcos del Valle; del exterminio de la Unión Patriótica; de las masacres paramilitares de 'El Tomate', 'Honduras', 'La Negra', 'La Mejor Esquina', Segovia; de las bombas contra el edificio del DAS o la sede de El Espectador; de los de los bombazos contra la plaza de toros de Medellín y el Centro 93 en Bogotá; de las otras masacres de los paras en Mapiripán y Macayepo; de la matanza cometida por los guerrilleros del ELN en Machuca; del atentado al club El Nogal; del fusilamiento de los diputados del Valle, secuestrados y asesinados por las Farc; de las miles de víctimas inocentes de la seguridad democrática, falazmente denominadas "falsos positivos"; más un largo etcétera...

Cuando se cometían estas y muchas otras barbaridades en nuestro país, nosotros nos anestesiamos al asimilarlas a nuestra rutina diaria y más allá de nuestras fronteras pocos parecían conmoverse. Y como las redes sociales no existían nadie levantaba pancartas diciendo "Yo soy Segovia" o "Yo Soy Magistrado". Pero lo más triste de todo es que, a pesar de la inmediatez y la globalización de la información, hoy esos afiches de solidaridad que inundan internet solo aparecen cuando la matanza ocurre en el primer mundo. Si la masacre es en Afganistán, en Colombia o en Nigeria, escasamente merecerá un párrafo en los medios. Y que nadie espere pésames presidenciales por Twitter.

Sí, es válido y noble elevar nuestras plegarias por Orlando y solidarizarnos con la comunidad LGBT de Estados Unidos, pero que no nos dé pena ni jartera manifestarnos cuando la tragedia toque nuestra puerta.